Una meditación guiada de Jon Kabat-Zinn sobre la bondad amorosa

La práctica formal de la bondad amorosa puede llevarse a cabo en una postura sedente, yacente o erguida, y sus beneficios son múltiples, como lograr comprender la naturaleza de sentimientos como la ira o la tristeza y extinguirlos paulatinamente. En su libro Despertar, Jon Kabat-Zinn describe la práctica de la bondad amorosa junto a la gran diversidad de prácticas de mindfulness.

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La bondad amorosa, metta, en pali, es, junto a la práctica de la compasión, la alegría desinteresada y la ecuanimidad, una de las cuatro prácticas fundamentales enseñadas por el Buda a las que globalmente se conoce como las moradas sagradas o divinas.

Todas ellas son, en sí mismas, prácticas rigurosas de meditación empleadas para el cultivo del samadhi, es decir, de la atención unidireccional de la que emergen los poderes de las cualidades evocadas que transfiguran nuestro corazón. Pero la esencia de todas ellas resulta accesible y se halla contenida en las mencionadas prácticas atencionales.

Aun así, el simple hecho de nombrar estas cualidades del corazón y de explicitar el papel que desempeñan puede ayudarnos a reconocerlas cuando se presenten de forma espontánea durante la práctica del mindfulness e inclinar hacia ellas nuestro corazón y nuestra atención, sobre todo en las situaciones difíciles. De hecho, estas prácticas pueden, en ocasiones, servir de antídoto y medio hábil para contrarrestar estados mentales como la ira que, cuando nuestra práctica no se halla lo bastante desarrollada, pueden ser demasiado intensos como para observarlos directamente.

En tales ocasiones, la práctica formal de la bondad amorosa puede ayudarnos a afrontar estados mentales muy difíciles y aflictivos sin sucumbir ante ellos. En sí misma, la práctica de la observación directa nos permite abordar cualquier estado mental, por más aflictivo y dañino que pueda ser y, al verlo y conocerlo con una presencia abierta, no reactiva y no enjuiciadora, nos permite asimismo entender la naturaleza de la ira, de la tristeza o de lo que sea. Y es que, cuando abrazamos y conocemos de ese modo la naturaleza de esas emociones, se atenúa, como ya hemos dicho, su poder hasta acabar evaporándose y desvaneciéndose, como cuando tocamos una burbuja de jabón con la punta de los dedos o cuando escribimos sobre el agua.

La bondad amorosa es, precisamente, lo que emerge de manera natural y sin ser invitada de ese amplio espacio silencioso, porque siempre se halla ahí.

Durante la enseñanza y la práctica formal de la meditación de la bondad amorosa, no me limito a las frases que tradicionalmente se emplean para evocarla, sino que también apelo a imágenes y subrayo su sensación directa e inmediata. Lo que sigue es una meditación guiada sobre la bondad amorosa que podemos explorar siempre que queramos, incluso ahora.

Una meditación guiada sobre la bondad amorosa

Mientras permanece en una postura sedente, yacente o erguida, preste atención a la respiración y al cuerpo durante una respiración completa. Luego descanse ahí durante un tiempo hasta que pueda cabalgar de manera relativamente estable e instante tras instante al ritmo de las olas de la respiración.

Cuando se haya asentado en el flujo de la respiración, visualice a alguien que le ame o a quien ame de manera incondicional. Evoque y entréguese al sentimiento de amor y bondad desinteresados que experimente por esa persona y sienta el campo del amor que les une. Respire con estos sentimientos y déjese bañar por ellos, descansando en el campo de ese abrazo sincero que le acepta tal cual es. Advierta que no tiene que hacer nada en especial para ser digno o merecedor de amor, porque ya es amado y aceptado tal cual es. Poco importa que no se sienta especialmente merecedor de ese amor, porque eso es irrelevante, lo que realmente importa es que usted fue o es amado por lo que ahora es y por lo que siempre ha sido. Ese es, en realidad, un amor incondicional.

Permita que todo su ser se impregne de esos sentimientos, déjese acunar por ellos y déjese también mecer instante tras instante por el movimiento rítmico de los latidos de su corazón y por la cadencia oscilante de su respiración, sostenido y bañado por ese campo amable y bondadoso, con una aceptación total de lo que fue o es y descanse en ese sentimiento durante el tiempo que desee o durante el tiempo que dure.

Y, en el caso de que sea incapaz de evocar o invocar en su recuerdo la presencia de esa persona, trate de imaginar a alguien que le ama de ese modo. Eso también funciona.

Pregúntese luego, cuando se sienta preparado para ello, si usted puede convertirse en la fuente y el receptor de esos mismos sentimientos o, dicho en otras palabras, asuma que esos sentimientos no son de otra persona, sino suyos. Conecte con el latido rítmico de su corazón y acune en él, más allá de todo juicio, los sentimientos de amor, bondad y aceptación de sí, gozando de la sensación de bondad con la misma actitud con la que una madre abraza a su hijo, pero con la salvedad de que, en este caso, usted es simultáneamente la madre y el hijo. Descanse en esos sentimientos y súmase en la aceptación y valoración amable de sí mismo tal como es. El simple hecho de descansar de forma natural y sin forzamiento alguno en esos sentimientos constituye un bálsamo para toda la negatividad, autocrítica y odio hacia uno mismo que yacen ocultas bajo la superficie de nuestro psiquismo.

Murmure ahora internamente, mientras descansa en ese campo de bondad, en ese abrazo bondadoso, las siguientes frases o escuche cómo se las susurra el viento, el aire, la respiración o el mundo:

Pueda sentirme seguro, protegido y libre de todo daño interno

y externo.

Pueda ser feliz y estar satisfecho.

Pueda estar todo lo sano y pleno que sea posible.

Pueda experimentar la paz del despertar...

Quizás, al comienzo, le parezca artificial decirse o incluso pensar este tipo de cosas. ¿Quién es, después de todo, el «yo» que desea todas esas cosas? ¿Y quién es, por otro lado, el «yo» destinatario de esos deseos? Finalmente, ambos «yoes» se desvanecen en la sensación de estar, en este instante, seguro y liberado del daño, en la sensación de ser, en este instante, feliz y de estar satisfecho, en la sensación de estar, en este instante, completo (puesto que siempre somos ya completos), en la sensación de descansar relajadamente, en este instante, en el bienestar, lejos del malestar y fragmentación que solemos experimentar. Esta sensación es la esencia misma de la bondad amorosa.

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Pero ¿por qué, si se trata de una práctica desinteresada, se nos invita a centrar la atención en nosotros mismos, en nuestras sensaciones de seguridad, bienestar y felicidad? Porque, en última instancia, nosotros no estamos separados del universo que nos dio origen y somos, en consecuencia, un objeto tan digno de bondad como cualquier otro. Mal podría, en suma, nuestra bondad, ser amorosa y amable si no nos incluyera a nosotros mismos. Pero tampoco es necesario, al mismo tiempo, que nos preocupemos por ello, porque el campo de la bondad es infinito y no se limita a nosotros.

De hecho, conviene considerar la práctica de la bondad, tal como la hemos descrito hasta ahora, como una forma de afinar su instrumento antes de empezar a usarlo. En tal caso, el hecho de afinar el instrumento no es, en sí mismo, un medio para conseguir un fin, sino un gran acto de amor y de bondad.

Pero la práctica no concluye aquí...

Cuando haya establecido en torno a usted un campo relativamente estable de bondad amorosa y después de haber experimentado durante un tiempo la sensación de sentirse sostenido, acunado y mecido en su abrazo, puede expandir de forma voluntaria el campo del corazón del mismo modo en que, durante la práctica del mindfulness, ha aprendido a expandir el campo de conciencia. En tal caso, puede ampliar el campo de bondad que rodea su corazón y su ser hasta que ese abrazo incluya, ya sea de manera individual o colectiva, a otros seres. Hay que decir que esto no siempre resulta sencillo y que, por ello mismo, conviene empezar con una persona hacia la que albergue sentimientos amorosos de manera natural.

Así pues, una vez que esté preparado para ello, evoque con el ojo de la mente y de su corazón, el sentimiento o la imagen de una persona emocionalmente cercana por la que experimente un gran afecto. ¿Puede contemplar a esa persona en su corazón con la misma actitud bondadosa que, en el ejercicio anterior, dirigió hacia sí mismo? Independientemente de que se trate de un hijo, de un padre, de un hermano, de una hermana, de un abuelo, de un pariente cercano o distante, de un amigo íntimo o de un vecino al que aprecie mucho, ya sea individual o colectivamente, respire con él o con ellos en su corazón, manténgalos ahí y visualícelos de la forma más nítida que pueda (aunque la eficacia del ejercicio no necesariamente depende de la claridad de la visualización) deseándoles lo mejor:

Puedan ella o él sentirse seguros, protegidos y libres de todo

daño interno y externo.

Puedan ella o él ser felices y estar satisfechos.

Puedan ella o él estar todo lo sanos y plenos que sea posible.

Puedan ella o él experimentar la paz del despertar...

Pero tampoco es necesario que nos detengamos aquí. ¿Por qué no incluir también, en el campo de la bondad amorosa, a la Tierra entera? ¿Por qué no abrazar la Tierra, que es nuestra casa, un organismo por derecho propio que, en cierto modo, es un cuerpo que se ve desequilibrado por nuestras acciones, conscientes e inconscientes en formas que amenazan la vida que alienta y las inteligencias que se hallan sumidas en todos los aspectos de esa vida animal, vegetal y mineral que tan inconsútilmente interactúa en el mundo natural?

Bien podemos, pues, expandir el campo del corazón amoroso, el campo de nuestra bondad, hasta llegar a incluir la totalidad del planeta y, más allá de él, la totalidad de un universo en el que el sol no es más que un átomo y nosotros... mucho menos que un quark.

Puedan nuestro planeta y la totalidad del universo sentirse

seguros, protegidos y libres de todo daño interno y externo.

Puedan nuestro planeta y la totalidad del universo estar felices

y satisfechos.

Puedan nuestro planeta y la totalidad del universo estar todo lo

sanos y plenos que sea posible.

Puedan nuestro planeta y la totalidad del universo experimentar

la paz del despertar...

¿Por qué no desear, por más absurdo o incluso animista que pueda parecer, la felicidad del planeta y del universo entero? Lo más importante, a fin de cuentas, tanto si hablamos de personas con las que no nos llevamos bien como si nos referimos al conjunto del universo, es que nuestro corazón se incline más hacia la inclusión que hacia la separación.

Sean cuales sean, en última instancia, las consecuencias para los demás, para el planeta, para el universo o para cualquier otro nivel intermedio, la predisposición a expandirnos, literal o metafóricamente y a ensanchar el alcance de nuestro corazón, acarrea consecuencias muy profundas para nuestra vida y para nuestra capacidad para vivir en el mundo de un modo que encarne la sabiduría, la compasión, la bondad y la ecuanimidad y que exprese, en última instancia, la alegría que conlleva la liberación de todo condicionamiento de la mente y del corazón y del sufrimiento generado por dicho condicionamiento.

Practicar la meditación de la bondad amorosa significa practicar la liberación del corazón aquí, ahora y siempre. No lo dude, el mundo entero se beneficiará y se verá entonces purificado aun cuando solo haya una persona que aliente este tipo de intenciones. De este modo, la apertura y la predisposición a abandonar todo resentimiento, por más justificado que en un principio nos parezca, van transformando lentamente la estructura interrelacionada de la realidad y la red de la vida.

La perseverancia que nos adentra en los rincones más profundos de nuestro corazón, por su parte, permite que nosotros, que hemos salido de la tierra, de la corriente de la humanidad y del universo,[1] nos veamos bendecidos, purificados y completados por la generosidad manifiesta de un corazón que, por unos momentos al menos, no está dispuesto a albergar rencor y mala fe. Por ello, quienes deciden practicar la bondad amorosa, ya sea de manera formal o informal, y aunque solo sea por un breve periodo de tiempo, son los primeros beneficiados.

Notas:

  1. No olvidemos que los mismos átomos de nuestros cuerpos fueron forjados en la explosión de supernovas y, en el caso del hidrógeno, inmediatamente después del big bang, hace aproximadamente 13.700 millones de años, una vez que las condiciones imperantes permitieron su formación.

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