¿Qué ocurre con las emociones positivas y el sistema de recompensa de nuestro cerebro?

Detrás de aquello que nos hace sentir gratificados o que genera algo positivo en nuestra sensación de bienestar existe un mecanismo cerebral estudiado por la ciencia. Conocerlo puede darnos más herramientas para fortalecerlo o, al contrario, para ser conscientes de cómo podemos evitar que juegue a nuestra contra.

Además de sugerir prácticas mindfulness, la doctora en neurociencias Karolien Notebaert y el reconocido coach Peter Creutzfeldt desgranan en Mindfulness para mejorar el rendimiento múltiples claves para comprender el funcionamiento de nuestro cerebro. En este fragmento del libro aprendemos cómo surgen las emociones positivas a través del sistema de recompensa y cómo, con ello, pueden generarse hábitos o, en el peor de los casos, adicciones.

¿Por qué tenemos emociones positivas? ¿Cómo nos ha empujado a sobrevivir la experiencia de emociones positivas? El sistema de recompensa tiene una función fundamental en nuestra supervivencia. La parte de nuestro cerebro responsable de proporcionarnos la sensación de recompensa es el núcleo accumbens, una parte del ventral estriado.

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El núcleo accumbens tiene una función destacada en el placer, incluyendo la risa, la recompensa y el aprendizaje a través de la recompensa. Esta parte del cerebro segrega dopamina, que hace que nos sintamos bien, y se activa cuando comemos y cuando tenemos relaciones sexuales, teniendo ambas cosas una importancia capital para la supervivencia de la humanidad.

Son reacciones innatas desde el núcleo accumbens que han desempeñado una función importante en nuestra supervivencia. Sin embargo, en el transcurso de la vida, el núcleo accumbens también ha aprendido a activarse con otros estímulos, como, por ejemplo, el dinero. Cuando le damos dinero a un niño, el núcleo accumbens no se activará mientras el niño no aprenda el sentido de recompensa inherente al dinero. Y, a la inversa, si un adulto recibe dinero, esto provocará una activación del núcleo accumbens, que hace que esa persona sienta una sensación de recompensa. De manera parecida, el núcleo accumbens también se activa bebiendo alcohol, comiendo o simplemente viendo chocolate, mirando el móvil o viendo nuestros correos electrónicos.

Cuantas más veces se asocien estas actividades a la activación de esta parte del cerebro, más difícil será deshacerse de ellas o «controlarlas» debido al placer que proporcionan. Además, cualquier indicio relacionado con estas actividades empezará a pre‐activar el sistema de recompensas, dificultando que nos abstengamos de realizar esas actividades. Cuando volvemos a casa del trabajo, es probable que notemos que nos sentimos bien y relajados al tomar una copa de vino, porque activa nuestro sistema de recompensa.

Si repetimos varias veces este comportamiento, se puede convertir en un hábito: llegas a casa del trabajo, te quitas el abrigo y los zapatos, entras en la cocina y abres una botella de vino. La necesidad de relajarte y tomar una copa de vino después de una jornada laboral cada vez se vuelve más difícil de resistir. ¿Qué está pasando? Las primeras veces que tomaste una copa de vino después de trabajar lo asociabas a la sensación de que por fin podías relajarte escuchando una música de fondo agradable o viendo una buena serie de televisión.

Cuando te expones a estas asociaciones de felicidad varias veces, tu sistema de recompensa «aprende» que volver a casa del trabajo, descansar en el sillón y ver una serie de televisión van acompañados de un buen regalo: una copa de vino. Por tanto, al cabo de un tiempo, tu sistema de recompensa se activa simplemente con el pensamiento o la presencia de todo este contexto, es decir, llegar a casa, quitarte el abrigo y los zapatos... El contexto es la señal de que vas a recibir una recompensa. La pre‐activación de tu sistema de recompensa hace que desees aún más tu copa de vino, y por eso te resulta más difícil resistirte. Como podrás suponer, esta parte del cerebro desempeña un papel importante en las adicciones. Aparte de este mecanismo más evidente de supervivencia, las investigaciones recientes han demostrado que tener más emociones positivas generales nos permite acumular recursos. Experimentar emociones positivas nos convierte en una versión de nosotros mismos más resistente y con más recursos, que nos ayuda a afrontar las amenazas y los desafíos futuros.