Los planetas y las estrellas de la mente

Para explicar nuestra relación entre el sufrimiento y la existencia del ego, los autores de El guerrero atento. Mindfulness para la vida cotidiana proponen una sugerente analogía que nos lleva al espacio exterior. Si nuestra mente es un espacio vacío que se llena de estrellas y planetas con nuestros pensamientos, ¿qué hará el astronauta desde su nave espacial que simboliza nuestro ego para encontrar un lugar en el que crea que se va a sentir mejor? Como veremos, el astronauta —nuestro ego—, al desplazarse en busca de algo que lo reconforte y sea de su agrado, siempre obtendrá una visión parcial y no completa. Salvo que logre derrumbar las paredes de la nave, cosa que en la vida cotidiana lograremos gracias a la meditación.

Resulta obvio que el sufrimiento requiere un yo, y que extinguir nuestra creencia en el yo pondrá fin a nuestro sufrimiento. Sin embargo, por muy cierta que sea esta afirmación, una cosa es alcanzar un entendimiento conceptual de este principio, y otra completamente distinta es eliminar de modo permanente nuestro apego al «mí», lo «mío» y el «yo».

Desde el momento en que nacemos (y desde mucho antes, en el caso de que suscribamos la visión de la reencarnación), hemos estado reforzando continuamente nuestra creencia en un yo que existe con independencia de todas las demás cosas. Aunque entendamos de manera racional que la existencia de un yo intrínseco es lógica y científicamente inverosímil, dado que todas las cosas están interconectadas entre sí, eso no nos impide alimentar de continuo nuestra creencia en el yo.

De hecho, según la literatura de la meditación budista, todo lo que pensamos, decimos y hacemos –sin importar lo pequeño o insignificante que pueda parecer– es impulsado y controlado por el ego.

Imaginemos que la mente es como una vasta extensión de espacio vacío. Cuando experimentamos pensamientos, sentimientos y percepciones, este espacio vacío se llena de planetas, estrellas y otros cuerpos celestes. Así pues, con cada nuevo pensamiento y experiencia nace una estrella en la mente. Esa estrella resplandece de manera más brillante o más tenue dependiendo de cuánto pensemos en la experiencia y de cuánto la revivamos. Según esta analogía, las estrellas y planetas serían el equivalente de las huellas mentales a las que nos hemos referido antes, mientras que el ego sería comparable a un astronauta que se desplaza entre ellas. El astronauta decide que ciertos planetas son hermosos y fáciles de habitar, mientras que otros son desagradables y con un ambiente extremo y poco acogedor.

Guerrero_atento_CB.jpg

Así pues, el astronauta construye una realidad con él situado en el centro y todo lo demás en la periferia. Si considera que un cuerpo celestial en particular es valioso y agradable, se sentirá atraído por él. Del mismo modo, cuando el astronauta asigna un valor negativo a un planeta o estrella en particular, hace todo lo posible por evitarlos. Aunque, desde el punto de vista del ego, relacionarse con el mundo de esta manera tiene mucho sentido, nos brinda una perspectiva muy limitada de la realidad. A través de su escotilla, el astronauta solo recibe una imagen parcial de lo que sucede.

El enfoque favorito del ego es evitar lo que no le gusta y centrarse en las personas, objetos y circunstancias que le atraen. Sin embargo, esta estrategia está destinada al fracaso porque, además de carecer de un control completo sobre lo que sucede en nuestro entorno externo, nuestras preferencias y deseos también cambian de continuo. Por ejemplo, alguien podría decidir que vivir en la ciudad es muy claustrofóbico y, en consecuencia, trasladarse al campo para disfrutar de un ritmo de vida más pausado y dedicar más tiempo a la naturaleza, a su familia y a sí mismo. Sin embargo, transcurridos algunos años, empieza a aburrirse (incluso consigo mismo) y a echar de menos las comodidades y el estilo de vida urbano. Dicho con otras palabras, ya se trate del lugar de residencia, el trabajo, el coche o la pareja, transcurrido un corto periodo de «luna de miel» de supuesta felicidad, las personas tienden a sentirse insatisfechas con su suerte.

Nuestro sufrimiento no tiene absolutamente nada que ver con el hecho de que la mente siempre esté recogiendo impresiones. La adherencia es una cualidad natural de la mente y, por tanto, es inevitable que esta «asimile» los distintos fenómenos y situaciones con los que se encuentra. Por el contrario, el sufrimiento aparece porque forjamos todo tipo de complejas relaciones con estas impresiones mentales y nos apegamos o nos oponemos a ellas, así como a los fenómenos y situaciones que las han generado. En lugar de aceptar y experimentar los fenómenos ambientales y psicológicos «como son», siempre tenemos que hacerlo desde la perspectiva del «mí», lo «mío» y el «yo». En cada momento del día, estamos en contacto con muchas cosas hermosas, pero como siempre estamos alimentando una telenovela en nuestra mente y en la mente de otras personas, somos incapaces de experimentar dicha belleza.

Si el astronauta dejase de añadir y sustraer conceptos a los cuerpos celestes que observa, su ventana de observación sería mucho más grande. Tendría entonces una nave espacial totalmente transparente, desde la cual disfrutaría de una perspectiva de 360 grados.

De hecho, a medida que vamos ganando experiencia en el uso de la meditación para socavar el ego, las paredes de la nave espacial empiezan a derrumbarse por completo y llegamos a un punto en el que ya no existe barrera alguna que nos separe de las impresiones que se han formado en la mente.

Carecer de toda capa protectora puede parecer una perspectiva desalentadora, pero, al darnos cuenta de que estas impresiones carecen de sustancia y de que no son sino nuestras propias proyecciones mentales, también nos percatamos de que no hay –y nunca ha habido– nada que temer.