El arte de ser y la falacia del conflicto entre pasión y razón

La fijación por encontrar la existencia de conceptos opuestos que esclarezcan sin ambages una problemática es, quizás, uno de los mayores vicios de ciertos filósofos o corrientes filosóficas. Como si evitar los matices fuese la mejor forma para encontrar la respuesta definitiva a planteamientos que, en realidad, requieren una mayor complejidad y sutileza.

Pero solo si dejamos de lado las posiciones del blanco y el negro seremos capaces de desactivar tópicos y falacias como la que compartimos en Letras Kairós contenida en el libro El arte de ser de Mónica Cavallé: el falaz y persistente conflicto entre la pasión y la razón. Mónica Cavallé, Dra. en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y actual directora de la Escuela de Filosofía Sapiencial, expone en su última obra El arte de ser. Filosofía sapiencial para el autoconocimiento y la transformación la importancia de la filosofía entendida con rigurosidad contemporánea y una profunda perspectiva histórica.

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Este principio filosófico, el que arma la íntima unidad existente entre pensamiento, emoción y conducta, quiebra una creencia habitual en nuestra percepción ordinaria de las cosas: la de que la lógica de la pasión y la del pensamiento son diferentes, incluso radicalmente diferentes. Esta creencia se fundamenta en una experiencia común:

«Con frecuencia no hacemos lo que sabemos que es bueno para nosotros; a menudo nuestras emociones e impulsos nos conducen en direcciones contrarias a las que nuestra razón considera convenientes.»

MÓNICA CAVALLÉ 

(«Sé lo que es bueno para mí, pero no lo hago»; «Quiero, pero no puedo»; «Hago lo contrario de lo que sé que me beneficia»; «Sé que esa persona me perjudica, pero sigo con ella, luego mi corazón y mi razón están en conflicto»; etcétera).

En efecto, ante situaciones de este tipo, que evidencian una división interior, con frecuencia concluimos que, dado que tenemos claridad racional sobre lo que es bueno y conveniente, no nos hallamos ante un problema filosófico, sino ante un conflicto estrictamente emocional; o bien apelamos, para explicar esa división, a la falta de fuerza de voluntad (desde el supuesto de que la voluntad y el conocimiento están disociados) o a los impulsos inconscientes autodestructivos (que precisan del abordaje de la psicología profunda).

Ahora bien, también en las situaciones descritas sigue siendo válido el principio según el cual nuestras emociones e impulsos y nuestros pensamientos son indisociables.

No hay en nosotros una suerte de instancia racional en conflicto con otra instancia pasional. Lo que hay son ideas en conflicto, si bien no solemos ser conscientes de muchas de ellas. Tampoco es que algunas de nuestras tendencias quieran lo mejor para nosotros, y otras saboteen este objetivo. Todas ellas se orientan hacia lo percibido como un bien, como determina el conatus que nos constituye; solo que tenemos ideas erradas y contradictorias sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

 

Como se explicará también en el capítulo "Serenidad" de El arte de ser, a algo similar apuntan los filósofos estoicos cuando, frente a la división platónica y aristotélica entre un alma racional y otra irracional (esta última responsable de las pasiones), sostienen que no hay sino una única alma racional, la cual, eso sí, puede asentir a ideas racionales o irracionales, lo que se traduce, respectivamente, en impulsos, emociones y conductas armónicas, o bien pasionales.

 

«La creencia de que la lógica del pensamiento y la de la emoción son diferentes tiene fundamento, pero solo desde una mirada superficial a nuestra propia interioridad.»

MÓNICA CAVALLÉ

Si tal contradicción parece incuestionable, es porque no hemos advertido que el ámbito de nuestras representaciones es mucho más amplio y complejo que el de nuestros juicios y pensamientos más conscientes, con los que de forma más inmediata nos identificamos. 

En efecto, todos tenemos opiniones latentes que desconocemos. Se trata de creencias que, como expresaba Dewey, no han sido fruto del discernimiento propio, a las que no hemos asentido de forma reflexiva, sino que hemos asumido inadvertidamente, muchas veces provenientes de nuestro condicionamiento sociocultural y psicobiográfico. Muchas de ellas son generalizaciones y conclusiones erróneas realizadas al hilo de nuestras experiencias tempranas (por ejemplo: «Si me permito ser vulnerable, sufriré»; «Si pienso de forma independiente, estaré solo»; «Cuando me muestro impotente y débil, soy protegido y amado»; «Solo soy amado si soy perfecto»; «La fuente del universo carece de bondad: mejor depender solo de uno mismo y no confiar»...).

Estas creencias no examinadas pueden ser muy distintas de las ideas que hemos ido asumiendo en nuestra vida adulta; pero siguen latentes en nosotros, entran en conflicto con nuestras ideas más conscientes y, a nuestro pesar, configuran nuestra experiencia.

Retomando el ejemplo del capítulo pasado: los juicios presentes en los patrones problemáticos del hombre que acudió a mi consulta («Soy inferior», «No valgo incondicionalmente, por el hecho de ser», «Vales por lo que tienes»...) en ningún caso se correspondían con sus convicciones intelectuales, las propias de alguien que postula vehementemente la igualdad de todos los seres humanos en esencia, dignidad y valor intrínsecos.

Esto último enlaza con lo explicado en el capítulo pasado de El arte de ser sobre los «yoes». Como sostenía Gurdjieff, la unidad en el espacio del psiquismo es una quimera mientras no nos conozcamos a nosotros mismos, pues nuestros «yoes» superficiales son múltiples.

No solemos caer en la cuenta de que conviven en nosotros «yoes» distintos, cada cual con creencias e impulsos diferentes, porque transferimos nuestro sentimiento ontológico de unidad al plano psicológico. En virtud de esta errada transferencia, creemos que cuando decimos «Yo pienso esto» o «Yo quiero esto» lo dice nuestro ser total.

Afirmar la diversidad de nuestros «yoes» no equivale a sostener que hay en nosotros una multiplicidad de entidades llevando el control, pues esos «yoes» no tienen sustancialidad. Sencillamente, nos identificamos de forma alternativa, y más o menos consciente, con distintas voces interiores, cada una con sus propios juicios y valores, las cuales activan, a su vez, conductas y emociones dispares.