La felicidad en tiempos de mercado

En Psicología positiva contemplativa, los Doctores en Psicología Ausiàs Cebolla i Martí y David Alvear Morón plantean un primer acercamiento riguroso entre las ciencias contemplativas y la psicología positiva. Si bien los motivos y las razones para que muchos se interesen por ambas disciplinas son muy diversos, en mitad de la encrucijada se encuentra la felicidad de los seres humanos. A raíz de una serie de cuestiones, los autores analizan qué entendemos por felicidad a día de hoy y por qué este concepto, además de “estar de moda”, es tan poliédrico como digno de atención.

¿Qué es la felicidad? ¿Existe la posibilidad de no sufrir? ¿La felicidad es la consecuencia de dejar de sufrir? ¿La felicidad surge al cubrir todas nuestras necesidades? ¿Por qué creo que algo me hará muy feliz y, cuando lo tengo, me doy cuenta de que sigo sin sentirme lleno? ¿Puede ser desadaptativo sentirse bien? ¿Buscar la felicidad podría hacernos menos felices?

En los últimos años, la felicidad se ha convertido en un producto de mercado más, solo hay que encender la televisión para ver cuántas veces se utiliza la palabra «felicidad» en los anuncios, o la gran cantidad de libros de autoayuda que se han escrito y cómo algunos con métodos para aumentarla se han convertido en superventas. Existe una forma muy sencilla de ver las tendencias mundiales: si rastreamos en Google Trends, accedemos al número de veces que ponemos una palabra en un buscador. Al poner la palabra «felicidad», vemos que los niveles de búsqueda son muy elevados (en una horquilla entre 2004‐2018), se alcanzan cotas de 100 (máxima puntuación dada por el servicio). Si lo comparamos con otra etiqueta como «depresión», es más llamativo todavía, porque la tendencia es claramente diferente, y llega en su punto más alto a un valor de 22. Si vamos a Amazon.es y ponemos «felicidad», en español, aparecen actualmente un total de 6.000 libros; muchos de ellos proponen un método para lograrla. La explicación de este fenómeno es clara: ser feliz es un deseo universal, que tiene una capacidad de movilización enorme y es un anhelo primario que tenemos todos los seres humanos. En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776, el derecho a la búsqueda de la felicidad aparece citado directamente y, en la actualidad, varios estados como Brasil, Francia, Japón, Corea del Sur y Bután la recogen en su constitución de una u otra forma.

Este deseo primario, junto con su homólogo, la reducción del sufrimiento, han supuesto en muchos casos la banalización de la felicidad, con el desarrollo de una psicología poco rigurosa o new age que promete la felicidad en pocas semanas, o que simplifica el mensaje de forma reduccionista, casi dando a entender que si no somos felices es porque somos tontos, no queremos, o con la idea tóxica de que es un deber. Además, hay autores que proponen que esta búsqueda de la felicidad solo es una preocupación burguesa, un síntoma de la insatisfacción autocentrada e individualista occidental y que no tiene ningún impacto sobre el ajuste social o la adaptación.[1] Si bien es cierto que muchos investigadores sugieren que la búsqueda de la felicidad se enfatiza más en las sociedades individualistas que en las colectivistas, donde se da más importancia al bien común que al individual, la realidad es que este anhelo está presente para millones de individuos en el mundo.[2]

Esta idea no está exenta de polémica; por ejemplo, el filósofo Gustavo Bueno habla de felicidad canalla, en una crítica que nos parece exagerada e injusta, pero que apunta a uno de los riesgos que tiene la banalización del mensaje. Algunos autores se han dedicado a investigar qué tipo de creencias hay detrás de la aversión a la idea de que la felicidad es clave en el desarrollo humano y han identificado tres creencias subyacentes:[3] a) ser feliz hace que aumente la probabilidad de que algo malo me pase; b) ser feliz me hace peor persona, y c) buscar y expresar felicidad es malo para mí y para los otros.

Curiosamente, valorar poco el bienestar psicológico se correlaciona con sentimientos de soledad, menor afecto y decepción en contextos positivos, así como con una mayor sintomatología depresiva.[4] Sin embargo, tiene sentido que, si valoramos el bienestar, eso lleve como consecuencia un mayor uso de estrategias para aumentar el afecto positivo.

Aun teniendo en cuenta los riesgos de mercantilizar o banalizar la felicidad, no podemos obviar que el bienestar psicológico y la felicidad están de moda. Paradójicamente, los indicadores de ansiedad y depresión en nuestras sociedades occidentales postmodernas no dejan de subir. Hasta hace poco (menos de 100 años), la mera cuestión de dedicarle tiempo al bienestar carecía de sentido, pocas personas poseían la opción de cultivar el cuerpo y la mente para aumentar su bienestar. A la vez, en el ámbito científico la psicología positiva ha sido el movimiento que ha promovido con más ahínco que el estudio empírico de la felicidad es posible, aunque esto le ha supuesto, sobre todo en Europa, ser la diana de los que consideran que la búsqueda o el cultivo de la felicidad es similar al opio para el pueblo actual.

La realidad de gran parte del movimiento de la psicología positiva, especialmente en Europa, no parece que encaje con las críticas vertidas.[5] La mayoría de los investigadores, clínicos y otros profesionales que trabajan desde el término paraguas de la psicología positiva conocen el sufrimiento de primera mano, bien por sus trabajos científicos previos (por ejemplo, Martin Seligman dedicó gran parte de su trayectoria académica a la investigación de la depresión y su relación con la indefensión aprendida), o por su puesto de trabajo significativo en relación con los problemas y el sufrimiento humano. Por estos y otros motivos de carácter epistemológico y filosófico, que no procede explicar en este escrito, no acabamos de estar de acuerdo con la ambigüedad e incluso con el rechazo que genera la palabra «felicidad», ya que creemos que es un concepto rico y complejo, como para que lo haya tenido en cuenta gran parte de la humanidad a lo largo de la historia.

La felicidad ha sido motivo de estudio y búsqueda desde la filosofía griega clásica, con autores como Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicteto o Séneca, hasta líderes espirituales y culturales contemporáneos como el Dalái Lama o Bertrand Russel, tanto en Oriente como en Occidente. Cabe señalar que en el terreno puramente científico, las investigaciones sobre el bienestar y la felicidad no hacen proselitismo de estilos de vida o de conductas concretas, pues aspiran a relacionar ciertos predictores (por ejemplo, compasión, saboreo, etc.) con el bienestar subjetivo o bienestar psicológico en algunos casos, y en otros a señalar que estos predictores funcionan en parte como causa de que las personas vean aumentar su bienestar. En el ámbito de las ciencias contemplativas, recomendamos la obra del monje budista francés Matthieu Ricard En defensa de la felicidad [6] que hace una pormenorizada aportación de lo necesario que es analizarla y entenderla en toda su amplitud para nuestra sociedad. Evidentemente, difieren mucho las formas de comprender y encarnar la felicidad en cada uno de los autores citados en este párrafo. Cada uno se acerca al concepto de la felicidad desde su propio contexto bio-psico-socio-cultural, pero esto no nos parece razón suficiente para no dar valor al concepto en sí, a la manera de entenderlo en cada contexto, y a la innegable posibilidad de poder estudiarlo de forma científica.

Nos alejamos de estas disertaciones filosóficas que pueden aburrir al lector y, ya tocando tierra, no podemos obviar que a la mayoría de las personas, cuando se les pregunta lo felices que son, señalan que lo son bastante. En el Estado español, la media de la satisfacción con la vida es de 6,4 (en una escala de 0 a 10), muy cercano a la media de 6,5 existente en los países de la OCDE.[7] No solo eso, desde una perspectiva educativa y cualitativa, cuando a los padres y madres les realizamos una sencilla pregunta abierta del tipo ¿qué quieres que sea de mayor tu hija?, ¿te imaginas qué responde la mayoría? En efecto, indistintamente de la opción laboral, política u orientación sexual, lo que la mayoría de los padres y madres desean es que sus hijos sean felices. Algo tendrá el concepto en sí mismo como para permitirnos el lujo de no tenerlo en cuenta. Cuando se buscan explicaciones al fenómeno de por qué las personas relatan que son relativamente felices con su vida, encontramos ciertas respuestas en las propuestas de la psicología evolucionista.

Parece que la felicidad, o más específicamente la satisfacción con la vida, es el estado natural de una mente humana sana, que no se halla sometida a amenazas ni estresores externos. A este estado de la mente, el biólogo noruego Bjørn Grinde de la Universidad de Oslo lo denomina «contentamiento de base» (default contentment), subrayando que, si bien la selección natural no le ha deparado a nuestra especie una tendencia a una alegría excesiva, sí que está en el interés de nuestros genes habitar un sujeto con un marco mental moderadamente positivo.[8]

Si lo planteamos de otra manera, una actitud negativa hacia la vida disminuye el deseo de supervivencia y de procreación. El caso paradigmático por excelencia es el del sujeto con una mente con tendencia a la depresión. Tal como se ha visto en distintos experimentos, las emociones positivas generan una experiencia de apertura y amplitud en la atención y en la forma de pensar, ayudando a la persona a descubrir e implementar distintos recursos personales.[9] Esta propuesta también encaja con un planteamiento evolucionista de las emociones positivas, ya que nos permite actuar de una manera más flexible.

Resumiendo: desde una perspectiva evolucionista, no parece tan descabellado pensar que la felicidad emerge o se selecciona en la evolución, como una estrategia del individuo para la supervivencia y para la procreación.

En otro orden y como hemos señalado más arriba, el significado de la felicidad no ha sido el mismo a lo largo de la historia, ni existe un consenso en las diversas culturas sobre sus implicaciones. De acuerdo con la filosofía de Confucio, en la cultura china, la felicidad (fu) se logra a través del conocimiento, la benevolencia y la armonía grupal. Según esta tradición, el bien colectivo está por encima del individual, así que contribuir a la sociedad es la felicidad última, mientras que el hedonismo se ve como algo que no merece la pena, lo que implica que esta forma de felicidad no siempre tiene tono afectivo positivo. Por otro lado, en el taoísmo, la felicidad (tian ren he yi) es la liberación de todo deseo humano, para lograr un estado de paz mental. En este caso, tampoco la felicidad implica un estado de alegría, sino que es mucho más cognitivo y centrado en el insight.[10]

A pesar de estas diferencias, parece cierto que sí supone un elemento central a la hora de sostener y dar motivos de significado vital al ser humano. Cuando planteamos en su conjunto el programa EBC, partimos de una premisa que dejamos que la transmita el XIV Dalái Lama:

Como seres humanos, todos buscamos la felicidad y tratamos de evitar el sufrimiento.

Si nos acercamos con una mente mínimamente abierta y compasiva al fenómeno humano, no encontraremos demasiados casos en la historia de la humanidad en los que alguien no quisiera ser feliz y no tratara de evitar el sufrimiento. Esta premisa se sigue cumpliendo incluso detrás de las historias más tristes y desoladoras, como los suicidios, las matanzas indiscriminadas o las personas con alguna psicopatía, que llevan a cabo estas acciones porque creen (de manera equivocada, distorsionada o inadaptada) que lo que hacen les hará ser más felices o al menos sufrir menos.

Notas bibliográficas

  1. Cabanas, E. y Sánchez, J. C. (2012). Las raíces de la psicología positiva. Papeles del Psicólogo, 33 (3), 172‐182.

  2. Ehrenreich, B. (2009). Bright-sided: how positive thinking is undermining America. Nueva York: Metropolitan Books.

  3. Joshanloo, M. y Weijers, D. (2014). Aversion to happiness across cultures: A review of where and why people are averse to happiness. Journal of Happiness Studies, 15(3), 717‐735.

  4. Agbo, A.A. y Ngwu, C.N. (2017). Aversion to happiness and the expe‐ rience of happiness: The moderating roles of personality. Personality and Individual Differences, 111, 227‐231.

  5. Pérez‐Álvarez, M. (2012). La psicología positiva: magia simpática. Papeles del Psicólogo, 33, 183‐201.

  6. Ricard, M. (2005). En defensa de la felicidad. Urano.

  7. Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) (2017). How’s Life? 2017: Measuring Well-being, OECD Publishing, París.

  8. Grinde, B. (2002). Darwinian Happiness—Evolution as a Guide for Living and Understanding Human Behavior. Princeton: The Darwin Press. Grinde, B. (2002). Happiness in the perspective of evolutionary psychology. Journal of Happiness Studies, 3: pp. 331‐354.

  9. Fredrickson, B. L. y Branigan, C. (2005). Positive emotions broaden the scope of attention and thought‐action repertoires. Cognition and emotion, 19(3), 313‐332.

  10. Lu, L. (2001). Understanding Happiness: A Look into the Chinese Folk Psychology. Journal of Happiness Studies, 2(4), 407‐432.