Habitar el presente desde el mindfulness, por Jon Kabat-Zinn

Con frecuencia vivimos entre las reminiscencias del pasado —de aquello que fue o nos hubiese gustado que fuese— y las expectativas o temores que nos infligen los tiempos futuros. Entre ambos tiempos, afirma Jon Kabat-Zinn en Despertar, solo hay una cosa que realmente habitamos y que tiene todo el potencial imaginable: el momento presente. En este iluminador fragmento del libro, el padre del mindfulness reflexiona sobre la importancia de este presente continuo y nos alienta a captarlo y vivirlo para que no se nos escurra entre nuestras cavilaciones cotidianas.

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El tiempo discurre y pasa, pero nosotros seguimos sin saber lo que es y, si nos preguntamos qué es el tiempo, solo hay una posible respuesta –una respuesta que configura el momento– sin importar lo que al respecto diga el Big Ben, el despertador, el reloj de pulsera o el Gran Cañón del Colorado. Pero ¿sabe el lector de qué estoy hablando? Se trata, obviamente, de nuevo, del presente.

Basta con una breve reflexión para darnos cuenta de que solo podemos vivir en el presente. Pero esa conclusión, que parece tan evidente y trivial, resulta muy difícil de asumir y, para llegar a comprenderla de forma plena, debemos zambullirnos en las profundidades del psiquismo y en la fuente del corazón.

No hay más tiempo que el ahora. Contrariamente a lo que pensamos, nosotros no «vamos» de un lugar a otro y, en consecuencia, en ningún momento seremos más ricos que en este. Aunque podamos creer que un momento futuro será más o menos agradable que este, en verdad no podemos saberlo. Sea lo que sea lo que el futuro nos depare, no tendrá nada que ver con lo que esperamos o pensamos y, cuando llegue, será también un ahora, un momento que podremos olvidar con la misma fragilidad que olvidaremos este y que, en consecuencia, también se hallará de continuo sujeto al cambio y a todas las causas y condiciones que, en un momento anterior, le dieron origen.

Independientemente de quiénes seamos, de dónde vayamos, de lo que ocurra, del tiempo y de lo que diga el calendario, solo podemos vivir en el momento presente.

No estaría de más por tanto que, mientras todavía podemos hacerlo, aprendiésemos el modo de hacer el mejor uso posible de los momentos de que dispongamos. Pero, para ello, será necesario que nos esforcemos en prestar atención al momento presente, porque es muy fugaz y resulta muy sencillo quedarse atrapados en los paisajes sensoriales y mentales, y obsesionarnos con sus diversos habitantes y energías, desconectados de nosotros mismos, de los demás y del mundo. Podemos dar vueltas y más vueltas en torno al futuro, podemos renegar de nuestro pasado, podemos pensar que las cosas funcionarán bien el día en que ocurra tal cosa o no ocurra tal otra. Pero todo ello, por más cierto que, en una medida u otra, pueda ser, solo nos lleva a malgastar nuestra vida.

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Podríamos considerar esta forma de actuar como una especie de gran evasión porque, en nuestro desesperado intento de escapar, nos alejamos de los paisajes sensorial, mental y del momento presente. Eso es lo que con demasiada frecuencia solemos hacer cuando las cosas nos desagradan..., y también, por más paradójico que parezca, cuando nos gustan. Por ello, o bien aprendemos a permanecer y habitar en los paisajes internos y externos de la mente, del cuerpo y del mundo, o nos lanzamos de cabeza a la gran evasión y olvidamos algo que jamás deberíamos olvidar, a saber, que nuestra vida, tal como es, nunca deja de ofrecernos, aun en los momentos más difíciles, un amplio abanico de sorprendentes oportunidades.

Los sentidos y la mente pueden ayudarnos a despertar, pero también pueden adormecernos. Los sentidos solo se despliegan en el momento presente, pero, en un instante, pueden catapultarnos al recuerdo (y llevarnos así a obsesionarnos inútilmente por el pasado, por lo que sucedió o no sucedió y por el modo en que todo eso nos afecta ahora) o a la anticipación (y obsesionarnos por el futuro y la planificación de un ahora mejor), cuando bastaría con soltarnos y ser quienes en verdad somos..., pero, curiosamente, parece que nunca tengamos tiempo para ser.

Durante todo este proceso, el ahora –el único tiempo del que realmente disponemos– puede tornarse tan escuálido que ni siquiera lo vemos, lo sentimos ni lo conocemos y, por ello mismo, se nos escapa como el agua que tratamos de atrapar con nuestras manos. Solo el mindfulness puede reconstruirlo y devolvérnoslo porque, en realidad, la atención y el presente son lo mismo.

Nosotros y el paisaje del ahora nunca somos dos y estamos siempre aquí. Pero esa es una realidad imposible de sondear a través del pensamiento, porque este desnaturaliza su dimensión experiencial, que solo puede ser sentida y vivida. El presente, dicho de otro modo, no puede reducirse al pensamiento, porque no puede reducirse a nada. El ahora es fundamental y lo mismo ocurre con cada uno de nosotros.

Con ello no quiero decir que no podamos ni debamos preocuparnos por el futuro ni que no debamos esforzarnos en conseguir un cambio social necesario, un mayor equilibrio ecológico y un mundo más pacífico para todos los seres humanos. Tampoco quiero decir que debamos tornarnos indiferentes y no esforzarnos en alcanzar nuestros objetivos y llegar a realizar nuestras visiones y nuestros sueños. Y tampoco significa, por último, que no podamos seguir aprendiendo, creciendo, sanando y movilizando nuestra imaginación creativa y nuestras energías en nuestro beneficio y felicidad, así como también en beneficio de los demás a través del trabajo y del cultivo de una vida amorosa. Lo único que quiero decir es que, si realmente queremos un futuro diferente, ya sea a escala nacional, internacional, social o geopolítica o simplemente mejorar nuestra propia situación vital o lograr lo que más necesitamos, solo hay un tiempo en que podemos influir en el futuro. Y ese tiempo es ahora.

El ahora, en última instancia, es ya el futuro que se halla presente aquí mismo. El ahora es el futuro de todos aquellos momentos que le precedieron. Recordemos cuando éramos niños, adolescentes, jóvenes o cualquier otro momento pasado. Este es el futuro de ese momento. Lo que tanto esperábamos ya ha llegado y ya somos nosotros, aquí y ahora mismo. Somos eso.

¿No nos gusta? ¿A quién no le gusta? ¿Quién está pensando todo eso? ¿Y quién quiere, a fin de cuentas, que «nosotros» cambiemos y seamos mejores? ¿No es eso, acaso, también nosotros? ¡Despertemos! Esto es todo y ya está aquí.

Pero –y este es un gran pero–, ¿sabemos quiénes somos plenamente, ahora mismo, en este mismo instante? Esta es la gran cuestión. Justo de eso trata el mindfulness, porque el mindfulness es la capacidad de vivir en el presente en todo momento. Es un despertar que nos ubica más allá de la atracción y del rechazo, más allá de lo que nos gusta y de lo que nos desagrada, más allá de los hábitos emocionales y de las pautas mentales destructivas que parecen incuestionables, independientemente de lo importante que sea el asunto que tengamos entre manos e independientemente también de lo insuperables que parezcan los obstáculos. Imagine lo que supondría trabajar en y por el mundo desde una posición tan ventajosa y con ese tipo de perspectiva. Esa podría ser una empresa de verdad noble una empresa que podríamos proponernos y encarnar prácticamente en el mundo ahora mismo, aquí mismo, hoy mismo.

Cada momento del ahora nos brinda lo que bien podríamos llamar una ocasión crítica. Ignoramos lo que ocurrirá dentro de un instante. El presente está preñado de posibilidades. Independientemente de lo que hagamos, digamos o experimentemos, el momento siguiente dependerá de nuestra presencia mental y será diferente de cómo habría sido de no haber prestado atención y de habernos quedado atrapados en alguno de los remolinos de la mente, del cuerpo o del paisaje mental. Si cuidamos ahora ese futuro, cuando lleguemos a él también estaremos presentes. Pero el único modo de hacerlo consiste en cuidar del futuro de todos los momentos y esfuerzos pasados (es decir, el momento presente) y el único modo de hacerlo consiste en reconocer que cada momento es una ocasión crítica en la que se asienta el modo en que se desarrollará el mundo, su mundo y su vida. El mejor modo de cuidar del futuro, pues, consiste en cultivar adecuadamente el presente.

Y el incentivo para ello consiste en actuar con integridad, presencia, bondad y compasión, tanto hacia nosotros mismos como hacia los demás. Llegar, en el futuro, a algún lugar más deseable no es más que una ilusión, porque el lugar en que se encuentre es el único lugar que en verdad existe.

Merecería, pues, la pena que nos ejercitásemos en permanecer presentes. De eso, precisamente, trata la práctica de la meditación formal de la que vamos a ocuparnos en la segunda parte del libro Despertar.