¿Qué realidad percibimos? Responden la tradición científica y la budista

¿Podemos aprehender la realidad tal como es? En el plano de las percepciones ordinarias, el neurocientífico Wolf Singer y el pensador budista Matthieu Ricard responden de manera negativa: no dejamos de interpretar las señales sensoriales y de construir «nuestra» realidad. ¿Cuáles son las ventajas y los inconvenientes de tal interpretación? ¿Es posible, mediante una investigación experimental e intelectual, elucidar la naturaleza verdadera de los fenómenos? ¿Existe una realidad objetiva independiente de nuestras percepciones?

En este fragmento de su libro conjunto Cerebro y meditación, ambos autores abordan estas cuestiones atendiendo a sus distintos y complementarios campos de conocimiento.

Wolf Singer: Nuestras dos tradiciones nos plantean preguntas epistemológicas fascinantes: ¿Cómo adquirimos nuestro conocimiento del mundo? ¿Hasta qué punto este conocimiento es fiable? ¿Nuestras percepciones reflejan la realidad tal como es, o bien no percibimos más que los resultados de nuestras interpretaciones? ¿Es realmente posible reconocer la «verdadera» naturaleza de las cosas que nos rodean, o solo nos resulta accesible su apariencia?

Disponemos de dos fuentes de conocimiento diferentes. La principal y la más importante es nuestra experiencia subjetiva, puesto que procede de la introspección o de nuestras interacciones con el entorno. La segunda fuente es la ciencia, que intenta comprender el mundo y nuestra condición humana utilizando instrumentos que constituyen una extensión de nuestros sentidos, aplicando las herramientas del razonamiento racional para interpretar los fenómenos observados, para desarrollar modelos predictivos y verificar nuestras predicciones mediante la experimentación científica. No obstante, estas dos fuentes de conocimiento están limitadas por las facultades cognitivas de nuestro cerebro, las cuales restringen el objeto de nuestra percepción y la manera en que lo percibimos, lo imaginamos y lo racionalizamos. Precisamente, a causa de estas limitaciones cognitivas, ignoramos dónde se sitúan las fronteras de nuestro conocimiento. No podemos más que postular la existencia verosímil de tales límites.

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Yo creo que se trata de una conclusión inevitable y permíteme ilustrarla mediante algunos ejemplos. El cerebro es el producto del proceso de la evolución, igual que los órganos y el organismo humano en su totalidad. El cerebro es también el producto de un proceso evolucionista no orientado[1] en el cual la producción de la diversidad y de la selección ha permitido la aparición de organismos equipados para la supervivencia y la reproducción. Así es como estos organismos se han adaptado al mundo en el cual evolucionan.

La vida se ha desarrollado en una dimensión del mundo extremadamente estrecha: la escala mesoscópica. Los organismos más pequeños, que no miden más que algunos micrones y son capaces de mantener de forma autónoma su integridad estructural y de reproducirse, están formados por un ensamblaje de moléculas que interactúan entre ellas y que se hallan recubiertas por una membrana. La bacteria es uno de los ejemplos de esos microorganismos. Los organismos multicelulares, las plantas y los animales, alcanzan tamaños que se miden en metros. Todos estos organismos han desarrollado receptores sensoriales que captan las señales fundamentales para su supervivencia y su reproducción. Por consiguiente, esos receptores no son sensibles más que a una gama de señales extremadamente reducida. Los sistemas de tratamiento sensorial que se han desarrollado para evaluar las señales clasificadas se han adaptado a las necesidades específicas de los diferentes tipos de organismos. Las funciones cognitivas de esos organismos son, por tanto, altamente idiosincrásicas y ajustadas para evolucionar en una escala de dimensiones muy limitada.

En el nivel humano, la dimensión mesoscópica es el mundo tal como podemos percibirlo con nuestros cinco sentidos, y tenemos tendencia a asimilarlo a nuestro «mundo ordinario». Son las dimensiones en las que prevalecen las leyes de la física clásica, lo que explica, sin duda, por qué esas leyes se descubrieron antes que las de la física cuántica. Se trata de una dimensión del mundo en cuyo seno nuestro sistema nervioso produce un comportamiento bien adaptado, nuestros sentidos definen categorías perceptuales y nuestro razonamiento desemboca en interpretaciones plausibles y útiles sobre la naturaleza de los objetos y las leyes que rigen sus interacciones.

De estas consideraciones, se deduce que es probable que nuestros sistemas cognitivos no se hayan adaptado de manera óptima para comprender la «verdadera naturaleza» de los fenómenos que percibimos, en el sentido kantiano del término. Emmanuel Kant hacía la distinción entre una hipotética Ding an sich –literalmente «la cosa en sí», es decir, la esencia de un objeto de conocimiento que resulta imposible reducir más– y la apariencia fenomenológica de este objeto, que resulta accesible a nuestros sentidos. Nuestros órganos sensoriales, y las estructuras neuronales que evalúan sus señales, han evolucionado de manera que puedan captar la información pertinente para la supervivencia y la reproducción, pero también para producir respuestas conductuales elaboradas a partir de enfoques heurísticos y pragmáticos adaptados a esas funciones. El objetivo de la percepción, es decir, la capacidad de reconocer la hipotética Ding an sich, esta cosa en sí, jamás ha sido un criterio de selección de la especie.

Hoy sabemos que no percibimos más que una parte ínfima de las propiedades físicas y químicas de este mundo. Nos servimos de esas señales perceptuales para elaborar nuestras percepciones, y nuestra intuición naíf nos dice que esas señales nos proporcionan una concepción del mundo exhaustiva y coherente.

Nos fiamos de nuestras facultades cognitivas; experimentamos nuestras percepciones como el reflejo de la realidad; no podemos aprehenderla de otro modo. En otros términos, nuestras percepciones ordinarias, estén influenciadas por la introspección o por la experiencia sensorial, adquieren el estatus de convicciones.

Matthieu Ricard: Creemos experimentar la realidad tal como es, sin comprender hasta qué punto la interpretamos y la deformamos. En realidad, hay una distancia considerable entre como las cosas nos aparecen y lo que realmente son.

Wolf Singer: Es cierto. Muchos ejemplos ilustran la manera en que adaptamos selectivamente nuestros conocimientos a los fenómenos que son útiles para nuestra supervivencia. Por ejemplo, nuestra incapacidad para representarnos, o para comprender mediante la intuición, los fenómenos definidos por la física cuántica y las condiciones que prevalecen en ese microcosmos.

Matthieu Ricard: Igualmente difícil nos resulta imaginar algo que, según el modo de observación, se nos aparece como una onda no localizada o como una partícula que sí tiene una localización determinada.

Wolf Singer: Sucede lo mismo en la escala del cosmos. Tomemos la teoría de la relatividad: nuestras preconcepciones chocan con la idea de que las dimensiones del espacio y el tiempo son relativas y se influencian mutuamente, porque en el mundo mesoscópico, que nos es familiar, experimentamos el espacio y el tiempo como dimensiones diferentes y distintas entre sí.

No obstante, somos capaces de explorar dimensiones del mundo que no nos resultan accesibles a través de la introspección ni mediante la experiencia ordinaria, sino recurriendo a instrumentos que prolongan las capacidades de nuestros órganos sensoriales.

De este modo, recurrimos a los telescopios y a los microscopios, pero también a las facultades analíticas e inductivas de la razón. Postulamos inferencias, deducimos predicciones que la experimentación confirma. Ahora bien, esas operaciones nacen en el interior del sistema cerrado del razonamiento científico y nada garantiza que los resultados que obtenemos puedan considerarse certezas irrefutables.

Matthieu: Pero aquí no haces referencia más que a una comprensión de la realidad fundada en nuestras percepciones sensoriales ordinarias. Cuando el budismo habla de una aprehensión de la realidad «tal como es», no se refiere a las simples percepciones, sino a una investigación de la naturaleza última de la realidad. Cuando intentamos saber si la realidad está constituida por un conjunto de entidades autónomas dotadas de una existencia tangible y a continuación llevamos a cabo un examen lógico correcto, concluimos que esas entidades que parecen tener una existencia real son, de hecho, un conjunto de fenómenos interdependientes carentes de toda existencia propia. Si comprendemos este hecho intelectualmente, eso no significa que nuestros sentidos perciban los fenómenos exteriores tal como son, sin modificación alguna. El Buda mismo dijo:

 

Los ojos, los oídos y la nariz no son elementos de conocimiento fiables,
Como tampoco lo son la lengua y el cuerpo.
Si las facultades sensoriales fuesen elementos de conocimiento fiables,
¿Qué utilidad tendría para los seres la vía sublime?[2]

La «vía sublime» designa aquí una investigación correcta sobre la naturaleza última de la realidad.

Wolf Singer: Antes de comentar estas consideraciones que proceden de la contemplación meditativa, me gustaría añadir algunas observaciones sobre la evolución de nuestros sistemas cognitivos, y en particular sobre la transición que se produjo entre la evolución biológica y la evolución cultural. Inicialmente, nuestras funciones cognitivas fueron seleccionadas para ayudarnos a afrontar las condiciones de vida de un mundo presocial.

Durante las últimas etapas de la evolución biológica, parece haberse producido una forma de coevolución entre la emergencia de un entorno social y nuestros cerebros, una doble evolución en paralelo que ha dotado a nuestros cerebros de ciertas aptitudes sociales: la capacidad de percibir, de emitir y de interpretar señales sociales. Estas facultades, transmitidas genéticamente, se han desarrollado y afinado por efecto de modificaciones epigenéticas de la arquitectura del cerebro que se producen en el curso de la evolución bajo la influencia de la experiencia y de la educación.

Matthieu Ricard: La epigenética designa el hecho de que heredamos un conjunto de genes cuya expresión puede ser modulada por las influencias que encontremos a lo largo de nuestra vida. Puede tratarse de influencias exteriores, ser amado o maltratado, o bien de influencias interiores, ser ansioso o conocer la paz de la mente. Algunas de estas modificaciones pueden producirse en el útero. Las investigaciones recientes han mostrado que la meditación tenía un efecto significativo en la expresión de un cierto número de genes, entre los cuales se hallan los que están relacionados con el estrés.[3]

Wolf Singer: Sí. Esas modificaciones adicionales de las funciones cerebrales están provocadas por los procesos de huellas epigenéticas y de aprendizaje. Sirven de mecanismos de transmisión fundamentales para la evolución sociocultural. Así pues, nuestros cerebros son el producto de la evolución biológica y cultural. Existen en función de estas dos dimensiones.

Es la dimensión cultural la que permite la aparición de esos diferentes niveles de realidad que llamamos entidades inmateriales, especialmente los fenómenos psicológicos, mentales y espirituales. Estos fenómenos han aparecido gracias a las facultades cognitivas propias de los seres humanos, capacidades que nos permiten crear realidades sociales como las creencias y los sistemas de valores, así como conceptualizar lo que observamos en nosotros mismos y en los demás: sentimientos, emociones, convicciones y comportamientos.

Si todos esos fenómenos son construcciones de nuestros cerebros –a mi entender la hipótesis más verosímil–, su estatuto ontológico, su relación con la «realidad», se halla realmente sometido a las mismas limitaciones epistémicas que las que limitan nuestros cerebros cuando se trata de percibir una naturaleza del mundo situada en un nivel más profundo.

Así pues, hay que considerar la posibilidad según la cual no solo nuestras respuestas perceptuales, motivacionales y conductuales, sino también nuestros modos de razonamiento y de deducción, estén adaptados a las condiciones del mundo en el que hemos evolucionado, comprendida la dimensión de las realidades sociales surgidas de la evolución cultural.

Notas:

  1. Alusión al hecho de que algunos contemporáneos de Darwin, como Herbert Spencer (1820-1903), pero también algunos de sus sucesores, consideraban que la evolución estaba dirigida u orientada hacia una meta que debía conducir ineluctablemente al progreso y cuya forma más acabada era el hombre. (N. del T. del inglés al francés).

  2. Citado en Pettit (S.W.), The Beacon of Certainty, Wisdom Publications, Boston, 1999, pág. 365.

  3. Kaliman (P.), Alvarez-Lopez (M.J.), Costin-Tomas (M.), Rosenkranz (M.A.), Lutz (A.), Davidson (R. J.), «Rapid changes in histone deacetylases and inflammatory gene expression in expert meditators», Psychoneuroendocrinology 40 (2014), págs. 97-107.