La vida como ingeniera y artista

Aprender de la naturaleza, en vez de querer dominarla, es la idea central de una disciplina que nació a finales del siglo XX: la biomimética o biomímesis («imitación de la vida», del griego bíos, «vida», y mímesis, «imitación»). La biomimética es el estudio de la inteligencia y creatividad de la naturaleza a fin de diseñar materiales, procesos y estructuras más eficientes y más llenos de vida.

Theodosius Dobzhansky, uno de los padres del neodarwinismo, afirmaba que todo organismo es «una obra de arte».[1] Como señalaba Thich Nhat Hanh desde su lucidez y sensibilidad:

Entre nosotros hay músicos y compositores muy dotados, pero la más extraordinaria de todas las músicas es la creada por la Tierra. También hay, entre nosotros, pintores y artistas extraordinarios, pero la Tierra es la que ha elaborado los paisajes más hermosos. Si miramos con atención, veremos las muchas maravillas que pueblan la Tierra. No hay científico que pueda crear el hermoso pétalo de la flor de un cerezo o la delicadeza de una orquídea.[2]

En palabras de un entomólogo, hay pocas cosas que puedan compararse con «la belleza y la variedad de los diseños de las alas de las mariposas»: hay unas cien mil especies en el orden de los lepidópteros, y cada una de ellas se caracteriza por un diseño único en sus alas.[3] Pero no se trata solo de una cuestión estética: la naturaleza es a la vez un modelo para el artista y para el ingeniero. Estudiando el vuelo de las aves, Georg Rüppell se preguntaba si con lo que sabemos de ingeniería y aeronáutica podríamos «diseñar un ave mejor». Podemos combinar las mejores características de cada especie y retocar todos los parámetros, pero vemos que «no es posible intercambiar arbitrariamente las características de las diversas especies de aves».[4] De hecho, ni tan siquiera seríamos capaces de producir algo en apariencia tan simple como la pluma de un pájaro:

Las plumas son objetos maravillosamente ligeros. Pese a su ligereza, son resistentes y flexibles y no requieren ningún cuidado especial. Proporcionan amortiguación, aislamiento térmico y una superficie que repele el agua. Y, todavía más importante, son fácilmente reemplazables.[5]

Un célebre pionero de la biomimética es Leonardo da Vinci, paradigma de la inteligencia creadora. Leonardo se esforzó en aprender de la naturaleza, fascinado por la belleza y la eficiencia que observaba en las formas y procesos naturales. Diseñó aparatos voladores basándose en el vuelo de las aves e intentando imitar exactamente su anatomía. Estudió detalladamente cómo fluye el curso de los ríos a fin de diseñar sistemas hidráulicos que hoy llamaríamos biomiméticos –en el Códice Leicester escribe que «para desviar un río de un lugar a otro, hay que persuadirlo en vez de coaccionarlo». Y en sus diseños de edificios y ciudades, visualizaba el movimiento de las personas y las cosas como si se tratara del metabolismo de un organismo.[6]

Muchos de los problemas que se plantean en el diseño contemporáneo han sido resueltos satisfactoriamente por los organismos y ecosistemas a lo largo de su evolución, con soluciones que integran eficacia, elegancia y sostenibilidad. Por ejemplo, el hilo de la tela que teje la araña es, en relación con su peso, cinco veces más resistente que el acero –y mucho más flexible–. Las orejas de mar o abulones (moluscos del género Haliotis) producen un caparazón el doble de resistente que nuestros materiales tecnológicos más sofisticados. Y los mejillones generan una sustancia que funciona perfectamente como adhesivo en el agua. Son materiales extraordinarios, hechos en silencio, a temperatura ambiente, con la energía del metabolismo y sin generar residuos tóxicos.

Podemos considerar que la biomimética nace como disciplina en 1997, cuando Janine Benyus publica Biomimicry, donde recopila multitud de ejemplos del ingenio de la naturaleza. Benyus contempla la naturaleza como modelo (la hoja del árbol como modelo para la energía solar), medida (cuanto más nos acerquemos a los diseños de la naturaleza, más probable es que sean funcionales, ecológicos y duraderos) y mentora (la naturaleza no como objeto a explotar, sino como maestra).[7] La biomimética permite imaginar biotecnologías radicalmente distintas de las que hoy tenemos, que en vez de intentar manipular y dominar la naturaleza aprendan con humildad de sus procesos: por ejemplo, estudiando la prodigiosa bioquímica de la célula, no para alterarla, sino para tomarla como modelo, medida y mentora.

Al caminar por las calles, hay quienes se fijan en las novedades de los escaparates y quienes admiran la arquitectura o los automóviles. Muy pocos admiran los árboles, pequeños o grandes, siempre majestuosos, que crecen entre el asfalto y el cemento. William Blake veía los árboles como seres prodigiosos: «El árbol que hace llorar de gozo a algunos, a los ojos de otros no es más que un obstáculo verde en su camino». ¿No son los árboles un prodigio más extraordinario que cualquier invención humana? El árbol produce oxígeno, absorbe dióxido de carbono, fija nitrógeno, genera azúcares complejos, destila agua, produce madera, aprovecha la energía solar de manera extraordinariamente eficiente, se convierte en una escultura polícroma y cambiante, crea un microclima, se crea a sí mismo y se reproduce en incontables variaciones. ¿No tiene alguna forma de inteligencia?

Pioneros de la biología de la conciencia

Ya en 1966, Hans Jonas sugería que hay un vínculo indisoluble entre lo orgánico y lo mental.[8] Poco después, diversos científicos empezaron a proponer algún tipo de experiencia mental como rasgo definitorio de la vida. En 1969, durante su estancia en Puerto Rico, el biólogo madrileño Faustino Cordón (1909- 1999) publicó por vez primera su concepción de la experiencia como característica esencial de todo ser vivo. También en 1969, de manera independiente, apuntaban a una idea semejante Humberto Maturana (durante su estancia en Chicago, invitado por Heinz von Foerster) y Gregory Bateson (en un congreso sobre salud mental en Hawái).[9]

Tras cuatro décadas utilizando el tecnicismo cognición para evitar algunas implicaciones de la palabra inteligencia, hoy la literatura científica empieza a reconocer que cognición sencillamente significa inteligencia.[10]

Notas

  1. Lorenz (1963).

  2. Lorenz (1963, pág. 25).

  3. Véase Ricard (2015a), Rosslenbroich (2014, págs. 188-191),

    De Waal (2007, 2009) y Augros y Stanciu (1987), y los in- tentos de revaluación de la naturaleza humana de Sahlins (2008), Tomasello (2009) y Rifkin (2010).

  4. El Diccionario de la Real Academia (vigésima segunda edición, 2001) define apetencia como «Movimiento natural que inclina al hombre a desear algo». Pero no hay por qué restringir el término al «hombre». El mismo diccionario re- mite apetencia a apetito, que es definido más ampliamente como «Impulso instintivo que lleva a satisfacer deseos o necesidades». El Shorter Oxford English Dictionary (quinta edición, 2002) define appetition como «The directing of any kind of desire towards an object or purpose».

  5. Sacks (1995, pág. 7). Sacks destaca otro de los talentos de Goldstein como «a feeling for the organism» que se echa en falta «in so many of our teachers and texts» (pág. 7). So- bre la influencia de Goldstein en Maslow, véase Hoffman (2009, especialmente las págs. 133-137). Maslow es autor de un importante y desconocido estudio sobre la psicolo- gía de la ciencia (1966), además de sus textos clave sobre autorrealización (1968, 1993 [1971]).

  6. El título original alemán es Der Aufbau des Organismus [La construcción del organismo]. Apareció en inglés en 1939 (Nueva York: American Book Company) y existe una edición más reciente (The Organism, Nueva York: Zone Books, 1995). Maslow cita por primera vez The Organism en 1941, y a partir de entonces menciona esta obra en la práctica totalidad de sus artículos teóricos.

  7. Goldstein (1995, pág. 162): «the tendency to actualize, as much as possible, its individual capacities, its “nature”, in the world». Goldstein considera que el impulso hacia la autorrealización (Selbstverwirklichung en el original ale- mán) es el impulso básico y fundamental de la vida («Only one drive: self-actualization», pág. 163). Cabe decir que Maslow, a pesar de centrarse en la psicología, no la separa de la biología. Así, el último capítulo de su obra definitiva versa sobre «el fundamento biológico» de «la vida valorati- va (espiritual, religiosa, filosófica, axiológica, etc.)» (1993, págs. 289 y 313 [=1985, págs. 355 y 388]).

  8. Goldstein (1995, pág. 47): «the “mere being alive” plays, of course, a prominent but by no means the essential role. Under extreme circumstances, it can be compatible with the “nature” of an organism to renounce life, that is, to give up bodily existence, in order to save its most essential characteristics –for example, a man’s ethical convictions».

  9. ¿Por qué el impulso hacia la propia conservación, hacia la mera supervivencia, se considera «la ley básica de la vida» (the basic law of life)?: «I believe such a concept could arise only because one had assumed, as a starting point, the experiences in abnormal conditions or experimental situ- ations. The tendency to maintain the existent state is char- acteristic for sick people and is a sign of anomalous life, of decay of life. The tendency of normal life is toward activity and progress. For the sick, the only form of self-actualization that remains is the maintenance of the existent state» (Goldstein 1995, pág. 162, véase también págs. 325-339).

  10. Goldstein (1995, pág.163): «to actualize itself in further activities, according to its nature».

Editorial Kairós

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