Una meditación de Christophe André para practicar la benevolencia en tiempos difíciles

Compartimos una meditación breve de Christophe André basada en su libro Meditar 3 minutos.

La meditación puede ayudarnos a estar más presentes y atentos en el mundo y en nuestra vida. Pero también nos permite cultivar ciertas cualidades fundamentales, como la benevolencia, que consiste en desear el bien ajeno. Es una intención que tal vez parezca ingenua, pero que sobre todo es generosa e inspirada.

Imaginemos por un instante un mundo en el que todas las personas fuesen benevolentes. Un mundo donde todos los coches frenasen para dejar cruzar a los peatones, en el que todos los seres humanos sujetaran las puertas cuando fuésemos cargados o en el que todos sonriesen.

¿Un sueño? ¡No necesariamente! Ese mundo ya existe en parte. Contrariamente a lo que podemos creer los días en que estamos de mal humor, los días en que hemos visto demasiadas noticias en la tele, ya existe mucha benevolencia en el mundo. Y solo está esperando a que la difundamos todavía más, pues cada uno de nosotros puede aumentar la cantidad global de benevolencia y de dulzura ya presentes, aportando su parte. A fin de ayudarnos en esa cuestión, podemos cultivar regularmente nuestras capacidades de benevolencia.

Ejercicio de Christophe André – Meditar 3 minutos

Dediquemos algo de tiempo a situarnos en el instante presente..., haciéndonos conscientes de la respiración..., del cuerpo..., de los sonidos que nos rodean..., del movimiento de los pensamientos, que hay que dejar pasar, sin alimentarlos...

Pensemos en las personas que amamos, en todo el bien que les deseamos...

Dediquemos algo de tiempo a ver pasar sus rostros, tiempo para permitir que lleguen o regresen todos esos rostros en nosotros, de manera espontánea, en el orden que deseemos, o no importa en qué desorden...

Sintamos la presencia de la benevolencia en el cuerpo, sintámosla en el corazón; sintamos físicamente el afecto, el amor, la simpatía que sentimos por todas esas personas...

Respiremos ese sentimiento de benevolencia; imaginemos por ejemplo, con cada inspiración, que inspiramos toda la benevolencia que nuestros seres queridos sienten por nosotros, todo el amor que nos tienen. Imaginemos, con cada espiración, que espiramos hacia nuestros seres queridos el afecto que sentimos por ellos...

También podemos extender esta benevolencia a las personas que conocemos y a las que también deseamos bienestar: amigos, compañeros, vecinos, conocidos...

Si así lo deseamos, podríamos repetir suavemente, al ritmo de la respiración, una frase parecida a esta: «Deseo de corazón que todos sean lo más felices posible; que todos sean lo más felices posible...».

Anterior
Anterior

Egoísmo VS. Cooperación o el debate acerca de cuál es la naturaleza del ser humano

Siguiente
Siguiente

La antropología del ayuno