La infidelidad de los ocupados

«Comprometernos en demasiados proyectos y querer ayudar a todo el mundo en todo momento es la mejor forma de sucumbir a la violencia de los tiempos modernos». — Thomas Merton

Un fragmento del libro El poder sanador del mindfulness de Jon Kabat-Zinn acerca de por qué estar siempre ocupados no debería ser una prioridad en nuestra vida.

Hay veces en que los jubilados dicen cosas como «Me mantengo ocupado», para asegurarse, tanto a sí mismos como a los demás, de que, a pesar de carecer de empleo, no han entrado en una vía muerta y están camino del olvido.

Cierto día me escuché, saliendo de algún recodo oscuro de mi mente, pronunciando esas palabras y, antes de poder refrenarlas, ya estaban camino de mi interlocutor.

«¡Espera un momento! –dije entonces–. ¿Qué diablos estoy diciendo? ¿Quién está pronunciando estas palabras? La verdad es que yo no trato de mantenerme ocupado. Lo único que quiero, en realidad, es desocuparme.»

Así fue como me alejé de los niveles patológicos de actividad para acabar descubriendo que no es tan sencillo renunciar a las oportunidades, tanto internas como externas –que aisladamente consideradas parecen muy interesantes, necesarias y razonables, pero que siempre acaban consumiendo más energía de la que suponíamos–, que dificultan y llegan incluso, en ocasiones, a imposibilitar que estemos donde estamos y mantengamos un equilibrio sostenible entre el interior y el exterior.

Decir «sí» a más cosas de las que podemos gestionar para estar cómoda e íntegramente presentes es, de hecho, decir «no» a todas aquellas cosas, personas y lugares a los que hemos dicho «sí».

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Con ello quiero decir que, cuando nos sentimos desbordados, lo más probable es que estemos tan agitados, distraídos y ensimismados que difícilmente podremos estar presentes con todo nuestro ser con cualquier persona y en cualquier situación y, lo más importante de todo, con nosotros mismos y con lo que más nos interesa. No estaría de más, por tanto, que revisásemos los impulsos y seducciones que nos arrastran a situaciones tan lamentables.

Son muchas las cosas que nos jugamos cuando ignoramos este equilibrio, aun cuando afirmemos estar practicando el mindfulness instante tras instante como mejor podemos. Hay veces en que hacemos las cosas de un modo que casi imposibilita el equilibrio, en cuyo caso estamos siendo desleales a lo que más nos interesa –de eso, precisamente, tratan las prioridades– e incurrimos en lo que tan gráfica como exactamente el poeta y consejero empresarial David Whyte calificó como un tipo de adulterio e infidelidad. En tal caso, no solo nos traicionamos a nosotros mismos, sino que también traicionamos nuestra relación con las personas, y aun con los lugares, porque de ese modo soslayamos inadvertidamente las posibilidades e imposibilidades de cada momento.

Recordar esta visión radical de cuáles son nuestras prioridades en momentos clave puede facilitar que digamos «no», aun cuando nuestro primer impulso, e incluso nuestra respuesta habitual, sea decir «sí».

Este es, precisamente, el dilema que Whyte esboza en la siguiente cita de su libro Crossing the Unknown Sea:

Digan lo que digan los gurús de la Nueva Era, nosotros no construimos nuestra propia realidad. En este sentido, solo nos corresponde una parte muy modesta, dependiendo de lo despiertos que estemos a las corrientes y remolinos del paso del tiempo. La realidad es un continuo diálogo entre nosotros y las incesantes producciones del tiempo. Cuanto más cercanos nos hallemos a la fuente de las producciones del tiempo –es decir, a la eternidad–, más fácilmente descubriremos las corrientes concretas que deberemos navegar un determinado día. El flujo del río del tiempo puede cambiar de forma brusca y convertir súbitamente el discurrir sencillo y amable en un torbellino cuando nuestro jefe, por ejemplo, nos propone un determinado proyecto y, despojados de espacio y temerosos del silencio que podría abrirse ante esa figura de autoridad, aceptamos participar en él, tratando de afirmar así nuestra identidad a través de la acción, cuando sabemos bien que, dados nuestros compromisos actuales, no podremos atenderlo. Apremiados por el tiempo, nos sentimos entonces acosados por los demás. Cuando, por el contrario, nos abrimos al espacio y al silencio, podemos disfrutar de la inmensidad del silencio que acompaña a una amable, aunque placentera, negativa. Externamente considerada, nuestra negativa puede parecer valentía, pero vista desde dentro no es más que una relación sana con el tiempo. En lo que respecta a nuestro matrimonio con el tiempo, decir continuamente «sí» es un equivalente de la promiscuidad, la infidelidad y la traición. Por ello, el estrés, en mi opinión, es una especie de adulterio en nuestro matrimonio con el tiempo. Si queremos entender los detalles concretos de nuestra realidad, deberemos comprender la relación cotidiana que mantenemos con el tiempo. Ahí radica el secreto de nuestro trabajo cotidiano y, en cada jornada laboral, podemos advertir el modo en que asumimos nuestro matrimonio con el tiempo. Y, del mismo modo, nuestro viaje a través del día resulta esencial para la felicidad que tanto anhelamos.

Si queremos vivir atentos, deberemos permanecer en contacto con los ritmos naturales del despliegue de nuestra vida, aunque en ocasiones nos sintamos lejos o hayamos perdido todo contacto con su cadencia o su llamada interna, en cuyo caso será necesario que lo restablezcamos amable y respetuosamente.

El deseo o el miedo distorsionan a veces nuestra idea de lo que puede o no suceder en un determinado momento. Esto es, de hecho, lo que necesariamente está condenado a suceder. Pero la sabiduría interna derivada de la perseverancia en la práctica del mindfulness y su encarnación en el modo en que nos enfrentamos a todas las situaciones, tanto grandes como pequeñas, puede equilibrar y mantener en perspectiva todas esas distorsiones y la angustia que generan. Pero, para ello, es necesario recordar también lo que es importante y reconocer nuestra adicción a la acción y quizás también nuestra infidelidad a nosotros mismos, al tener la idea ilusoria de que podemos afrontarlo todo, cuando los hechos insisten en que los costes superan a los beneficios. Debemos recordar quiénes somos en realidad, independientemente de que nos hallemos comprometidos en la acción o de que fantaseemos con renunciar a ella –todo lo cual se halla teñido y distorsionado por nuestra falta de atención y por las falsas construcciones de la mente–, sean cuales sean esas preocupaciones y por más que palidezcan ante lo que se halla presente.

 

 

Llegará el día
en que finalmente sepas lo que debes hacer y te aprestes a ello.
Ese día dejarás de atender
a las voces que insisten en gritar: «¡Corrige mi vida!»,
por más que todo empiece a temblar
y sientas su tirón en tus tobillos.
Cuando sepas lo que debes hacer,
ya no te detendrás,
por más que el viento sacuda
tus mismos cimientos
y sientas el espasmo
de su melancolía.
Era muy tarde,
la noche enloqueció
y la carretera se llenó de piedras y ramas caídas. Poco a poco, sin embargo,
las voces quedaron atrás,
las estrellas empezaron a resplandecer
a través de las capas de nubes
y de nuevo escuchaste una voz
que reconociste como tuya,
una voz que te acompañó
mientras ibas adentrándote en el mundo, decidido a hacer
lo único que podías hacer,
decidido a salvar
lo único que podías salvar.

Mary Oliver, «El viaje»