Establecer las prioridades de la mano de los sueños según María Novo

La escritora, poeta y conferenciante María Novo destaca en su libro, El éxito vital. Apuntes sobre el arte del buen vivirmúltiples y célebres ejemplos que nos permiten acercarnos a una forma de vivir más cercana a nuestros valores, que no tienen por qué ser incompatibles con nuestros sueños y aspiraciones.

En este inspirador capítulo de El éxito vital descubrirás precisamente cómo las prioridades y los sueños pueden armonizarse de forma honesta y positiva.

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En el año 2013, un semanario español entrevistó a la pareja de famosos formada por Andre Agassi y Steffi Graf, dos genios del tenis. Ambos fueron los reyes de la pista, los números uno. Ahora viven en Las Vegas con sus hijos y se ocupan, entre otras cosas, de dos fundaciones volcadas en la educación y la ayuda a los menores necesitados. En un momento de la entrevista, el periodista les pregunta cuál es la gran lección que han aprendido en la vida y ellos responden: «entender que la distancia que separa el éxito del fracaso es muy pequeña. Así que lo único que importa realmente es cómo decides vivir».

Más adelante, el entrevistador se interesa por saber cuál es su idea del éxito. Ellos contestan: «el compromiso con tu vida, eso es el éxito. Preocuparte por lo que haces, estar orgulloso de tu día a día. El fracaso y el éxito son una ilusión: lo único real es cómo decidimos vivir».

¿Decidimos, realmente, cómo queremos vivir? ¿Hacemos de nuestras vidas pequeñas obras de arte en las que se combinan el esfuerzo por alcanzar nuestros sueños y la aceptación de lo que la vida nos trae? El éxito vital, ese que se concilia con el buen vivir, es más sencillo de lo que pensamos. Comienza a hacerse presente cuando, con atención y lucidez, establecemos de forma clara las prioridades de nuestra historia personal. Sabiendo que ese acuerdo con nosotros mismos es provisional y revisable, pero afrontándolo como una guía que puede acercarnos, en cada momento, a una existencia coherente con nuestro sentido de la vida.

La claridad de los objetivos es como una llama que va quemándose a sí misma a medida que nos ilumina: está amenazada por el paso de los días, por el aire y el ambiente en el que se desenvuelve… Y con esos materiales, dejando que el vaivén del viento remueva lo que creíamos seguro, vamos construyendo, paso a paso, el gran aposento de nuestras prioridades, que es tanto como decir el íntimo lugar de las escuchas.

Porque, para esbozar y mantener las prioridades, es fundamental escuchar y escucharnos. Una actitud de escucha permanente hacia fuera nos informa sobre los efectos de nuestras acciones, sobre esos pequeños forcejeos que mantenemos a diario con la realidad para intentar que se parezca a nuestros ideales. La escucha hacia dentro, no menos importante, permite que se pronuncie nuestro interior para anunciar o recordar lo que entendemos por éxito en nuestro día a día. Y así, de la mano de nuestras prioridades, escuchadas y renovadas, vamos avanzando poco a poco en un ejercicio que no se planifica como una obra de ingeniería, sino que más bien se intuye y pasa rozando como si lo gestionase un constructor de nubes…

Prioridades y escucha se convierten entonces en dos motores indispensables para saber y evaluar si caminamos como hemos elegido vivir. Necesitan una gran dosis de fidelidad a nuestro proyecto personal, conjuntada con honestidad para no traicionar los valores que nos iluminan. Plantean un recorrido en el que cada día hemos de reinventar el origen empinados sobre nuestra experiencia, pero también sobre el asombro que reniega de la rutina, que nos enseña a redescubrir el mundo.

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Junto a ellos, o iluminándolos, aparecen los sueños, siempre los sueños como antesala de la blancura de una vida luminosa. Unos sueños que nos hacen creativos, que nos permiten imaginar mundos posibles, sin que soñar signifique perder la con‑ ciencia de la realidad, sino más bien abrirse a ella temblando a veces, sonriendo otras, con pasos grandes o pequeños, pero siempre con la pasión que requiere toda aventura personal.

El brasileño Frei Betto acuñó una expresión que resume este difícil maridaje entre los ideales y la vida real: la cabeza piensa desde donde pisan los pies. Con esta idea nos quería hacer ver que nuestras ideas e ilusiones deben encarnarse en el mundo, que no vale soñar para evadirse, sino para afrontar la vida como algo real y limitado, para manchar nuestras pisadas con el barro y construir desde ahí la propia existencia como un sistema de esperanzas.

También nos alertaba Frei Betto acerca de que el lugar y las formas en que vivimos terminan por condicionar nuestros sueños, de modo que si no vivimos como nos soñamos, terminaremos soñándonos como vivimos.

El arte de vivir se constituye así en la vía para conciliar nuestro temor de ser humanos con el deslumbramiento de ser humanos, amar nuestras prioridades y defenderlas no solo porque nos definen en la vida y para nosotros representan la belleza, sino también por su fragilidad, por su parte de sombras o de dificultad. Y comprometernos con ellas, bajar al territorio de lo real en ese viaje no siempre fácil, pero revelador, en el que, vayamos a donde vayamos, siempre acabamos llegando al fondo de nosotros mismos. Todo para alcanzar la evidencia de que, en cada ocasión concreta, somos el lazo que tejemos, el abrazo que construimos con los otros, la palabra que pronunciamos aun a contracorriente…

Federico Mayor Zaragoza me contaba en su entrevista la anécdota de John Lennon cuando era niño. Le preguntaron en la escuela qué quería ser de mayor y él respondió: «ser feliz». Los profesores le dijeron, sorprendidos, que no había entendido la pregunta. A lo que él les contestó: «son ustedes los que no han comprendido la vida». Pasados los años, los Beatles cantarían en una de sus canciones: «todo lo que necesitas es amor…»

La prioridad esencial es, en efecto, aprender a amar y a ser amados. Parece fácil, pero es una tarea que no termina nunca. El amor, sea de pareja, de amigos y familia, o incluso un amor extenso hacia la humanidad, hace posibles pequeñas eternidades que parece que hubiesen estado siempre en nuestra historia. Se expresa en esos momentos en los que llevamos dentro un mundo y sentimos que alguien lo comparte con nosotros, sin preguntarnos quién llegó antes o quién entrega más, simplemente estando… El amor es una incógnita, nos abre a lugares de nuestro propio interior desconocidos, pero también es un mensaje, una llamada a la inocencia, al cultivo de la empatía, al sentimiento de que hay alguien que abriga nuestra desnudez ante el mundo.

Desde el amor es más fácil otra aventura necesaria en el establecimiento de nuestras prioridades: la sencillez, en lo que somos y en lo que tenemos. Porque la sociedad materialista en la que vivimos nos impulsa a ir por la vida atrapando reconocimientos y posesiones como una supuesta fórmula para garantizar nuestra seguridad.

Lo peligroso de este entorno es que acabemos contagiados sin saber diferenciar que una cosa es poseer, otra es atrapar, y una tercera es vivir atrapados por lo que tenemos.

La sencillez no solo afecta a lo que somos y tenemos, sino también, de forma esencial, a la forma en que gestionamos esos bienes inmateriales y materiales a lo largo de nuestra pequeña historia. La experiencia de existir no deja de ser un milagro que se renueva cada día, y vivirlo con una cierta liviandad, sin querer encerrar el aire en una caja o el agua del río en un cubo, puede ser una forma inteligente de aproximarnos al éxito vital.

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Una vida sencilla (que no simple…) es una vida abierta al horizonte. Esa apertura supone no rehuir aquello que no conocemos o no hemos experimentado; porque lo más cómodo es casi siempre recluirse en las grietas del lugar que nos acoge a diario y no aventurarse a descubrir el envés del paisaje, la otra cara de las cosas conocidas. Sin embargo, la clave estriba precisamente en construir nuestro pequeño mundo de manera que en él quepan muchos mundos. Solo así estaremos a salvo de cualquier atisbo de arrogancia o cerrazón; también de aburrimiento… El secreto de la sencillez consiste en que cada persona y las de su entorno sean lo que son, se mezclen entre sí, intercambien los dones respectivos y convivan en armonía, sin clausuras.

La vida es tan sencilla como nosotros la hagamos. Hay quien opta por irse a vivir a una casa sin agua o luz eléctrica, apartado del mundo, y es feliz así. Pero también hay personas que, en medio del bullicio y el triunfo social, saben encontrar el emplazamiento exacto de sus valores y mantienen esa naturalidad interior que hace que los reconozcamos como seres fieles a la medida humana y disfrutemos mirándolos a los ojos. Su actitud tiene mucho que ver con la forma de procesar los momentos de aparente éxito hacia fuera y los fracasos. El que logra pasar por ellos sin cambiar, sin alejarse de los amigos y los valores de siempre…, ese puede ser reconocido como alguien sencillo a pesar de que sea famoso o reciba títulos y premios.

La joven actriz de cine Amy Adams ha recibido cuatro nominaciones al Óscar y es uno de los rostros «más prometedores» de Hollywood. En una entrevista, cuando se le preguntaba cuál es el secreto para sobrevivir en un mundo tan artificioso, ella respondía: «Si tuviese que dar un consejo, diría que tienes que ser capaz de aceptar el rechazo, aprender de él y seguir adelante. Y tratar de que tu corazón no se agriete por el camino…».

Qué necesario ese tránsito por la vida integrando lo que nos sale bien y los proyectos fallidos, asumiendo la aceptación y las críticas, sin dejar que nuestro corazón se endurezca…

El viaje hacia la sencillez es un viaje hacia la cordura, que nos ilumina en los momentos más necesarios, aquellos en los que nos miramos al espejo y nos reconocemos como simples seres humanos, una pequeña fruslería en la aventura de la evolución, según nos recordaba un famoso antropólogo, Stephen Jay Gould, en una de sus obras.

Cuando vamos aprendiendo a vernos de este modo, como seres necesarios pero no imprescindibles, comprendemos, poco a poco, que nuestra tarea en la vida es aportar con dedicación y honestidad aquello que sabemos hacer, para contribuir modestamente a que el mundo sea cada día un poco mejor (y aquí se incluye la alegría y la paz que podamos transmitir…) en un difícil maridaje entre la responsabilidad y la convicción de que no somos irreemplazables.

También es prudente, cómo no, unir a esta práctica un sano control sobre nuestros deseos. Por naturaleza, somos seres que desean… Comenzamos a ejercer esa pulsión desde niños. Queremos ver y tocar todo, reclamamos todo, aprendemos enseguida a decir «mío»… Y solo la educación, lentamente, nos va enseñando a compartir, algo que asumimos con dificultad y nunca completamente…

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Alcanzar un cierto control de los deseos no solo es esencial para modular nuestras prioridades, es también un signo de madurez. En una ocasión le preguntaron al psiquiatra Lacan cómo se producía la transición desde la infancia y la adolescencia hasta la madurez adulta. Él respondió brevemente: «pasando de la “y” a la “o”». Sus interlocutores no comprendían nada, así que le pidieron que ampliase la explicación. Entonces él se extendió algo más: «Cuando somos pequeños, decimos “quiero esto, y esto, y esto…”. La edad adulta comienza en el momento en el que sabemos decir “quiero esto, o esto, o esto…».

Qué importante saber elegir y no desear muchas cosas al tiempo… Importante para nosotros, que dejamos de correr alocadamente tras los señuelos que presenta la sociedad de consumo, pero fundamental también para la naturaleza, desbordada ya por una furia consumista que no conoce límites y a través de la cual vamos esquilmando todo a nuestro paso.

Es obvio que el deseo no se reduce solamente a bienes materiales. Incluso es posible que esa pulsión sea la más fácil de controlar. Deseamos también, y a veces como el paraíso ansiado, el éxito profesional, social, deportivo, artístico… Algo que, en su justa medida, es no solo razonable, sino estimulante y legítimo. El problema comienza cuando ese deseo nos secuestra, se enquista en nuestras vidas como un carrusel de feria que no para de dar vueltas alrededor de la idea del triunfo. Entonces, con la urgencia con la que uno se baja de un coche sin frenos, es preciso asomarse a la cordura y, desde ella, contemplar todo aquello que trunca nuestra auténtica felicidad disfrazado de conquista. Ello exige poner los pies en la tierra y volver a explicitar nuestras prioridades, algo que no siempre ocurre.

Hay quienes deciden entregarse a la pira de un éxito a cualquier precio, ardiendo con él mientras el fuego dura… Se trata de elecciones libres y, como tales, respetables. Su única carga es que, antes o después, hay que que pagar el peaje de esos recorridos…

En ocasiones, las prioridades y los deseos conducen a un lugar en el que despierta otra secreta pulsión: el ansia de poder. Un latido que nos abre a un espacio cuyo horizonte puede ser el abismo… El ansia de poder es para algunas personas más potente que la libido y puede que, en esos casos, sea la que domine a la hora de definir sus prioridades. Entonces, hablar de sencillez es difícil, y suele aparecer más bien la arrogancia, fiel compañera de muchos triunfos.

Llegados a este punto, es preciso decir en alto que desear no es, en sí mismo, algo negativo. Ni mucho menos… Si no tuviésemos deseos seríamos gentes poco creativas, pasivas…, no seríamos humanos. Hasta el amor se alimenta de deseo… Lo malo no es desear, sino hacerlo en exceso y con apego. Querer más de lo que necesitamos para un razonable bien‑estar y «amarrarnos» a los cargos y a las cosas de forma tal que su posible pérdida nos suponga una catástrofe. El tema es complejo y la cuestión de modular los deseos no estriba tanto en suprimirlos como en saber manejarlos, evaluarlos y transformarlos. Anthony de Mello, un jesuita creativo y poco convencional, opinaba que la felicidad es «bastantidad» (tener sentido de lo bastante).

Esta conciencia de lo bastante, de lo que es suficiente en nuestras vidas, es el mejor medio para establecer límites a nuestros deseos. En una de mis entrevistas, pregunté a Raúl, un joven dependiente de unos grandes almacenes: «¿qué es lo prioritario para ti?». Él me miró sonriendo y respondió: «tener un trabajo que me permita cubrir mis necesidades y las de mi familia, y tener tiempo para desarrollarme como persona». Después me explicó que ambas cosas eran para él inseparables y que no deseaba un trabajo que le ocupase todas las horas del día: «me conformo con trabajar media jornada y vivir sin lujos, pero no quiero renunciar al tiempo de ver crecer a mi hijo».

Evidentemente, esta es solo una de las muchas opciones posibles. Su valor radica en que Raúl había pasado de la «y» a la «o», había aprendido a elegir y con sus elecciones estaba aplicándose una autolimitación voluntaria que marcaría el devenir de su vida. Para otras personas, las prioridades serán distintas. Lo importante es comprender que optar por algunas cosas siempre supone renunciar a otras.

Eso exige aprender a negociar poniendo en juego nuestros intereses con los de la comunidad y la naturaleza, en un tanteo balbuceante en el que avanzamos o retrocedemos, a veces al filo del desasosiego… Porque no es fácil conciliar los deseos con aquello que comprendemos que es viable ecológica y socialmente en cada momento. Ese es, sin embargo, nuestro reto, el que nos hace plenamente humanos. Encontrar el camino, la dirección precisa, puede ser tarea de toda una vida. Aun así, en esa negociación no existen objetivos imposibles, caben todos los sueños, con la condición de que no causemos daño para conseguirlos.

Tan importante como las prioridades y los legítimos deseos es el modo en que vamos dándoles forma, el proceso que desarrollamos para hacerlos realidad. Es decir, la persona en que nos hemos convertido cuando los alcanzamos. Un proyecto, un deseo, cuando se concretan en algo, ya pierden en gran parte el encanto que rodea a todo lo que no tenemos. Están ahí. Pero… ¿y nosotros? ¿Qué precio hemos pagado? ¿Somos ahora mejores o peores personas? ¿Vivimos más felices? ¿Hemos hecho felices a los que nos rodean?

Tener proyectos, establecer prioridades deben conducirnos al buen vivir, que es una forma de estar en el mundo con las cosas, con la naturaleza y los otros, y no de tratar de apropiárselas a cualquier precio. Es un estilo de vida basado en el cuidado. Se sustenta sobre la coherencia entre lo que somos y lo que hacemos: la mente unida a las manos y a los pies; la adecuación de los medios a los fines…

Nunca es tarde para transitar por este camino, para aprender a desear. Ojalá nuestros deseos se alíen con nuestros sueños. Pero cuidemos que ellos no nos lleven a un éxito de arena que se desmorone con el primer viento, sino a un éxito de agua: fluyente, sencillo, regador del territorio, albergador de vida… Entonces, la fidelidad a las prioridades habrá merecido la pena.

Editorial Kairós

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