Yoga: Alcanzar el Samadhi a través de la práctica

Autor de numerosos libros sobre yoga y uno de los pioneros de su difusión y práctica en España, Ramiro Calle publica El milagro del yoga, en el que nos habla de las distintas tradiciones de yoga y se acerca a través de una prosa rica y un profundo conocimiento a definir, entre muchos otros términos, el samadhi como estadoo superior que solo es posible alcanzar con la máxima implicación y disciplina.

Nunca hay que ignorar, cuando se examina la disciplina del yoga, que todos los esfuerzos del yogui están encaminados hacia el samadhi, punto terminal de un largo recorrido. Eso no quiere decir que todo el que practica yoga pretenda alcanzar el samadhi o incluso se lo proponga —puesto que puede desear obtener resultados físicos, energéticos, psicomentales o espirituales—, pero el yogui totalmente involucrado en este sistema soteriológico tiene como meta llegar a la experiencia samádhica.

Esta conlleva un estado contemplativo, de ensimismamiento o abstracción más allá de toda dualidad mental, en la que se trascienden los opuestos y cesa todo conflicto entre el ser y el ego, esto o aquello, la esencia y la personalidad.

Son infinidad los practicantes que no aspiran al samadhi e incluso que no conocen la existencia de dicha experiencia transpersonal.

Sin embargo, esta ha sido la motivación de infinidad de yoguis: la búsqueda de una realidad suprasensible que escapa al pensamiento ordinario y a toda elucubración intelectual o especulación metafísica.

El objetivo del yogui es, en sus etapas más elevadas, la consecución de esta experiencia portadora de sabiduría, la puerta de acceso a la última Realidad que se esconde tras el barniz de la realidad aparente y que no es tal.

Como es más que probable que un número muy alto de practicantes de yoga no sepan nada del samadhi (incluso es posible que no hayan escuchado este término sánscrito), podemos encontrar una diferencia clara entre lo que es un yogui y lo que es un simple practicante de algunas técnicas propias del yoga.

El samadhi representa una reabsorción total de los procesos mentales (vrittis), o sea, una inhibición del pensamiento. Aunque la mente se vacía y se inhiben los torbellinos mentales y emocionales (nirodha), una muy peculiar forma de consciencia continúa existiendo durante dicha experiencia, que nada tiene que ver con la consciencia como comúnmente la entendemos.

La persona se satura de un sentimiento de totalidad, plenitud, bienaventuranza. Se trasciende el acto de conocer intelectualmente para alcanzar la experiencia directa de ser. Mediante el samadhi, la persona se desplaza desde sus vestiduras o cuerpos más externos (el físico, el vital, el psicomental) a su ser ontológico. No obstante, al hablar del samadhi, todas las palabras deben ser puestas bajo sospecha y hay que admitir que se trata de una experiencia tan elevada que es irreductible a los conceptos.

Adelantemos, para evitar equívocos, que ese ser ontológico puede ser denominado y referido de diferentes maneras por el yogui, sea que este pertenezca a la tradición del Samkhya o del Vedanta, sea teísta o ateo, hindú o jaina, budista o budista tibetano. Como reza el antiguo adagio: «Las aguas del océano son saladas por donde quiera que se las pruebe» o «Todos los ríos desembocan en el océano», dependiendo de la cultura espiritual del yogui este podrá expresar de una u otra manera la experiencia, como también señala el zen: «Muchos dedos apuntan a la luna, pero la luna es una».

A través del samadhi, el yogui se ha sumergido en su purusha (mónada espiritual), de acuerdo al Samkhya; de acuerdo al Vedanta, en el Brahman (el Ser); o de acuerdo al budismo, en el shunya (vacío).

Aunque se regrese del samadhi, la sabiduría hallada durante la experiencia no se perderá, pues representa un profundo insight o «toque de supraconsciencia», algo muy transformativo, aunque no se alcance una evolución total que convierta a la persona en un jivanmukta (liberado‐viviente) o un arahat (despierto) o un kevalin (emancipado). Así, el samadhi siempre transforma, siendo uno de los logros reales del yoga no solo el encontrar bienestar físico o paz interior, sino la transformación que permita desempañar la consciencia para que esta pueda percibir lo que antes estaba oculto, o sea, para traspasar la nesciencia, que es causa del sufrimiento propio y ajeno.

La sucesión de experiencias samádhicas van purificando la mente, esclareciendo la visión, transformando al yogui y abriendo el ojo interior que ve lo Real y ayuda a superar todos los condicionamientos internos, deshaciéndose de obstáculos e impedimentos. Mediante la experiencia samádhica, los sucesivos «golpes de luz» van rasgando la densa niebla de la mente causada por la ignorancia, permitiendo vislumbrar o aprehender una Realidad que pasa desapercibida para la persona que permanece en un estado de esclavitud mental.

Solo a través de la concentración y la meditación, apoyadas en la virtud y el renunciamiento a lo ilusorio, así como en el esfuerzo adecuado y la firme motivación, se alcanza la elevada y transformativa experiencia del samadhi.

La concentración o unificación mental es un medio para ir escalando a estados más elevados y clarividentes de la consciencia, hasta que al final se traspasa la consciencia ordinaria y se obtiene una supraconsciencia que puede ver lo que está vedado a dicha consciencia común, sometida al pensamiento ordinario. La concentración o unidireccionalidad de la mente se convierte así en un medio para ir más allá de sí misma. La energía se reorienta hacia planos superiores, y aun si no se llega a la meta, en la medida en que uno se aproxima a ella se adquiere otro tipo de visión, una realmente transformadora, como quien asciende por una colina y con cada paso amplía la visión del panorama. Así, se dice en los antiguos textos: de la meditación brota la Sabiduría.

Muchos de los obstáculos en esta ascensión‐interiorización los encontrará el yogui en su propia mente, y serán causa de libertad o servidumbre según los utilice. Parte de estas dificultades las examinaremos en el apartado de radja-yoga (del libro El milagro del yoga), pero es indudable que solo a través del trabajo interior la mente puede ser liberada. Al respecto, en el Vivekachudamani se dice:

La libertad se gana por la percepción de la unidad del yo con lo eterno, y no por las doctrinas de la unión o de los números, ni por los ritos ni por las ciencias.

El conocimiento ordinario es absolutamente insuficiente. Esto ha sido reconocido por todas las psicologías de la realización de Oriente, instando por ello a buscar otra forma de conocimiento más fiable y verdaderamente transformativo.

El saber que no transforma ni libera no es apreciado en el yoga.

Es mediante el estado especial denominado samadhi que la mente puede aprehender esa sabiduría liberadora, donde los contrarios conceptuales, que tanto frenan el progreso interior, son resueltos. Se produce entonces una unificación mental cuya naturaleza es por completo distinta a la del estado de vigilia o consciencia ordinaria.

El samadhi representa una inmersión en la Totalidad que se constela en uno mismo, en la mente abisal y quieta, y que conlleva una explosión (o implosión) de la consciencia, facilitando una experiencia más allá del ego y de la máscara burda de la personalidad.

Es como si la ola, que nunca dejó de ser independiente del océano, recuperase la percepción oceánica y saliese de la alucinación de que era distinta del océano en el que estaba contenida. Una autorrevelación tiene lugar. El cesar de todos los procesos ordinarios de pensamiento, aunque sea por segundos, desarticula la burocracia del ego. Se produce la experiencia «enstática» y el ser se vive en toda su pureza o, en términos zen, uno ve su rostro original. Es una experiencia inigualable que trasciende todo lo fenoménico y provoca un sentimiento omniabarcante de plenitud. En tales momentos o incluso en posteriores, se quiebra la ligazón con los objetos físicos, se movilizan fuerzas internas larvadas y se entra en conexión con «vibraciones» que no están al alcance de la mente ordinaria. Ese «trance» yóguico, inducido por un adiestramiento muy intenso en las prácticas de concentración, meditación e introspección, permite una comprensión hasta entonces insospechada, que incluso produce modificaciones manifiestas en el organismo de quien la experimenta.

El samadhi puede durar una fracción de segundo o varias horas, incluso días, pero después de haberlo experimentado la persona ya no volverá a ser la misma. Se ha producido una mutación en las estructuras profundas de su psique. El yogui ha captado la sabiduría perenne que los grandes maestros han perpetuado a lo largo de milenios.

A través de esta experiencia de naturaleza transtemporal y transespacial, el yogui se desconecta de la dinámica de sus órganos sensoriales, se desplaza a la fuente del pensamiento y conecta con un tipo de mente suprarracional, al margen de todas las categorías y conceptos mentales.

Seguramente, desde los mismos orígenes del yoga, ya hubo practicantes incansables que se percataron de la posibilidad de asomarse a estados superiores de consciencia para ver y conocer lo que la mente ordinaria, con sus muchas limitaciones, no permite. Entre estas limitaciones se encuentran los samskaras (que luego abordaremos a fondo), cuyos impulsos debemos agotar para poder degustar el inconfundible y confortador sabor de la libertad interior. Aquellos yoguis de tiempos remotos fueron los primeros grandes exploradores de la consciencia, negándose a asumir los límites y engaños de la mente ordinaria.

El samadhi en el que todavía persiste la vivencia de individualidad es conocido como savitarka. Por el contrario, aquel en el que todo sentimiento de individualidad cesa y, por ende, es el estado más elevado, es conocido como nirvitarka, durante el cual la persona se funde con el cosmos.

Tras el nirvitarka, el yogui entra en otra condición de consciencia: aunque esté en este mundo ya no es de este mundo; se convierte en un liberado‐viviente o jivanmukta, sustrayéndose a toda ilusión o apego y pasando de ser actor a espectador o testigo incólume.

Cada experiencia samádhica aporta un «golpe» de comprensión y va labrando la liberación espiritual de quien la experimenta, eliminando de su mente la ofuscación, la avaricia y el odio, y haciendo posible lo que se ha denominado el «despertar de la consciencia». Por eso, a quien alcanza esa condición especial supramundana se le conoce como un «despierto» o que «ha despertado».

De acuerdo con el yoga hindú, el liberado‐viviente ya no está condicionado por la ley de causa y efecto (karma), habiendo escapado a la rueda de reencarnaciones (samsara), traspasando los velos de la ilusión (maya). Según el Samkhya, la persona se desliga de su cuerpo‐mente y se establece en su impoluta mónada espiritual o purusha. Según el Vedanta, el espíritu o Atman de la persona se funde con el Espíritu Cósmico o Brahman. Así Shankaracharya explicaba:

Libre de duda. Grande, imperturbable, donde cambio e inmutabilidad se funden en el Ser Supremo, eterno, alegría que no se disipa, inmaculado: este es el Eterno. Tú eres eso.

Entiéndase que las palabras pierden parte de su significado al tratar de acercarnos a un estado tan elevado de consciencia como es el samadhi. Los budistas hablarían de lo Incondicionado o Vacuo. El propio Nirvana no es definible y de ahí que el Buda, el Mahayogui, dijera:

Hay, monjes, algo no nacido, no originado, no creado, no constituido. Si no hubiese, monjes, ese algo no nacido, no originado, no creado, no constituido, no cabría liberarse de todo lo nacido, originado, creado y constituido. Pero puesto que hay algo no nacido, no originado, no creado, no constituido, cabe liberarse de todo lo nacido, originado, creado y constituido.

Y también:

Hay, monjes, algo sin tierra, ni agua, ni fuego, ni aire, sin espacio, ilimitado, sin nada, sin estado de percepción ni ausencia de percepción; algo sin este mundo ni otro mundo, sin luna ni sol; esto, monjes, yo no lo llamo ni ir ni venir, ni estar, ni nacer ni morir; no tiene fundamento, duración, ni condición. Esto es el fin del sufrimiento.

En todas las tradiciones orientales, ese elevado estado de consciencia (satori, nirvana, samadhi, iluminación) es tenido por una experiencia supramundana. Así, volviendo al Buda, este nos dice:

Eso es paz, eso es sublimidad, es decir, el fin de todo lo constituido, el abandono de los fundamentos de la existencia, el aniquilamiento del deseo, el desvanecimiento, la cesación, el Nirvana.

El samadhi o experiencia del despertar, origina que la persona trascienda toda polaridad, toda contradicción, toda discordancia; ella comprende y se comprende, ve las cosas como tales, se ha establecido en su propio eje (que es universal) y ha sido capaz de despertar a una intuición la clarividente y penetrante, inmaculada e imperturbable.

Tal como uno se despoja de las prendas de vestir, él se libera de las categorías mentales. Ha finalizado el proceso encaminado a la conquista de uno mismo. Una nueva persona brota y reabsorbe a la anterior; eclosiona una psicología por completo diferente.

El samadhi es una inyección de energía universal, un despertar a una realidad inimaginable, un existir a través de la poderosa vitalidad del Cosmos. La persona se emancipa de su rutina interna condicionante, de su estrechez de miras, de sus sentimientos banales, de su consciencia de separatividad, de su sentimiento de soledad. La voz del Yo, atronadora y fantástica, se hace oír. Se supera lo que podríamos denominar una esclerosis neumática o pránica, las energías fluyen sin cortocircuitos. El liberado se hace uno con el instante prolongado, con el presente eterno y se convierte en la revelación misma en el cuerpo iniciático del yoga, alimentado por todos los grandes autorrealizados.

Todas las impresiones subliminales (vasanas y samskaras) quedan incineradas, se abandona la mente antigua y condicionante y hay una explosión de entendimiento. De acuerdo con el enfoque hindú y con sus creencias, el acceso al samadhi permite la eliminación de muchos residuos kármicos, y en la medida en que las semillas kármicas se «queman» sobreviene un estado real de libertad interior. Esto es la unión del Atman con el Gran Espíritu.

El samadhi definitivo representa la imposibilidad de cualquier metamorfosis, porque no se puede ir más allá. Se ha llegado al límite de la evolución de la consciencia, a la meta. Representa la imposibilidad de toda regeneración, de toda enfermedad interior. Hay una reabsorción de los límites que permite que la fuerza de expansión del yogui no pueda ser contrariada, pues esta penetra definitivamente en la Totalidad. La persona corriente permanece en constante movimiento interior. Su contenido emocional y mental se modifica sin cesar. Por el contrario, la persona realizada ha encontrado un estado de quietud, de alejamiento de todo conflicto. El ego ha sido trascendido.

Como hemos dicho, por mucho que el yoga haya derivado en un método de mejoramiento psicofísico, su meta primaria siempre ha sido el samadhi, puesto que es esta experiencia la que disipa la ignorancia básica de la mente y permite un tipo muy especial de percepción que reporta un inmenso sentimiento de quietud y ecuanimidad. Durante la experiencia samádhica quedan en suspenso la memoria, la imaginación y el pensamiento y, por tanto, la noción de ego. Según el enfoque del samkhya-yoga, a esto se le conoce como el establecimiento en el Sí‐mismo, debido a la total inhibición del pensamiento; según el vedanta, se denomina la inmersión en el Todo o Brahmán; para un budista, se trata de la captación supraconsciente de la Vacuidad; y para un jaina, es la Emancipación.

La mente se absorbe en el Vacío (o en el Todo, o ni lo uno ni lo otro) de tal manera que, durante unos minutos u horas se desdibujan los límites de la consciencia y ocurre una mutación profunda y gloriosa en lo más hondo de la psique. Allí, se desencadena una experiencia que permite aprehender dimensiones que escapan al pensamiento común. Esta tiene el poder de eliminar samskaras y vasanas, o sea, impregnaciones subconscientes, y sentar las bases para una libertad interior verdadera y perdurable.

Llegados a este punto, cualquier palabra resulta aproximativa, pues la experiencia samádhica es inexpresable. Lo más oportuno es guardar silencio, porque definiciones tales como «un sentimiento de unidad», «un sublime arrobamiento», «una percepción cósmica» o «un destello de infinita plenitud» se quedan cortas para tan inefable suceso. Es intransmisible y, por tanto, como dijo un maestro: «No me hagáis hablar de eso que está por encima de todo». Cualquier cosa que se diga sobre el samadhi es una mera aproximación limitada por palabras y conceptos. Por eso, a veces se recurre a símiles, como en el Hatha-Yoga Pradipika, donde se lee:

Como el alcanfor desaparece en el fuego y la sal en el agua, la mente unida al Atman pierde su identidad.

También en el mismo texto:

Al igual que la sal que se disuelve en el agua se vuelve una con ella, así cuando el Atman y la mente se vuelven uno, se llama samadhi. Esta identificación del Sí‐mismo y el Ser Absoluto, cuando todos los procesos mentales dejan de existir, se llama samadhi.

Nunca se ha dicho que fuera fácil la obtención de un estado tan elevado de consciencia. Alcanzar la experiencia samádhica requiere de intensa disciplina. Sin embargo, los distintos ejercicios yóguicos inducen a la paz interior y a una ecuanimidad consistente, y provocan modificaciones notables en la psique, la percepción y la forma de ser. Así, aunque solo se obtengan «golpes de luz», intuiciones transformativas o lo que podríamos llamar pre‐samadhis, ya es sumamente importante, porque son vivencias que cambian el sentido de la vida y de la muerte.

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