Namasté! una reflexión acerca del valor de saludar con el máximo respeto

Namasté! El recuerdo de nuestros orígenes colectivos, dirigidos directamente del corazón de uno al otro, es muy diferente al «¿Cómo estás?», que sin duda alguna, resulta dolorosamente desentendido.

Saki Santorelli observa en algo tan poco llamativo como la forma de saludarnos una actitud ante la forma de ver el mundo. El siguiente fragmento es parte de su libro Sánate tú mismo

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Cuando viajamos por la India y otras zonas de Oriente, la gente se saluda con la palabra namasté. Por lo general, la emisión de este sonido va acompañada por una inclinación, con ambas manos unidas en el centro del pecho, en un gesto de profundo respeto.

«Namasté significa «reconozco y reverencio a la divinidad que habita en ti»

—Saki Santorelli

 Sánate tú mismo, de Saki Santorelli.

Sánate tú mismo, de Saki Santorelli.

Cada transeúnte, ya sea amigo, familiar o desconocido, es saludado de esta manera. Y aunque este gesto, como cualquier otro, puede convertirse en algo mecánico y carente de significado, también es, de manera sorprendente, un recordatorio tan poderoso como sencillo de nuestro origen. Dicho con sinceridad y escuchado repetidamente, este recordatorio surte un efecto transformador tanto en el emisor como en el receptor. Muy pronto uno empieza a percibir la divinidad presente en los otros, comprendiendo que es la chispa de la divinidad que reside en uno mismo la que reconoce y es reconocida por la divinidad que hay en el otro.

 

Aunque cada uno de nosotros lo encarne de modo muy diferente, el recuerdo activo de esta realidad resulta, en mi opinión, crucial para nuestra vida, nuestro trabajo y nuestro bienestar. No hay ninguna pretensión implicada en ello.

No hay necesidad de elaborar ninguna ceremonia, de vestir ropas especiales, de aparentar falsa devoción o de utilizar palabras extrañas, sino que tan solo respetamos directamente esta verdad.

«Nosotros, y la persona que tenemos delante, siempre somos más de lo que parecemos, algo mucho más directo y asombroso que transpira detrás de las apariencias» 

—Saki Santorelli

Quizá nuestra verdadera tarea sea la de preservar este recuerdo ante las abrumadoras pruebas que pretenden lo contrario. A pesar de la contundente evidencia del estrés, la enfermedad, el dolor o el sufrimiento ajeno, y sin incurrir en la más mínima negación de estas realidades, tal vez nuestra labor esencial consista en encontrarnos en esta encrucijada de condiciones temporales relacionándonos, ni más ni menos, como encarnaciones localizadas de lo divino. Hasta donde yo sé, esto tiene poca relación con que te guste o no esa persona, nada que ver con la predicación o la docencia y mucho con el reconocimiento de que tanto los demás como nosotros somos sencillamente una manifestación temporal de algo más grande y mucho más amplio.

 Saki Santorelli y Jon Kabat-Zinn. 

Saki Santorelli y Jon Kabat-Zinn. 

Nuestra disposición a relacionarnos con los demás de este modo es fundamentalmente sanadora. Sin embargo, nuestra cultura, que se ha desarrollado y se ha visto dominada por un poderoso ethos orientado hacia el individuo, continúa enfatizando, aunque sea de modo inconsciente, el mito de la dominación y la autoridad. Pero esta visión del mundo impulsada por el miedo y la inseguridad adolece de un enorme desequilibrio. Cuando esta dinámica de poder se torna prioritaria en el mundo de la atención, los cuidadores pueden comenzar a verse a sí mismos como autoridades o más que eso. Contemplados a la sombra de este punto de vista, los pacientes o clientes pueden empezar a verse a sí mismos como impotentes y débiles, o incluso menos que eso. Este modelo es fundamentalmente erróneo y, a pesar de que el profesional de la salud pueda tener el conocimiento y las habilidades requeridas por la persona necesitada, la mayor parte de las veces, quien solicita ayuda también tiene mucho que ofrecer al médico o terapeuta que le ayuda.