La función biológica del mito según Joseph Campbell

Reconocido estudioso de las mitologías y religiones en el mundo, Joseph Campbell se pregunta en este estimulante fragmento de su libro El vuelo del ganso salvaje por el funcionamiento de la mitología y su sentido para nuestra especie, con independencia del lugar geográfico en la que se origina.

¿Cómo funciona la mitología? ¿Por qué ha sido creada y es tan necesaria para nuestra especie? ¿Por qué es esencialmente la misma en todos los lugares? ¿Y por qué la destrucción de la mitología por parte del racionalismo aboca a la puerilidad?

Todas estas cuestiones hallan puntual respuesta en el momento en que abandonamos el método histórico (basado en rastrear los orígenes secundarios) y adoptamos el método biológico (característico de la práctica terapéutica del psicoanálisis), que considera al organismo primario en sí, a ese portador universal y forjador de la historia que es el organismo humano. Como afirma Róheim en su brillante ensayo monográfico The Origin and Function of Culture:

La característica más sobresaliente que diferencia al ser humano de sus parientes animales reside en los caracteres morfológicos infantiles del primero, en la prolongada duración de su infancia. Esta larga infancia es la que explica tanto el carácter traumático de las experiencias sexuales –que no parecen surtir el mismo efecto en nuestros primos los simios– como la misma existencia del complejo de Edipo, expresión parcial de un conflicto entre los objetos arcaico de amor y los actuales. Por último, los mecanismos de defensa deben también su existencia al hecho de que nuestro soma (Ego) es incluso más lento que el germa (Ello), de ahí que el ego inmaduro cree mecanismos de defensa que le protejan de las pulsiones libidinosas que no está preparado para afrontar.[1]

Como explica acertadamente Adolf Portmann, de Basel: «El ser humano es una criatura incompleta cuyo estilo de vida es el producto de un proceso histórico determinado por la tradición».[2] De este modo, es congénitamente dependiente de la sociedad y esta, a su vez, se halla orientada y deriva, al mismo tiempo, de la estructura psicosomática propia del ser humano. Esta estructura, asimismo, no se halla confinada a un determinado paisaje, no depende de un determinado potencial económico‐político, sino que se forja en el caldo de cultivo de una especie biológica ampliamente distribuida. Ya sea en los gélidos parajes de la Tierra de Baffin o en las junglas amazónicas, ya se trate de construir templos en Tailandia o cafeterías en París, «la cultura –como señala el doctor Róheim– se origina en una infancia extraordinariamente prolongada cuya función es la de proporcionar seguridad. La cultura constituye, pues, el gigantesco intento más o menos afortunado de proteger a la humanidad del peligro de la pérdida de objeto o, dicho de otro modo, el esfuerzo colosal llevado a cabo por un niño que teme quedarse solo en la oscuridad».[3] En este contexto, el potencial simbólico de los diferentes entornos es, al menos, tan importante como las diferencias económicas, y el simbolismo –que cumple con una función protectora del psiquismo– no menos indispensable que la nutrición del cuerpo. La sociedad, en tanto organismo protector, se convierte así en una «segunda matriz», una especie de placenta que preserva los estadios postnatales de la larga gestación por la que debe atravesar el ser humano (una gestación mucho más prolongada que la de cualquier otro mamífero).

Podríamos también apelar, en este sentido, a la imagen de la bolsa marsupial, que cumple igualmente con una función protectora que complementa el desarrollo intrauterino de muchas especies. La cría del canguro, por ejemplo, nace después de un período de gestación de apenas tres semanas, momento en el que no mide más que unos tres centímetros, está completamente ciega y carece de piel, tiene las patas de apoyo todavía sin desarrollar, pero sus manos son fuertes y están dotadas de uñas. William King Gregory, del American Museum of Natural History, describe el tenaz ascenso de estas pequeñas criaturas sirviéndose de sus brazos delanteros hasta el vientre de la madre, poco después de nacer, para introducirse en su bolsa, donde alcanza los pezones, hasta que logra aferrarse a uno de ellos. Entonces, la punta del pezón se expande dentro de la boca del recién nacido de modo que no puede soltarse. «Así pues, los marsupiales –concluye Gregory– se han especializado en un breve y prematuro desarrollo interno del embrión, cuya alimentación tiene lugar dentro de la bolsa marsupial, en la que completa su desarrollo, después del nacimiento, mientras permanece unido al pezón. Los mamíferos superiores o placentarios proporcionan a sus retoños un desarrollo intrauterino más completo y prolongado y un sistema de nutrición más flexible, que requiere una mayor participación de la madre».[4]

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Los marsupiales (canguros, bandicoots, wonbat, oposum, etcétera) representan el estadio intermedio entre los monotremas (el ornitorrinco, el hormiguero espinoso de Australia, etcétera, cuya progenie nace, al igual que los reptiles, de los huevos) y los mamíferos (roedores, antílopes, leopardos, gorilas, etcétera), cuyas crías ven la luz después de un período de gestación comparativamente largo en el interior de la madre (algo que solo es posible gracias a la placenta) y que, en el momento del nacimiento, se hallan ya casi preparadas para hacer frente a la vida. Biológicamente, el ser humano es un mamífero, pero su período de gestación resulta demasiado corto, más breve incluso que el de los marsupiales, porque, a diferencia de los escasos meses que necesita permanecer una cría de canguro en la bolsa marsupial de su madre, la cría del homo sapiens requiere años antes de poder recolectar su propia comida y veinte años, como mínimo, antes de poder parecer y comportarse como un adulto.

George Bernard Shaw se sirvió de esta anomalía en su fantasía biológica Back to Methuselah, en la que, a la manera nietzschiana, consideraba al ser humano como un puente hacia el superhombre. Mirando hacia un remoto futuro emplazado en el año 31920 d.C., Shaw nos muestra el nacimiento, a partir de un huevo gigantesco, de una hermosa muchacha, a la que, en el siglo XX, hubiéramos asignado una edad aproximada de diecisiete años.[5] La joven había permanecido creciendo en el interior del huevo durante un período de dos años; los primeros nueve meses –como en los nueve meses de gestación normal del embrión humano– recapitulaban la evolución biológica de la especie; a lo largo de los quince años siguientes, el organismo seguía madurando, lentamente pero con toda seguridad, hasta llegar a alcanzar la condición de un joven adulto. Cuatro años más, pasados entre compañeros de juego en una infancia que equivaldría a nuestros setenta años, finalizan cuando la mente de la muchacha experimenta un cambio y, repentinamente aburrida de jugar, se torna inteligente y se siente preparada para ejercer el mismo tipo de poder que, en manos de los niños, amenaza actualmente con destruir nuestro planeta.

El ser humano no alcanza la edad adulta hasta la veintena, aunque Shaw la ubicó a los setenta años de edad. Hasta ese momento, todo lo que ocurre en la sociedad tiene lugar dentro del huevo shawiano.

Róheim ha señalado que el problema del desarrollo y el crecimiento del ser humano constituye, independientemente del lugar en el que se produzca, una defensa contra los impulsos libidinosos que el ego inmaduro no está en condiciones de afrontar[6] y también ha analizado la curiosa «modalidad simbiótica de dominio de la realidad»,[7] que es el mismo forjador o creador de todas las sociedades humanas. «La naturaleza de nuestra especie –escribe Róheim– consiste en dominar la realidad sobre una base libidinosa y alumbrar una sociedad, un entorno, en el que esto y solo esto sea posible».[8] «El psiquismo, tal como lo conocemos, se halla constituido tanto por la introyección de objetos primarios (superego) como por el primer contacto con el entorno (ego). La misma cohesión de la sociedad depende de la proyección de estos objetos o conceptos primarios introyectados, seguida de una serie de posteriores introyecciones y proyecciones».[9] Esta apretada urdimbre entre fantasía colectiva y realidad exterior es lo que facilita la existencia de esa segunda placenta, de esa bolsa marsupial que llamamos sociedad. Por consiguiente, aunque el entorno de los seres humanos varíe considerablemente de un rincón a otro del planeta, todas sus manifestaciones rituales presentan una notable uniformidad. Y, aunque los estilos particulares impuestos por la moda, la nación, la raza o la clase social, por ejemplo, difieran claramente entre sí, aquello que James Joyce denominaba «todo lo que es grave y constante en el sufrimiento humano»[10] permanece constante, atrayendo inevitablemente a la mente los rituales de nacimiento, pubertad, matrimonio, muerte, establecimiento e iniciación, vinculándolos a los misterios de la eterna recurrencia y la maduración psicológica del ser humano. De este modo, el individuo no solo se desarrolla como miembro de un determinado grupo social, sino también como ser humano.


Notas:

Róheim, op. cit., p. 17.

  1. Adolf Portmann, «Das Ursprungsproblem», Eranos-Jahrbuch 1947 (Zúrich:

    Rhein‐Verlag, 1948), p. 27.

  2. Róheim, op. cit., p. 100.

  3. William King Gregory, «Marsupialia», Encyclopaedia Britannica, 14.a edición,

    XIV, pp. 975‐976.

  4. George Bernard Shaw, Back to Methuselah (Nueva York: Brentano’s, 1921), pp.

    235 y ss.

  5. Róheim, op. cit., p. 17.

  6. Ibid., p. 81.

  7. Ibid.

  8. Ibid., p. 82.

  9. James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man (Nueva York: The Viking

    Press, 1964 ed.), p. 204. [Hay traducción castellana con el título Retrato del

    artista adolescente. Madrid: Alianza Editorial, 1987].