Entre la vida, entre las personas: reconciliación y perdón ante la muerte

Joan Halifax es sacerdotisa zen y antropóloga. En 1994 fundó el Proyecto de acompañamiento en el proceso de morir, que ha formado a cientos de profesionales de la salud en el cuidado contemplativo de las personas que están muriendo.

En este fragmento de su libro Estar con los que mueren, Halifax muestra con sensibilidad y cercanía, gracias a su experiencia personal, las diversas actitudes y deseos que albergan las personas que están muriendo respecto a sus cuidadores, familiares o amigos. De ello podemos extraer un valioso aprendizaje para poder comprender a las personas que se encuentran en este difícil y complejo proceso.

Cuando Donald Lay estaba muriendo de cáncer de pulmón, pidió hablar con su padre. Estos dos hombres no se habían visto ni hablado durante muchos años. Donald se fue de casa cuando era muy joven porque su padre era alcohólico y le había maltratado físicamente. Al estar cerca de la muerte, se dio cuenta de que ese maltrato pertenecía a un pasado lejano y de pronto comprendió que su padre también había sufrido. Sintió que tenía que reconciliarse con él ahora, o nunca podría hacerlo.

Es extraño: todo en nuestras vidas, nuestra sabiduría innata, nos dice que soltemos, que nos relajemos y que renunciemos a nuestros temerosos esfuerzos por controlar. Pero nuestro condicionamiento cultural y nuestra historia personal nos alientan a aferrarnos a las personas, a las experiencias y a los logros.

«No abandones nada; esa es la forma de ser feliz», nos susurran las voces... o nos gritan a veces. Y así nos pasamos toda la vida en una batalla entre esa profunda sabiduría interna y el mensaje cultural acerca del aferramiento y del control. Estar con los que están muriendo es, más que cualquier otra cosa, el momento de confiar y de descansar en la voz interna de la verdad.

Perdonar cuando llega la hora

El perdón, que es una forma de rendición, con frecuencia se vuelve especialmente significativo a medida que la muerte se acerca. Cuando Donald supo que no le quedaba mucho tiempo, de repente la reconciliación fue de una importancia inminente. Él y su padre se encontraron de nuevo tras décadas de silencio, y más tarde Donald le comentó a un amigo cercano que su encuentro fue más que una cuestión de perdón; utilizó la palabra redención para describir el breve tiempo que pasaron juntos.

Estar_con_los_que_mueren.jpg

Fomentar este tipo de perdón puede ser una experiencia intensamente conmovedora que requiere confianza y presencia. Como cuidadores, se nos puede pedir que seamos el puente entre dos costas de culpa y de malentendidos por mucho tiempo separadas, y que ayudemos a reparar la sensación de fractura que se despertó con la pérdida anticipada. Tal vez, bajo la influencia de nuestra aceptación calmada de las cosas tal y como son, la persona que está muriendo pueda encontrar un modo de perdonar y de dejar ir una rabia y una tristeza que han estado presentes durante mucho tiempo. Perdonar puede suponer una gran diferencia para todos, incluyendo a las personas que siguen viviendo y su experiencia de duelo.

Además de expresar agradecimiento y amor, crear un espacio para el perdón y la reconciliación puede ayudar a transformar la tristeza, el arrepentimiento, la ira y la decepción; estas acciones, centradas alrededor de las relaciones, con frecuencia hacen más fácil que la persona que está muriendo deje ir cualquier resto de miedo, de ansiedad, de inquietud o cualquier sensación de fracaso o de algo sin terminar en relación con su familia, sus amigos y sus seres queridos.

Curiosamente, la mayoría creemos que tendremos tiempo antes de morir para ocuparnos de aquellas relaciones que han decaído, de sanar antiguas heridas y de hacer las paces con aquellos que nos rodean. Sin embargo, ¿cómo sabemos que no vamos a morir de forma repentina, sin tiempo para realizar esas tareas?

Quién sabe si seremos capaces de saber quiénes somos cuando estemos cerca de la muerte, si tú o yo tendremos demencia o alzheimer. Recuerda las nueve contemplaciones y la inevitabilidad de la muerte; su momento es completamente incierto, y recordar esta verdad nos puede ayudar a reorganizar nuestras prioridades. Una de las últimas contemplaciones de esta serie nos recuerda que no podemos saber cuál será la causa de nuestra muerte. Cuidar nuestras relaciones a lo largo del camino puede no ser tan mala idea. Si no morimos de repente y si estamos lo bastante lúcidos y presentes emocionalmente, quizá tengamos la suerte suficiente como para perdonar y ofrecer amor. Pero pensar ahora en estas tareas nos recuerda que no debemos esperar para vivir una vida más amorosa, una vida que no sea un proceso de remordimientos y sea más una experiencia de completitud, incluso de celebración. Mejor apreciar nuestras vidas y nuestras valiosas relaciones ahora, ¡mientras aún podemos hacerlo!

De todas formas si la persona que está muriendo tiene tiempo, sus cuidadores le pueden ayudar a poner en orden sus asuntos interpersonales. Muchas veces los que le sobreviven se quedan con una sensación de asuntos sin terminar que les persigue, con heridas que lleva mucho tiempo sanar y que prolongan el duelo dándole a la vida diaria un sabor amargo. Por eso, tener una oportunidad de sanar cualquier deslealtad, de perdonar y ser perdonado hace más fácil para la persona que muere dejar ir y relajarse en una amplitud sin obstáculos.

Muchas tradiciones espirituales dicen que los últimos pensamientos de una persona que está muriendo son de una profunda importancia. Si prestamos atención al perdón, podemos estar presentes más fácilmente con los actos buenos de la vida de una persona, recordándole los aspectos positivos de su pasado –como las personas a las que ha amado o la gratitud que siente hacia ellas–, ayudándola a suavizar el estado de su mente y encontrar la paz. Recordarle sus vínculos más valiosos puede ayudar a relajar y a abrir el horizonte de la persona que muere, haciendo que el morir no sea una lucha o una experiencia marcada por el remordimiento.

Hay otras tareas interpersonales en el proceso de morir que son más sutiles y quizá menos intuitivas desde la perspectiva de los cuidadores. Un elemento al que hay que aproximarse sin demasiado apego es quién desea el paciente que esté presente durante su muerte.

Sorprendentemente, es muy habitual que las personas decidan morir cuando los cuidadores hayan abandonado la habitación; imagino que solo quieren morir tranquilos y solos. ¡Cuántas veces he visto a la persona que está muriendo esperar a que todo el mundo haya salido de la habitación para dejarse ir! Quizás esta persona quiera estar libre de toda esa atención que la mantiene en vida. Algunas personas no quieren que su familia esté allí porque sienten un vínculo muy fuerte con todos sus miembros, tanto positivo como negativo. Tal vez sientan, y puede que con razón, que la familia les impediría tener una liberación agraciada y que es más fácil morir entre desconocidos compasivos, o solos. Si este es el caso, por lo general la familia va a necesitar mucho apoyo para poder aceptar esta decisión.

La familia y la soledad

Un hombre sintió que su familia no podía soportar ocuparse de él mientras moría de sida. Cuando le visitaban, tenerlos presentes le hacía sentir agitado y exhausto, y la familia estaba angustiada ante la crudeza de su enfermedad. Suavemente compartí con ellos que en mi opinión él estaba dejando ir su vida gradualmente y todo lo que le importaba, incluidos ellos. Su hijo se sintió agradecido por tener la oportunidad de despedirse, pero no quería que su familia sufriera mientras él pasaba por esa lenta disolución de su cuerpo. Le resultaba más fácil dejarse ir con aquellos que no eran su familia. Su familia lo entendió, pareció aliviada y se retiró, buscando otras formas de enfrentarse a su dolor previo a la muerte.

Algunas personas quieren que las sostengan mientras mueren, como Issan, que murió en brazos de su buen amigo. Otras personas no desean que las toquen; solo quieren que el cuidador esté presente. Algunas personas esperarán hasta que los cuidadores hayan salido de la habitación porque lo que necesitan es morir solos. Algunas personas quieren que toda la familia esté presente, como el joven afroamericano que estaba muriendo por un fallo renal y cuya familia rodeaba su cama en el hospital cantando góspel hasta que decayó en un delirio terminal.

Hay personas que quieren tener el control absoluto sobre el proceso: «No se necesita ayuda; gracias». Algunas personas necesitan que les hablen mientras mueren: «Iré contigo tan lejos como pueda», le decía un cuidador a la persona agonizante que tenía a su cargo. Algunas personas desean la gracia y la libertad del silencio profundo.

A menudo las tareas interpersonales dependen de las diferencias culturales, por lo que tenemos que cultivar la sensibilidad intercultural cuando trabajamos con personas que están muriendo y con comunidades que pertenecen a culturas diferentes de la nuestra. Hay una inmensidad de costumbres diferentes, de necesidades determinadas por la cultura, de percepciones sobre la enfermedad y la muerte, de formas de intervenir, de cuestiones de edad y género, de detalles en la relación cuidador/paciente, de sistemas de creencias y de prácticas religiosas y espirituales que dan forma a nuestra relación con la comunidad. Si no nos damos cuenta de ello, es fácil que ofendamos a otros al traspasar determinados límites o preferencias personales que vienen determinados por la cultura. Y quizá la persona que está muriendo se esté reconciliando con sus orígenes culturales tanto como con sus familiares.

Me siento agradecida por todas las instrucciones que me han dado a lo largo de los años para acompañar a aquellos que están muriendo. Aun así, cuando me siento con una persona que está muriendo tengo que dejar a un lado todas esas maravillosas enseñanzas, aquietarme con mi respiración y dejarme guiar por la verdad del momento. Cuando dejamos que la persona que está muriendo sea la que guíe, nos hará saber de una manera u otra qué es lo que le resulta apropiado, a quién necesita tener cerca y con quién necesita hacer las paces o expresar sus sentimientos más hondos y más íntimos de agradecimiento y de amor.