Una reflexión de Jeff Foster sobre la futilidad de la búsqueda

Se supone que hay un largo trecho en el camino de la búsqueda espiritual, hacia esa ansiada liberación. Sin embargo, Jeff Foster, autor de Más allá del despertar, lo pone en duda. En este breve fragmento del libro describe lo que siempre ha estado ahí como el verdadero milagro, aunque no nos diésemos cuenta.

La búsqueda espiritual sólo puede conducir a la frustración, porque lo que se busca es idéntico a lo que está buscando. Queremos poner fin a la búsqueda ignorando la deslumbrante evidencia de que toda búsqueda implica la existencia de algo que debe ser encontrado. En esa creencia, de hecho, descansa toda búsqueda.

Pero esa creencia, en realidad, es la misma búsqueda. ¿No es sorprendente que esa búsqueda perdure toda la vida?

Y con la búsqueda llega la identificación con “el que busca”. Toda búsqueda implica un buscador. Pero buscando el final del buscador, el buscador ignora la evidencia de que el “problema” reside en la búsqueda, porque toda búsqueda implica que ahora hay algo equivocado. La búsqueda implica una resistencia a lo que es, una resistencia que es idéntica al yo, a “mí”.

La búsqueda implica un futuro en el que el buscador acabe desapareciendo. Y entonces se busca desesperadamente esa existencia futura del buscador libre. Pero, mientras exista búsqueda, habrá un “yo” que busque, que es precisamente lo que la búsqueda pretende finalizar. Pero el que busca y el que se supone que “ve a través” están presentes ahora mismo, en este mismo instante, como pensamiento. Ésa es, de hecho, la única realidad que tiene la persona. Y, aun en el caso de que Esto es todo lo que hay y no es necesario futuro alguno para “ver a través de ello” ni para “realizarlo”. La misma búsqueda es, de hecho, la que implica que esto no está todo aquí y de que hay algo más. La búsqueda es la negación de la presencia absolutamente sencilla y evidente que es idéntica a este momento.

Pero nosotros seguimos empeñados en la búsqueda, esperando el día en que seamos como esos tipos iluminados que hablan y hablan de la paz, del amor, de la alegría y del final del sufrimiento, y que nos brindan un camino que seguir.

Pero la paz, el amor y la alegría ya están aquí, ahora mismo, La paz, el amor y la alegría son muy simples.
Y se presentan como:

El latido del corazón.
El goteo del grifo.
El zumbido de la lavadora.
La respiración.
Los pensamientos que aparecen.
Una sensación de hambre.
Un ligero dolor de pecho y de estómago.
Y el murmullo de la televisión.

Éste es el milagro que tanto nos hemos esforzado en buscar a lo largo de toda nuestra vida... y que siempre ha estado delante de nuestras narices.

Editorial Kairós

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Jeff Foster: lo único que el buscador ve es su propio mundo

Jeff Foster, autor de Una ausencia muy presente, pone en duda que la búsqueda espiritual del despertar o la liberación sean algo realizable. Describe este anhelo a través de la figura del buscador, cuya búsqueda le dejará, inevitablemente, dentro de su propio mundo (aunque este tenga infinidad de caminos). En lo que Foster denomina como el “mundo onírico” es donde existen las relaciones entre maestro y discípulo que, según él, intentan enseñar algo que no puede ser mostrado. Solo cuando la figura del que busca se diluye junto al objeto que persigue lograremos, en cierto modo, asentarnos en lo que ha estado aquí desde el mismo comienzo.

Lo único que el buscador ve es su propio mundo.

Y dentro de ese mundo, el buscador oye hablar del despertar, de la liberación o de cualquier otra cosa parecida. Y entonces empieza a buscarlo dentro de su mundo.

Dentro del mundo del buscador todo es posible. Dentro del mundo del buscador hay un millón de caminos, procesos, prácticas y objetivos espirituales diferentes. Un millón de cosas que hacer y un millón de cosas que ofrecer. Dentro del mundo del buscador buscas la iluminación, buscas la liberación y buscas cualquier tipo de transformación energética. Dentro del mundo del buscador puedes ir a reuniones y escuchar hablar de eventos futuros que pueden ocurrirte o no. Ése es un mundo lleno de creencias, un mundo lleno de conceptos de segunda mano transmitidos por personas bienintencionadas que creen a pies juntillas lo que dicen.

Jeff Foster. Una ausencia muy presente.png

Pero la liberación no es algo que el buscador pueda encontrar en su mundo. La liberación consiste en la disolución del buscador y en la disolución también, en consecuencia, de su mundo. Y la desaparición del buscador y de su mundo va acompañada de la zambullida en algo mucho más misterioso, vibrante y vivo que cualquier concepto de segunda mano que alguien pueda jamás prometernos.

En el mismo momento en que empezamos a hablar de esa zambullida, caemos de nuevo en el lenguaje del buscador y del mundo. Pero ése es el único lenguaje que tenemos. Toda enseñanza se mueve dentro del reino del buscador y de su mundo (al que, hablando de manera global, podríamos denominar “mundo onírico”). Pero aun estas palabras, del mismo modo que las palabras pronunciadas en mis encuentros, se mueven dentro del mundo del sueño, motivo por el cual siempre puntualizo que, en el mismo instante en que lo menciono, deja simplemente de ser cierto. En el mismo instante en que hablo de esto, lo convierto en algo, en algo propio del mundo onírico, en algo a lo que el buscador, en un intento de comprensión, pueda aferrarse. Es, desde otra perspectiva, un intento de convertirlo en algo que pueda alcanzarse en el futuro.

Si quieres hablar de la no-dualidad también, en cierto sentido, estás condenado. Debes ser lo suficientemente humilde como para admitir que jamás podrás expresar esto y que hasta la idea de una comunicación no-dualista “perfecta” –si es que tal cosa es posible– permanece total y completamente dentro del mundo onírico.

 

 

Todo, en este mundo onírico, se mantiene en un estado de equilibrio perfecto. La persona deprimida encuentra, vaya adonde vaya, un mundo deprimente; la persona temerosa también encuentra, vaya adonde vaya, un mundo temible, y el buscador siempre encontrará maestros que nutran y alimenten su búsqueda.

De hecho, el maestro necesita tanto al discípulo como éste le necesita a él. El discípulo desempeña, en el mundo del maestro, una función semejante a la que el maestro cumple en el mundo del discípulo. Cumple con una necesidad. A fin de cuentas, el maestro no puede conocerse a sí mismo como tal a menos que, de algún modo, utilice al discípulo para crear y mantener esa identificación. Por ello se aferran uno a otro con tanta intensidad.

En el mundo onírico, en el esfuerzo por ser una persona, en el intento de ser alguien en lugar de nadie, en el intento de que nuestra vida funcione, siempre tropezamos con nuestro propio reflejo.

¡Son tantas las cosas que nos prometen los maestros! Nos prometen un evento futuro llamado iluminación, despertar o algún tipo de cambio o modificación de la percepción que jamás podemos obtener ni dejar de obtener.

No obstante, con la desaparición de la crispación sobre uno mismo –y de la correlativa contracción del espacio del mundo en que se mueven maestros y enseñanzas– se pone de manifiesto una gracia que no tiene nada que ver con acontecimientos futuros, con experiencias espirituales, con cambios perceptivos, con transformaciones de conciencia o con cualquier cosa que los maestros del sueño puedan ofrecernos. Y eso es sorprendentemente ordinario, tan ordinario como tomarse una taza de té y comer pescado con patatas fritas. Pero aquí no hay nadie tomándose una taza de té ni comiendo pescado con patatas fritas. sencillamente se bebe una taza de té y se come pescado con patatas fritas. Es como si la taza de té se bebiera a sí misma y el pescado con patatas fritas se comiese a sí mismo. Esto es lo más próximo a la verdad que podemos decir con palabras.

Está completamente más allá de lo que podríamos esperar. Y no es algo que aparezca de nuevo, sino la revelación de algo que ya estaba ahí, de algo que, por más oculto que parezca, se hallaba siempre delante de nosotros. La vida ordinaria siempre ha estado revelándonos sus secretos. El pescado con patatas fritas y la taza de té –y también, por supuesto, la mierda de perro que acabamos de pisar– siempre han sido guiños del amado invitándonos a volver a casa.

Pero todo eso no se limita a ser una comprensión meramente intelectual. Bastaría, si tal fuera el caso, con que cambiásemos nuestros pensamientos de “no es esto” a “es esto” o de “no estoy despierto” a “estoy despierto”. Dentro del mundo onírico, sin embargo, puede resultar extraordinario cambiar de pensamientos. ¡es mucho mejor, si vamos a dormir, tener un sueño feliz! ¡Y también es mucho mejor, si vamos a soñar, pensar positivamente que pensar negativamente! ¿Por qué no piensas que estás despierto, en lugar de pensar que estás dormido? Dentro del mundo onírico el individuo puede hacer un millón de cosas diferentes con sus pensamientos y éstos, a su vez, pueden generar un millón de experiencias diferentes. Pero aquí vamos a hablar de algo que trasciende por completo todo eso, de algo que no puede ser capturado por ninguna fórmula creada por el pensamiento. “No hay nadie” y “hay alguien” son, de hecho, afirmaciones igualmente equivocadas. Y lo mismo podríamos decir con respecto a “hay elección” y “no hay elección”. Dentro del mundo del sueño, esos pares de opuestos emergen y se desvanecen simultáneamente. Pero ninguno de ellos puede llevarnos a donde realmente queremos ir, es decir, a nuestra propia ausencia.

 

 

Más allá de los opuestos de la crispación sobre uno mismo se encuentra la gracia, la sorpresa que siempre resplandece. Y sólo por ella, de hecho, la contracción en uno mismo parece manifestarse. El ser desempeña todos los papeles, incluido el papel de quien parece ignorar el ser. Ésa es la sorprendente revelación... una revelación que, no obstante, se despliega ante nadie.

La persona siempre ha estado, sin darse siquiera cuenta de ello, encarcelada dentro de su mundo. ¡e imaginaba erróneamente que, dentro de ese mundo, podía encontrar la libertad! Sin embargo, con la desaparición de la persona y de su mundo no queda nadie para ser encarcelado. Lo único que queda es lo que es. La nada siéndolo todo. Sólo esto... y aun eso sería decir demasiado.

Lo único que realmente podemos hacer es tratar de apuntar a esto lo más clara y sinceramente que podamos y utilizar las palabras para ir más allá de las palabras. Pero, en el mundo onírico, la discusión continúa en los siguientes términos:

«¡Mi maestro/mi enseñanza es mejor que el tuyo/la tuya!». «¡La maestra x es muy dualista, porque insiste en dar una práctica espiritual, lo que significa que todavía ve personas separadas!».
«El maestro Y enseña exclusivamente desde el intelecto!». «¡El maestro z utiliza la palabra "yo", lo que significa que no está liberado!».

¡Te sorprenderías de las veces que escucho este tipo de comentarios!

Es cierto que, en el mundo onírico, algunos de estos argumentos pueden tener cierta validez. Pero también lo es que, en el fondo, todos están equivocados, porque nadie puede enseñar esto. No hay personas iluminadas ni personas despiertas. Nadie ha alcanzado jamás la liberación, porque no hay personas. La persona es un espejismo. Nadie posee esta libertad.

Y esto es, precisamente, lo más hermoso. Estamos hablando de algo completamente libre, de algo que continuamente se halla frente a nosotros, de algo a lo que siempre tenemos un acceso incondicional. Y, cuando realmente escuchamos este mensaje, cuando la búsqueda se desvanece y la contracción en uno mismo se relaja, lo que estas palabras señalan se revela con una claridad absoluta y el juego “mi-enseñanza-o-mi- maestro-es-mejor-que tu-maestro-o-tu-enseñanza” se revela como lo que siempre fue, un juego intelectual, una batalla de egos, una distracción de lo que, para este personaje, siempre ha estado en el mismo corazón de este mensaje, el amor incondicional y su revelación y expresión.

Más allá de los inútiles intentos realizados por el personaje para transmitir y defender este mensaje, una intimidad que, pese a ser desmesurada, es completamente ordinaria, yace, desde el mismo comienzo, en segundo plano, susurrándonos quedamente que todo está bien y que no hay «nada que defender... nada que defender... nada que defender».