Minimalistas: cómo levar el ancla del estatus (III)

Levado el ancla de la identidad, el apego al estatus que uno se otorga a sí mismo es otro "ancla" que los minimalistas analizaron cuando decidieron hacer un "inventario vital" de todo aquello que les estaba limitando en su cambio de vida. Como veremos, en numerosas ocasiones, el estatus no es otra cosa que una etiqueta que oculta algo mucho más valioso de nosotros mismos. 

  • Este artículo es el tercero de la serie minimalistas, basado en uno de los capítulos del libro Minimalismo. Para una vida con sentido. 
estatus.jpg

A medida que las personas ascienden por la escalera corporativa, a medida que se familiarizan con su trabajo y su carrera profesional y se sienten más cómodos, tienden a experimentar un fenómeno curioso: asocian el estatus con su profesión por encima de cualquier otra cosa. Les parece que su carrera profesional les da importancia y relieve. Esta es la razón por la cual muchas personas se sienten avergonzadas, incómodas, insignificantes e incluso deprimidas cuando se quedan sin trabajo. Desde luego se preocupan por el dinero y por cómo van a ganarse la vida, pero cuando ha remitido el pánico inicial por el dinero, se sienten vacías e insignificantes sin su trabajo. Esto se debe a que las personas suelen dar importancia a algo que no tiene mucha.

Cuando alguien está preso de las garras del estatus, es difícil que vea que hay otros aspectos de su vida que son mucho más importantes que su profesión (por ejemplo, los cinco valores que tratamos en Minimalismo. Para una vida con sentido, salud, relaciones, pasiones, crecimiento y ayuda a los demás, son todos bastante más importantes). Muchas veces las personas asocian una buena parte de su estatus social con su empleo porque es lo más fácil de controlar en ese momento. Es decir, si trabajas mucho (incluso si es en un trabajo que detestas), te ves recompensado con gratificaciones inmediatas (premios, recompensas, elogios del jefe, reconocimiento público, reconocimiento privado, envidia, y adulación, de los compañeros de trabajo, poder percibido, responsabilidades adicionales y cosas por el estilo), así como gratificaciones a más largo plazo (aumentos de sueldo, bonificaciones, comisiones, promociones, incentivos, beneficios complementarios, etcétera).

Sentimos decirte que muchas de las cosas importantes de la vida son (a) mucho más difíciles de controlar que el trabajar arduamente a corto plazo en tu empleo, y (b) no proporcionan la misma gratificación instantánea que el estatus de una carrera profesional.

Socialmente, nos han programado para querer (o incluso esperar) resultados inmediatos. Además, estos mismos imperativos sociales hacen mucho más hincapié en la carrera profesional y el estatus económico que en cualquier otro tipo de estatus.

Por ejemplo, piensa en un padre que se encarga de las tareas del hogar. ¿Qué es lo primero que te viene a la mente? Lo más probable es que sea algo parecido a: «¡Seguro que debe ser agradable!» o «¡Los hay con suerte!» o «¡No se está comportando como un hombre de verdad!» o «¡Vaya holgazán!». Pero cualquiera que conozca a un padre amo de casa competente sabrá que estos juicios están lejos de la verdad. Por el contrario, cuando piensas en un alto directivo, probablemente te vendrán a la cabeza pensamientos como «¡Ese sí que tiene pasta!» o «¡Tiene mucho poder!» o «¡Trabajó mucho para llegar adonde ha llegado!». A pesar de que ninguna de estas cosas sea necesariamente cierta, sí es un estereotipo cultural del que es difícil escapar.

La mejor manera de escapar de la influencia destructiva del estatus y de los estereotipos culturales que lo acompañan es bajar el volumen. Para nosotros dos, esto se tradujo en dar menos valor a lo que la gente pensaba sobre nuestros trabajos, y demostrarles por qué tenían que dar más crédito a nuestras nuevas identidades, que eran transferibles a prácticamente todo lo que hacíamos, no solo a nuestras carreras.

Al aceptar esta noción más positiva de estatus, es más fácil abarcar más variedad en la vida; somos capaces de asumir un mayor nivel de inseguridad, así como de sacrificar parte de la seguridad que nos mantiene anclados e inmóviles.