¿Están las mentes confinadas en los cerebros?

Rupert Sheldrake, escritor, bioquímico y biólogo, desafía la «perspectiva científica» y sus grandes dogmas en su libro El espejismo de la ciencia.

El espejismo de la ciencia cuestiona abiertamente el materialismo y su mayor tesis que afirma que toda realidad es material o física. Según Sheldrake, entre otros problemas del materialismo, la distinción entre «cerebro» y «mente» pone en entredicho sus postulados.

El materialismo es la doctrina en la que solo la materia es real. Por tanto, las mentes están en los cerebros, y la actividad mental no es más que actividad cerebral. Este supuesto entra en conflicto con nuestra propia experiencia. Cuando vemos un mirlo, vemos un mirlo; no experimentamos cambios eléctricos complejos en nuestros cerebros. Pero la mayoría de nosotros ha aceptado la teoría de la mente-dentro-del-cerebro incluso antes de tener oportunidad de cuestionarla. La damos por sentada desde la infancia porque parecía estar apoyada por la autoridad de la ciencia y del sistema educativo.

En su estudio del desarrollo intelectual de los niños, el psicólogo suizo Jean Piaget determinó que antes de los 10 u 11 años, los niños europeos debían considerarse seres humanos “primitivos”, pues no sabían que la mente estaba confinada en su cabeza; creían que se extendía por el mundo, a su alrededor. Pero a la edad de 11 años la mayoría había asimilado lo que Piaget llamó la opinión correcta: «Imágenes y pensamientos se sitúan en la cabeza»[1].

Las personas instruidas rara vez cuestionan esta opinión «científicamente correcta» en público, quizá porque no quieren que los demás los consideren estúpidos, infantiles o primitivos. Sin embargo, la opinión «correcta» entra en conflicto con nuestras experiencias más inmediatas cada vez que miramos a nuestro alrededor. Observamos cosas fuera de nuestros cuerpos; no experimentamos imágenes dentro de nuestras cabezas.

La teoría materialista ha dominado la psicología académica durante la mayor parte del siglo xx. La escuela conductista, largo tiempo dominante, negó explícitamente la realidad de la consciencia. En 1953, el conductista estadounidense por excelencia, B.F. Skinner, proclamó que la mente y la consciencia eran entidades no existentes «inventadas con el único propósito de ofrecer explicaciones espurias [...]. Desde que se afirma que los acontecimientos psíquicos o mentales carecen de las dimensiones de la ciencia física, tenemos razones adicionales para rechazarlos»[2]. Como examinamos en el capítulo 4, una similar negación de la experiencia consciente aún la defienden filósofos contemporáneos de la escuela conocida como “materialismo eliminativo”. Paul Churchland, por ejemplo, asevera que los estados mentales subjetivamente experimentados deberían considerarse como no existentes porque las descripciones de tales estados no pueden reducirse al lenguaje de las neurociencias[3].

Asimismo, muchos científicos eminentes no conciben la actividad consciente sino como la experiencia subjetiva de la actividad cerebral (véase el capítulo 4). Francis Crick la llamó la Hipótesis Asombrosa:

«Tú, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y tus ambiciones, tu sentido de la identidad personal y del libre albedrío, no eres sino el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y sus moléculas asociadas [...]. Esta hipótesis es tan ajena a las ideas de la mayoría de la gente viva hoy en día que realmente podemos calificarla de asombrosa»[4].

Esta es, ciertamente, una afirmación asombrosa. Pero en la ciencia institucional es un lugar común. Crick no era revolucionario: habló para la corriente dominante. Susan Greenfield, una influyente neurocientífica, observó un cerebro al descubierto durante una operación y reflexionó así: «Esto es todo lo que era Sarah, y de hecho cualquiera de nosotros [...]. No somos más que cerebros fangosos y... de algún modo la personalidad y la mente se generan en ese turbio amasijo»[5].

 

La alternativa tradicional al materialismo es el dualismo, la doctrina de que la mente y el cerebro son radicalmente diferentes: la mente es inmaterial y el cerebro material; la mente está fuera del espacio y el tiempo, la materia está dentro del espacio y el tiempo. El dualismo se ajusta mejor a nuestra experiencia, pero no tiene sentido en términos de ciencia mecanicista, razón por la que los materialistas lo rechazan con tanta vehemencia (véase el capítulo 4 de El espejismo de la ciencia).

No tenemos por qué permanecer atrapados en la contradicción materialista-dualista. Hay una forma de salir de ella: una teoría de campos para las mentes.

—Rupert Sheldrake

Estamos acostumbrados a que los campos existan tanto dentro como fuera de los objetos materiales. El campo de un imán está dentro y también se extiende más allá de su superficie. El campo gravitatorio de la Tierra está dentro de la Tierra y también se proyecta más allá, lo que mantiene a la Luna en su órbita. El campo electromagnético de un teléfono móvil está dentro y se extiende a su alrededor. En este capítulo sugiero que los campos mentales están dentro de los cerebros y se extienden más allá de ellos.

 

Mentes extendidas

Si seguimos a Francis Crick y tratamos el materialismo como una hipótesis y no como un dogma filosófico, debería ser verificable. Como le gustaba decir a Carl Sagan:

«Las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias».

¿Dónde están las evidencias extraordinarias para la afirmación materialista de que la mente no es más que la actividad del cerebro? 

Hay muy pocas. Nadie ha visto nunca una imagen o un pensamiento dentro del cerebro de otra persona o del suyo propio[6]. Cuando observamos a nuestro alrededor, las imágenes de las cosas que vemos están fuera, no en nuestra cabeza. Las experiencias de nuestros cuerpos están en nuestros cuerpos. Las sensaciones de mis dedos están en mis dedos, no en mi cabeza. La experiencia directa no ofrece apoyo a la extraordinaria afirmación de que todas las experiencias se dan en el interior del cerebro.

«La experiencia directa no es irrelevante para la naturaleza de la consciencia: es la consciencia

—Rupert Sheldrake

 

Las mentes extendidas están implícitas en nuestro lenguaje. Las palabras «atención» e «intención» proceden de la raíz latina tendere, «tender», como en «tenso» y «tensión». «Atención» es ad + tendere, «tender hacia»; «intención», in + tendere, «tender dentro de».

 

Notas

[1] Piaget (1973), pág. 280.

[2] Wallace (2000), págs. 28-9.

[3] Ibíd., pág. 49.

[4] Crick (1994), pág. 3.

[5] Greenfield (2000), págs. 12-15.

[6] El neurólogo Wilder Penfield descubrió que podía evocar destellos vívidos de la memoria estimulando la corteza cerebral de los pacientes durante operaciones del cerebro, pero aunque esta estimulación sus- citaba recuerdos, no creía que estuvieran localizados en la parte estimulada, y concluyó que «la memoria no está en la corteza» (Penfield, 1975).