Esperar la liebre bajo el árbol: un chéng yǔ para los que quieren vivir sin trabajar

Los chéng yǔ del idioma chino se traducen generalmente como “frases hechas” y su existencia proviene de la antigüedad, milenios atrás. Esperar la liebre bajo el árbol (shǒu zhū dài tù 守株待兔) nos cuenta la historia de un campesino que soñaba con vivir sin trabajar y creyó haber encontrado la manera de lograrlo.

María Eugenia Manrique dedica su último libro Sabiduría de la antigua China a compartir proverbios, cuentos y leyendas del chéng yǔ.

El protagonista de esta historia es uno de los muchos campesinos que durante la dinastía Sòng trabajaban la tierra y vivían de la venta de sus cosechas mientras otros eran sirvientes en grandes fincas, y un grupo minoritario se dedicaba a la caza o a la pesca.

La productividad de sus tierras dependía sobre todo de la topografía y del clima, por lo que su trabajo no siempre se veía recompensado con buenas cosechas y en las zonas montañosas se hacía especialmente duro para quienes cultivaban de forma independiente.

Según el relato, en los años de buena cosecha, el campesino de la historia tenía suficiente comida para abastecerse a sí mismo. Pero era conocido por no ser tan trabajador como los otros campesinos, le gustaba vaguear libremente y muchas veces descuidaba su trabajo. Se le solía ver buscando la manera de obtener beneficios sin afanarse mucho, lo cual no era sencillo de lograr solo con el trabajo del campo. Siempre estaba soñando con recibir una fortuna inesperada que le permitiera comer y disfrutar de la vida sin trabajar.

Un día que se encontraba trabajando sus tierras, súbitamente observó cómo unos animales pequeños escapaban de un grupo de cazadores que rondaban por las cercanías Desesperados, buscaban lugares para esconderse De pronto, frente a sus ojos, una liebre que corría despavorida se estampó contra el tocón de un árbol que había sido talado recientemente Al ver la escena, el campesino se acercó dándose cuenta de que el animal había muerto con el golpe Aquello le pareció un milagro, se lo llevó a casa y se preparó la mejor cena que había tenido en mucho tiempo.

Al darse cuenta de lo sencillo que había sido conseguir comida, pensó que eso era lo que él quería de la vida: poder comer bien sin hacer mucho. A partir de ese día decidió dejar de trabajar la tierra y sentarse desde temprano al lado del tocón milagroso, esperando que otra liebre chocara con él. Así, esperando otro milagro, pasaron los días sin que apareciera animal alguno, mientras las tierras se llenaban de hierbas...

La leyenda del anciano que movía montañas: un chéng yǔ para las personas que no se rinden ante las adversidades

“Anciano que mueve montañas” (yú gōng yí shān 愚公移 山) es uno de los chéng yǔ que María Eugenia Manrique comparte en su libro Sabiduría de la antigua China. Proverbios, cuentos y leyendas del chéng yǔ. Una historia con origen en el taoísmo filosófico y que explica la leyenda de un hombre mayor que logró su propósito gracias a su tenacidad y a pesar de lo que pensaban los demás.

La historia de esta frase se encuentra en el Liè zĭ, considerado por algunos autores como el más práctico de los textos clásicos del taoísmo filosófico, inscrito en la biblioteca imperial bajo el nombre del Tratado de la perfecta vacuidad.

Las anécdotas y leyendas descritas en el Liè zĭ se remontan a la época del Emperador Amarillo, quien reinó en el tercer milenio antes de nuestra era. Uno de los personajes más importantes de la historia y mitología china, considerado por muchos como el primero de los cinco emperadores a quienes se les atribuye la creación de la civilización china.

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Según la antigua leyenda, existió un venerable anciano de noventa años llamado Yú Gōng que vivía al sur del río Hàn, entre dos grandes montañas que representaban una barrera. Los caminos abruptos entre las montañas le hacían muy difícil tanto salir como regresar a casa, haciéndole padecer.

Un día en que desesperado buscaba una solución, pensó que si trasladaba varias piedras cada día lograría mover las montañas y liberar los caminos. Al enterarse de su decisión los vecinos comenzaron a reírse del anciano, comentando que era una tontería someterse a tal esfuerzo, pensaban que no era consciente de sus limitaciones. Uno de sus más allegados se atrevió a decirle lo que todos pensaban, asegurándole que era demasiado viejo para mover ni una pequeña colina. Al escucharlo, el anciano le respondió: «No estoy solo, tengo hijos, mis hijos tienen hijos y mi familia crece, mientras que la montaña es una sola y no crecerá más».

En poco tiempo, el anciano logró reunir a muchas personas de su familia, todos dispuestos a ayudarle. Al verlos, mucha gente del pueblo se unió a ellos y trabajaron todos de invierno a verano; lentamente pero sin descanso, cincelaron y transportaron piedra tras piedra hasta el mar del Este de la mitología china.

El emperador del cielo, impresionado al ver la férrea voluntad y la tenacidad del anciano, envió a dos de los inmortales a mover las montañas a lugares distantes. Se dice que desde aquel momento, ya no hay grandes montañas desde el sur de Jì zhōu hasta al sur del río Hàn.

Cuando se dice «Anciano que mueve montañas»,
se hace referencia a esas personas que
gracias a una firme voluntad no se rinden ante las adversidades
y perseveran hasta alcanzar sus objetivos.