La empatía es uno de los grandes efectos positivos del entrenamiento de tu mente según Daniel Goleman

Para poder realizar estudios y pruebas cuyos resultados sean fiables y significativos, las investigaciones científicas necesitan, por encima de todo, tiempo. En el caso del estudio de los beneficios de la meditación en nuestro cuerpo y cerebro, las décadas de investigación previas comienzan a mostrar los efectos a largo plazo de cómo cambian nuestro cerebro, mente y cuerpo al meditar. 

Además, los estudios más recientes cuentan ahora con los avances en paralelo de la tecnología científica que, aplicados a la neurociencia, dibujan con mayor detalle y mejor precisión cómo la práctica de la meditación modifica y reestructura nuestro cerebro. Los investigadores Daniel Goleman y Richard J. Davidson han dedicado toda su vida a los estudios y la divulgación de vanguardia en este campo y ofrecen en su nuevo libro Los beneficios de la meditación las conclusiones y los descubrimientos de las mejores investigaciones realizadas en la materia hasta la fecha. El desarrollo de la empatía es uno de los múltiples hallazgos explicados y comentados en el libro.  

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En función del tipo de entrenamiento mental realizado el cerebro se movilizará hacia un sentido u otro. En el caso de la práctica de la compasión, aumenta el volumen de la amígdala, mientras que la concentración de la atención en algo como la respiración lo disminuye. Las distintas prácticas también enseñan a los meditadores a cambiar la relación que establecen con sus emociones.

Los circuitos de la amígdala se activan cuando nos vemos expuestos a alguien que está experimentando una fuerte emoción negativa (como, por ejemplo, el miedo o la ira). Y, dado que la amígdala actúa como una especie de radar neuronal que detecta la relevancia de lo que estamos experimentando, la señal de la amígdala alerta al cerebro de que está ocurriendo algo importante. Si lo que ocurre parece urgente, como una mujer gritando de miedo, las muchas conexiones de la amígdala le permiten reclutar otros circuitos para responder.

Entretanto, la ínsula utiliza sus conexiones con órganos corporales (como el corazón, por ejemplo) con el fin de preparar el cuerpo para un compromiso activo (aumentando, por ejemplo, el flujo de sangre a los músculos). Y, cuando el cerebro ha preparado el cuerpo para responder:

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«Es más probable que las personas que han meditado sobre la compasión actúen para ayudar a los demás.»

 

 

 

 

¿Cuánto duran, por otro lado, los efectos del entrenamiento mental en la compasión? ¿Se trata de un estado provisional o de un rasgo duradero? Siete años después de haber finalizado un retiro de tres meses, Cliff Saron volvió a entrevistarse con los participantes[1]. Y entonces descubrió algo sorprendente en aquellos que, durante e inmediatamente después del retiro, fueron capaces de mantener la atención ante imágenes perturbadoras de sufrimiento, una medida psicofisiológica de la aceptación en franca oposición a la evitación de la mirada y la expresión de disgusto que encontró en los demás (característica de la respuesta de las personas en general).

Los que no evitaban la mirada, sino que asumían ese sufrimiento eran, 7 años después, más capaces de recordar esas imágenes concretas. En la ciencia cognitiva, tal memoria indica un cerebro capaz de resistirse al secuestro emocional, asumir más plenamente esa imagen, recordarla mejor y, presumiblemente, actuar.

 

A diferencia de otros beneficios de la meditación que aparecen gradualmente —como una recuperación más rápida del estrés—, la mejora de la compasión llega con mayor rapidez. Sospechamos que el cultivo de la compasión puede servirse de esa «predisposición biológica», la tendencia programada a aprender una determinada habilidad como la que afecta, por ejemplo, a la rapidez con la que los niños aprenden a hablar.

 

«El cerebro parece, del mismo modo, predispuesto a amar.»

Esto parece deberse a los circuitos cerebrales asociados al cuidado que compartimos con todos los mamíferos. Estas son las redes neuronales que se activan cuando amamos a nuestros hijos, nuestros amigos, o a cualquiera, en suma, que caiga dentro de nuestro círculo natural de cuidado. Son circuitos que, entre otros, se fortalecen después de breves periodos de entrenamiento en compasión.

Como ya hemos visto, la actitud compasiva no se limita a mirar y aumenta la probabilidad de la persona a ayudar a alguien que lo necesita, aun cuando ello implique un coste. Esa resonancia intensa con el sufrimiento ajeno ha sido encontrado en otro grupo notable de personas, las personas tan altruistas que llegan a donar uno de sus riñones a un extraño que está urgentemente necesitado de un trasplante. Los escáneres cerebrales descubrieron que, comparadas con otras personas de igual edad y género, la amígdala derecha de esas almas compasivas es más grande[2].

Como esta reacción se activa cuando empatizamos con alguien que está sufriendo, una mayor amígdala confiere una habilidad inusual para experimentar el dolor de los demás y movilizar el altruismo hasta el punto de hacer algo tan extraordinario como donar uno de sus riñones para salvar la vida de otra persona. Los cambios neuronales que acompañan a la práctica de la bondad amorosa (cuyos signos emergentes podemos advertir incluso entre los principiantes) se alinean con los que se encuentran en el cerebro de esos supersamaritanos donantes de riñón[3].

El cultivo de una preocupación amorosa por el bienestar ajeno tiene un beneficio sorprendente y único, la activación de los circuitos cerebrales asociados a la felicidad y la compasión[4]. La bondad amorosa también fortalece las conexiones entre los circuitos cerebrales asociados a la alegría y la felicidad y la corteza prefrontal, una zona crítica para guiar la conducta[5]. Cuanto mayor es la conexión entre estas regiones, más altruista se torna la persona después del entrenamiento en meditación compasiva.

Notas:

1. Clifford Saron, presentación en la Second International Conference on Contemplative.

2. Abigail A. Marsh et al., «Neural and Cognitive Characteristics of Extraordinary Altruists», Proceedings of the National Academy of Sciences 111:42 (2014), 15036‐41; doi: 10.1073/pnas.1408440111.

3. Son muchos los factores que influyen en el altruismo, pero la capacidad de experimentar el sufrimiento ajeno parece ser un ingrediente clave. A decir verdad, los cambios de los meditadores no eran tan fuertes ni duraderos como las pautas cerebrales estructurales características de los donantes de riñón. Véase Desbordes, «Effects of Mindful‐Attention and Compassion Meditation Training on Amygdala Response to Emotional Stimuli in an Ordinary, Non‐Meditative State», 2012.

4. Tania Singer y Olga Klimecki, «Empathy and Compassion», Current Biology, 24:15 (2014): R875‐R878.

5. Weng et al., «Compassion Training Alters Altruism and Neural Responses to Suffering», 2013.

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