¿Merece la pena confiar en las soluciones improbables?

A veces, tirar la toalla parece la solución más fácil cuando aquello que queremos solucionar parece estar fuera de nuestro alcance. Empezando por la salud, siguiendo con los problemas económicos y, terminando con el amor... son muchas y muy diversas las posibilidades de que algo no salga como esperábamos.

En su libro, El éxito vitalMaría Novo reflexiona sobre la importancia de reconducir las situaciones adversas a través de la resiliencia. De este modo, lo imposible puede convertirse en probable, y lo probable en una posibilidad real.

En ocasiones, la vida se pone del revés. Aquello que teníamos previsto desaparece y, en su lugar, se despliega un tejido de mimbres que nosotros no habíamos dispuesto, a veces positivo, pero otras veces sorprendente y cargado de dolor o incertidumbre.

«Las novedades felices son las más fáciles de aceptar. Con las negativas, en cambio, la confusión y la perplejidad suelen darse la mano con el dolor.»

—María Novo

Incluso cualquier señal de transparencia se emborrona cuando imaginamos el día siguiente... Generalmente, ante estas situaciones se impone actuar y nuestra disposición de ánimo a la hora de responder es fundamental, tanto si hacemos algo como si nos limitamos a resistir pasivamente. Ella [la disposición de ánimo] definirá en gran medida la evolución del problema.

Hay emergencias que requieren una respuesta inmediata, casi refleja. Por ejemplo, en caso de un accidente de tráfico donde alguien se quema o pierde el conocimiento. Pero, en la mayor parte de las ocasiones, lo que nos viene exigido es la calma, tomarnos un tiempo y estar despiertos con la serenidad necesaria para contemplar todos los elementos en juego y poder analizarlos sin acaloramiento.

La tarea es siempre compleja. Enfocarla adecuadamente está en nuestras manos. Decía el poeta Novalis que cuando veamos un gigante, conviene examinar primero la posición del sol, no vaya a ser la sombra de un pigmeo. Paralelamente, cuando nos aceche la angustia ante la magnitud de un problema, no estará de más que revisemos el ángulo desde el cual lo contemplamos, no sea que lo estemos mirando desde el lugar equivocado y perdamos con ello la perspectiva.

Con frecuencia, cuando disponemos de tiempo, una correcta visión nos lleva a abandonar pronto la perplejidad, y comenzar a ver el problema en su justa medida. Entonces, empiezan a aparecer las alternativas junto con los riesgos en un ancho campo, en el que tenemos que elegir los pasos y la mirada, las acciones y los momentos de quietud... Un proceso en el que, casi siempre, suele desvelarse todo lo positivo que podemos hacer para un lento descubrir de la esperanza. Y así, vislumbramos la experiencia de confiar en lo improbable.

 

«Esa confianza no se improvisa, viene del cultivo de la fe en la vida, del ejercicio de apertura que nos prepara para lo imprevisto. Y también de la capacidad para reconocer cuándo las circunstancias ya no dependen de nosotros. Para, aun así, seguir confiando, seguir intentando lo aparentemente absurdo, lo improbable. Esta es, sin duda, la forma más elevada de confianza que un ser humano puede desarrollar.»
—María Novo

En nuestra historia reciente tenemos casos de personas que entraron en coma y estuvieron así largos años para «resucitar» a la vida tras muchísimo tiempo. En todos ellos, siempre existió una madre, un novio, una enfermera... que siguió hablando diariamente con esa persona, la tomó de la mano y le contó sus pequeñas historias cotidianas... Siempre hubo alguien que confió contra toda esperanza...

La confianza en lo improbable no es ciega ni loca. Nace de una evidencia, al menos: la mayor parte de los acontecimientos que cambiaron nuestras historias personales habrían sido calificados por nosotros de poco probables o imposibles antes de que ocurrieran. Así me hablaban algunos entrevistados de la forma en que habían conocido a su pareja tropezando en la calle; de la enfermedad contraída cuando ya tenían puestas todas las vacunas, o del hijo que nació de un fin de año festivo pese a que la madre ya se creía estéril.

Cuando la noticia recién llegada es negativa y nos encoge el alma, descubrimos que se amplía el límite de lo soportable, que no es posible actuar sobre todo lo que llega, y que nuestra decisión o nuestro deseo tropiezan con la contundencia de los hechos. En estas ocasiones, el conflicto radical del ser humano emerge en toda su crudeza: de pronto desaparecen las certezas (si es que alguna vez las tuvimos). En su lugar, nos envuelve una tela de araña de incertidumbres, y la vida se convierte en una aventura de posibilidades y probabilidades... El futuro jamás había sido tan incierto...

Sin embargo, el ejercicio de aceptar lo que la vida nos trae, lejos de contener más sufrimiento, suele convertirse en un paréntesis en el que se revelan pequeñas opciones posibles, formas de convivir con esa derrota momentánea o duradera, consuelo para nuestro desconsuelo... Es importante estar atento ante esos momentos, ante el paisaje que se va dibujando en medio de la tormenta, porque con frecuencia, en ellos emerge lo positivo que hay en todo acontecimiento negativo.

Hacerle hueco a esa pequeña semilla positiva y ayudarla a germinar es nuestra tarea. Un trabajo arduo que se desarrolla casi siempre en el exilio de cualquier seguridad, sorprendidos a la intemperie como si el tiempo calmo se hubiese ido de vacaciones y solo quedaran los fríos y los vientos, propios del invierno de la vida.

En ese punto, extrañados incluso de nosotros mismos, necesitamos recordar que, si bien no sobre todo lo que nos llega es posible elegir, sí podemos practicar una de las mayores virtudes humanas: la de elegir nuestra actitud y nuestro estado de ánimo ante la adversidad. Una actitud que, en cierta manera, será la expresión de nuestra capacidad para no perder la brújula de la propia existencia; y que, al mismo tiempo, pondrá en juego esa potente fuerza interior llamada resiliencia, para tratar de revertir a nuestro favor aquellas situaciones o circunstancias que tienen la árida señal del dolor o el abandono.

La resiliencia no se improvisa, aunque tiene mucho misterio. Podemos cultivarla dando paso a las pequeñas perturbaciones que surgen en nuestra vida, a fin de estar «entrenados» para el momento en que aparezca una de mayor envergadura. Pero también puede llegar en el momento más inesperado, por sorpresa.

«La resiliencia es un componente intrínseco del éxito vital, que consiste precisamente en saber gestionar con serenidad y acierto los problemas que nos alejan del equilibrio.»

—María Novo

Un ejemplo de resiliencia lo tenemos en las crecidas del Nilo, que inundan los campos en lo que aparentemente podría parecer un desastre y, sin embargo, con el limo y los nutrientes del río, se convierte en una bendición para nuevas cosechas. Esas crecidas están en la base de la prosperidad histórica de Egipto. Pero fue necesario que los campesinos de las tierras inundadas comprendiesen resilientemente que había algo bueno en esa aparente catástrofe. Su aprendizaje fue su salvación. Porque la resiliencia salva, es sanadora y proveedora de buenas noticias.

Cada crisis o problema importante en nuestras vidas nos enfrenta al conflicto último e íntimo del ser humano, ese que María Zambrano definió como «se puede o no se puede», recordándonos que la vida humana es el territorio de la posibilidad. Entonces, nos dice ella, hace falta valor para mirar despacio nuestra desnudez, para ver qué es lo que nos queda cuando lo importante se nos escapa. Y aprendemos (o tal vez recordamos lo que ya deberíamos haber aprendido) que el ser humano es una criatura que nunca está terminada en su construcción y que, aun en medio de las mayores tormentas, podemos y debemos reparar las vías de agua de nuestro barco sin esperar que pase el temporal, en plena altamar.

Editorial Kairós

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