Sobre la insatisfacción y las exigencias

Las causas de la insatisfacción en nuestra vida pueden ser múltiples, aunque la mayoría de las veces están relacionadas con las excesivas exigencias que tenemos acerca de cómo deberían ser las cosas o cómo deberíamos ser nosotros mismos.

El padre Anselm Grün es monje en la abadía de Münsterschwarzach y el autor espiritual más conocido en Alemania y, en este fragmento de su libro De la felicidad en las pequeñas cosas, reflexiona acerca de las exigencias e insatisfacciones que tenemos en nuestra vida cotidiana y, aunque sea menos evidente, también nos habla de las frustraciones de aquellas personas con una vida espiritual.

La insatisfacción llega muchas veces cuando uno no puede estar siempre en la cima.

La insatisfacción llega muchas veces cuando uno no puede estar siempre en la cima.

Wilhelm von Humboldt señala: «La mayoría de las personas se sienten insatisfechas con su destino a causa de unas expectativas exageradas». Pretenden encontrarse siempre en el lado soleado de la vida. Siempre deben tener éxito. El destino siempre debe ser bueno con ellas. Deberán quedar libres de enfermedades o accidentes. Pero estas exigencias exageradas al destino conducen necesariamente a la insatisfacción, porque el sol no brilla siempre. Nos tenemos que consolar con la idea de que nuestro camino se extiende bajo el sol y la lluvia, a través del viento y la tormenta.

El planteamiento de estas exigencias no solo se dirige contra el Estado, la sociedad o el puesto de trabajo. Con bastante frecuencia también se dirige contra uno mismo. Nos exigimos demasiado. Creemos que siempre tenemos que estar alegres, pensar en positivo, tenerlo todo controlado, tener éxito, recibir el reconocimiento de todos...

Estas expectativas demasiado elevadas que nos planteamos a nosotros mismos proceden de la niñez. Es normal que los padres tengan expectativas depositadas en sus hijos. Si no tuvieran ninguna expectativa, no confiarían en ellos. Pero cuando las expectativas de los padres se imponen con demasiada fuerza, entonces se convierten en exigencias que nos hacemos a nosotros mismos. Y en ese caso con mucha frecuencia nos apabullan. Algunas personas me han contado que de niños siempre se tuvieron que enfrentar a la expectativa de lograr algo. Cuando querían jugar, los padres les decían: «Hay cosas más importantes que hacer. ¡Primero barre el patio!» o «Primero ordena tu habitación, después podrás jugar».

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Como consecuencia, como adultos, estas personas han asumido la exigencia de que siempre tienen que hacer algo, de que cualquier cosa que hagan siempre debe tener un resultado. Consideran que jugar o simplemente estar sentado sin hacer nada es una pérdida de tiempo. Todo debe tener un resultado. Por eso no pueden pasar una hora con ellos mismos y disfrutar de ese tiempo.

Daniel Hell, un psiquiatra suizo, especialista en el tratamiento de la depresión, considera que estas exigencias exageradas a uno mismo llevan con frecuencia a una depresión. Según él, la depresión es con frecuencia un grito de auxilio del espíritu. El espíritu ha llegado a su límite. Cuando superamos este límite a causa de las exigencias que nos imponemos, el espíritu se rebela. Deberíamos estar agradecidos por que nuestro espíritu se mueva, aunque sea hacia la depresión. En ese caso, la depresión es una invitación a que nos despidamos de nuestras exigencias exageradas. No tenemos que ser siempre perfectos o exitosos, o buenos y educados, o populares y llenos de confianza. Podemos ser como somos. Cuando nos permitimos ser como somos, nos encontramos en consonancia con nosotros mismos, y estamos satisfechos con nuestra vida.

Las exigencias en las personas espirituales

Estas exigencias exageradas también las he visto en personas espirituales. Tienen la exigencia de tener siempre una buena relación con Dios, de sentirse siempre protegidos por Dios. Y entonces se sienten insatisfechos cuando no conocen o sienten a Dios de tú a Tú. En su momento tuvieron una buena relación con Dios. Podían comentar con él todos sus problemas, pero ahora ya no funciona. Con frecuencia sienten un vacío interior cuando se sientan a meditar o cuando empiezan a rezar. Estar satisfecho no significa que no continúe por mi senda espiritual. Pero en primer lugar ahora debo reconciliarme con la idea de que no siento a Dios, de que no siento en mí el entusiasmo juvenil de hace veinte o cincuenta años, sino que mi relación con Dios se ha transformado. Se ha vuelto más sobria. Pero en esta sobriedad también se esconde una oportunidad. Ya no utilizo a Dios como alguien que me regala sensaciones hermosas. Me abro a Dios y recorro mi camino delante de Él, con los sentimientos que tengo en este momento, aunque estos sentimientos momentáneos no sean demasiado profundos. Me aferro a Dios. Me tomo tiempo para rezar y para meditar. Pero no espero sentir una sensación de euforia cada vez que rezo. Me siento satisfecho con lo que es en cada instante. Si siento un vacío, me permito sentir un vacío. Cuando siento la cercanía de Dios, estoy agradecido.

También en la dirección espiritual conozco a personas que siempre se imponen exigencias de una manera continuada: en realidad tendría que ser más espiritual, en realidad tendría que vivir solo con Dios. Pero siento en mí también necesidades mundanas.

Me tendría que concentrar más al rezar, meditar de una manera más consecuente, rezar mucho más por los demás. Cambian la vida espiritual por la idea de obtener resultados, y se imponen exigencias exageradas. Un sacerdote que en cierta ocasión me explicó las exigencias espirituales que se imponía reconoció en la conversación: «En realidad me debería sentir más satisfecho con mi vida espiritual. Sigo buscando. No me detengo. Eso ya es algo. No debo medir mi vida espiritual con las experiencias profundas que explican otros. Está bien que permanezca en el camino hacia Dios, que no me quede parado».

La insatisfacción con la vida espiritual se convierte con frecuencia en una insatisfacción con Dios: «He rezado mucho para que Dios me ayude, para que Dios me quite el miedo y cure mi enfermedad, pero no ha ocurrido nada». Muchas personas le imponen exigencias a Dios, como si tuviera que actuar inmediatamente ante cualquier petición. Solo están satisfechas con Dios cuando cumple sus deseos. En el trasfondo de esto se encuentra una imagen de Dios muy curiosa: debe ser el Padre amante que siempre hace lo que me va bien. Pero esta imagen de Dios la rebajo a mi nivel humano. Dios está más allá de cualquier imagen, es el misterio absoluto, ante el que me presento con un profundo respeto. Solo cuando me abro a este Dios inabarcable, le puedo decir que Sí y dejar de depositar en Él mis exigencias.

Para mí, la satisfacción procede del padrenuestro: «¡Hágase Tu voluntad!». Para muchos, esta oración es una exigencia excesiva. De inmediato piensan que la voluntad de Dios interfiere en sus planes vitales. O no pueden seguir pronunciando esta petición cuando ha muerto una persona querida, por cuya salud rezaron tanto. Para mí significa lo siguiente: como es natural, me gustaría disfrutar durante mucho tiempo de buena salud, poder trabajar mucho más y vivir cosas bonitas, pero sé que no puedo garantizar mi salud, ni puedo conseguir con mis propias fuerzas que mi vida espiritual siga estando viva y que siempre me transmita buenas sensaciones. «Hágase Tu voluntad» significa para mí: estoy de acuerdo con lo que Dios me confía y me exige. Me alegro por mi salud, pero también confío en no perder la paz interior si enfermo. También en ese momento me puede encontrar la voluntad de Dios y exigirme que crezca interiormente, cuestionándome qué es lo que me define: solo mi salud y mis fuerzas, o mi relación con Dios.

Cuando antes de una conferencia rezo «Hágase Tu voluntad», como es natural me gustaría que mis palabras conmoviesen el corazón de las personas, pero le dejó a Dios que haga lo que tenga a bien con mis palabras. No se trata de lucirme delante de la audiencia, sino de que Dios toque sus corazones. Estoy agradecido cuando se establece una conversación, cuando me siento recompensado por un encuentro. Pero cuando no tengo una buena sensación después de una conversación, cuando no he llegado al otro, también digo: «¡Hágase Tu voluntad!». Puede ser que una conversación no vaya por el camino óptimo. No se trata de que salga de la conversación como alguien admirado. Se trata más bien de que Dios haya actuado de alguna manera en mi interlocutor. Estoy agradecido cuando a las personas les gusta leer mis libros y se sienten conmovidas por ellos. Pero también puede ser que alguno de ellos no tenga éxito. Siempre es voluntad de Dios cuando un libro es una bendición para un lector o una lectora. Eso no lo puedo hacer por mí mismo. El conocimiento de la voluntad de Dios me libera de la presión de obtener resultados que es lo que mueve siempre el corazón de la gente.

La insatisfacción al final del día

Conozco muchas personas que al final del día se sienten muchas veces insatisfechas. Piensan: «Si hubiera tomado otra decisión. Si hubiera sido más amistoso, atento o inteligente en la conversación con mi hijo o con mi hija». Con tanto «si» y tanto «hubiera», no encuentran descanso, y se quedan con una valoración de lo que han hecho y vivido que por lo general se limita a: «no lo suficientemente bueno». Hubiera podido ser mucho mejor. Tienen la exigencia de estar totalmente presentes en cada conversación, de entregarse por completo al otro. Pero con frecuencia la vida no es así. La satisfacción consiste para mí en que puedo aceptar lo que fue, pero al mismo tiempo le presento a Dios lo que fue, y confío en que convierta en una bendición el pasado, aunque no fuera óptimo.

Cuando reflexiono sobre el hecho de por qué algunos se sienten con tanta frecuencia insatisfechos con el día pasado, pienso que se trata del propio ego. Me gustaría obtener buena nota. Me gustaría que el interlocutor estuviera satisfecho conmigo, que me alabase como un director espiritual competente. Me gustaría que los demás honrasen mi trabajo. Me gustaría quedar bien con todo el mundo. En definitiva, se trata de mi ego que tiene la exigencia de ser amado siempre y en todas partes, de ser reconocido y alabado. Estar satisfecho significa despedirse de las exigencias del ego.

Jesús le planteó la siguiente exigencia a los que querían seguirle: «El que quiera ser mi discípulo olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Marcos 8, 34). No nos exige que nos inclinemos o que neguemos cualquier deseo. Se trata más bien de que consigamos alejarnos de nuestro propio ego. No podemos matar el ego, porque lo necesitamos para seguir con nuestra vida. Pero el ego tiene la tendencia a situarse siempre en el centro y plantearle exigencias exageradas a la vida, y necesitamos mantener una distancia interior respecto a tal exigencia. La palabra griega aparneistai significa «ignorar, desconocer, negar, rechazar». Rechazo la exigencia de mi ego de situarse siempre en el centro, de medirlo todo en función de él, de plantearme expectativas demasiado elevadas de mí mismo. Le niego mi consentimiento cuando quiere destacar y siempre quiere dar vueltas a su alrededor. Me enfrento al ego que solo busca reconocimiento y aprobación en todas partes. En la medida que me oponga, seré libre para mi verdadero yo, encuentro el camino que rodea el ego para situarme en mi propio centro.

Insatisfacción en el trabajo

Estas exigencias exageradas también se dirigen con mucha frecuencia contra las personas que nos rodean. Estamos insatisfechos con nuestros compañeros de trabajo en la empresa. Deberían ser mejores y rendir más. Pero cuando el jefe está insatisfecho con sus trabajadores, no mejora el ambiente de trabajo. En cuanto habla, el tono de reproche se hace evidente. Pero una manera de hablar llena de reproches solo provoca mala conciencia en los trabajadores. Una mala conciencia no motiva para cambiar nada o para transformarse. Es más bien un obstáculo y hace que no se tengan ganas de trabajar ni de trabajar para esa empresa. Con frecuencia, veo trabajadores que no tienen ganas de ir al trabajo porque sufren bajo la insatisfacción de sus jefes. La falta de motivación de los empleados en última instancia también tiene un impacto negativo en los resultados de la empresa. Y eso conduce a una insatisfacción aún mayor de los jefes. Se trata de un círculo vicioso del que solo se puede salir cuando el jefe está dispuesto a aceptar a sus trabajadores tal como son y trabajar con ellos. Solo puedo esperar una mejora del ambiente en la empresa y de los resultados económicos si me gustan mis empleados y tengo ganas de trabajar con ellos. Entonces se dejarán imponer la exigencia de mejorar siempre.

Insatisfacción en la pareja

Muchas personas también están insatisfechas con su pareja. Cuanto más tiempo vivimos juntos, más aprendemos a conocernos. Y de esta manera descubrimos también las debilidades y los defectos del otro. Cuando se tiene la exigencia de que la pareja sea perfecta, entonces se estará siempre insatisfecho. Uno se irritará porque no le gusta su manera de cepillarse los dientes, o su impuntualidad, o su forma descuidada de vestirse. Pero cuanto más insatisfechos nos sintamos con la pareja, más se recluirá esta en su interior. Tendrá la sensación de que nunca podrá satisfacernos. Por eso renunciará a trabajar en sí mismo.

La insatisfacción con los hijos

Con frecuencia, los padres no están satisfechos con sus hijos. Les pinchan con que deberían ser mejores en la escuela, que más allá de la escuela deberían tomar clases en el conservatorio o de equitación o de ballet, y como le imponen a los niños sus ambiciones y sus deseos, no se ven correspondidos, siempre estarán insatisfechos con ellos. La insatisfacción es un veneno para el desarrollo de los niños. Se sienten queridos de manera condicional, es decir, solo si cumplen las aspiraciones de los adultos. En algunos casos, se desarrollan estrategias para conseguir ese amor a través de los resultados obtenidos o adaptándose. Eso los tuerce. No alcanzan toda su fuerza y no crecen en la individualidad propia que Dios les ha regalado.

La insatisfacción de los sacerdotes con su comunidad

Hace veintisiete años que acompaño a sacerdotes y religiosos en visitas a domicilio. En ellas he visto una y otra vez que los sacerdotes se sienten insatisfechos con su comunidad. Cuando el párroco está insatisfecho con su comunidad, no puede influir demasiado en ella. La comunidad siente su insatisfacción, y no tiene demasiado interés en trabajar con él. Solo cuando el párroco ama a su comunidad tiene la oportunidad de influir en ella. Al revés, con frecuencia los miembros de la comunidad están insatisfechos con su párroco. Estoy seguro de que a menudo esto tiene causas razonables. Quizá tenga algunas peculiaridades que no le hacen bien a la comunidad. Pero también conozco comunidades que no están satisfechas con ningún párroco. Tienen unas exigencias tan elevadas que nadie las puede cumplir. A una comunidad, el obispo le negó un párroco nuevo porque a todos los predecesores los había expulsado al cabo de dos años. Tenían unas expectativas tan elevadas que solo un superhombre habría podido estar a la altura. Pero en realidad no existe ningún párroco perfecto, solo personas. Cuando la comunidad acepta al párroco como persona, entonces también le ofrece la posibilidad de transformarse y trabajar bien juntos.

De las exigencias planteadas a los demás a la insatisfacción con uno mismo

Cuando preguntamos por las razones de la insatisfacción con otras personas –en la familia, en la empresa, en la iglesia–, observamos que el problema no solo se debe a las grandes exigencias que se plantean a los demás, sino que con frecuencia el origen de todo es la insatisfacción con uno mismo, que se proyecta sobre el otro, esperando de él que nos proporcione algún bienestar. Con ello se hace que el bienestar de uno dependa del comportamiento del otro. Pero así no se encontrará nunca la paz interior, porque hacemos que esta dependa de las cosas exteriores o de otras personas, y de lo que realmente se trata es de encontrar la paz en uno mismo. Entonces también estaré satisfecho con las otras personas, y dejará de molestarme todo. Aceptaré cómo son los demás, y también les permitiré que sean como son. Naturalmente, está bien que en una relación se exija al otro que trabaje en sí mismo y cambie algunas cosas, pero eso solo ocurrirá si lo he aceptado como es, porque solo se puede transformar lo que se ha aceptado. Este es una fundamento de la teología: como Dios se convirtió totalmente en persona, la persona se transformó, se divinizó. Este fundamento también es válido para la psicología: solo lo que acepto en mí se puede cambiar. Lo que rechazo de mí sigue colgando de mí. Por el contrario, la persona que acepto como es se vuelve capaz de transformarse. Cuando sienta que estoy insatisfecho con ella, se defenderá. Buscará cada vez razones nuevas para afirmar que tiene razón y que yo estoy equivocado. O quizá intente trabajar en sí misma, pero entonces sentirá que no me puede satisfacer. Y de esta manera no cambiará gran cosa en ella, porque en un clima de insatisfacción no es posible una transformación.