¿Ha encogido nuestra atención?

Daniel Goleman estudia los mecanismos de la atención en su libro Focus, y nos sugiere múltiples vías para mejorarla y entrenarla. Sin embargo, en el inicio de su aclamado libro, se pregunta por si los cambios tecnológicos y la aparición de la televisión o los ordenadores, han mermado nuestra atención. Como veremos, la ciencia desmiente tales afirmaciones y, de hecho, la red puede ser una vía para ampliar nuestro conocimiento y aprendizaje más allá de nuestras capacidades individuales.

Una orquesta de swing de Shanghái tocaba música lounge en un salón de congresos atestado por cientos de personas. Y, en medio de toda esa actividad, Clay Shirky, sentado ante una pequeña mesa de bar circular, no dejaba de aporrear furiosamente el teclado de su laptop.

Hacía años que había entablado contacto con Clay, un estudioso de los medios sociales formado en la Universidad de Nueva York, aunque todavía no había tenido la ocasión de encontrarme con él personalmente. Permanecí varios minutos a su derecha, a menos de un metro de distancia, fuera de su campo de atención, pero al alcance de su visión periférica, si es que prestaba atención a esa banda. El hecho es que Clay no se percató de mi presencia hasta que pronuncié su nombre, momento en el cual, sobresaltado, levantó la mirada y empezamos a hablar. La atención es una capacidad limitada y la concentración de Clay parece coparla por completo hasta que la dirige hacia mí.

“Siete más o menos dos” chunks de información ha sido considerado, desde la década de los cincuenta, el límite superior del foco de atención, cuando Neal Miller propuso, en uno de sus más influyentes artículos de psicología, lo que denominó su “número mágico”.[1]

Más recientemente, sin embargo, algunos científicos cognitivos han afirmado que el límite superior es de 4 chunks.[2] Lo que más llamó entonces la limitada atención del público (durante un breve periodo de tiempo, todo hay que decirlo), mientras el nuevo meme se difundía, fue que la capacidad mental parecía haber experimentado una contracción de 7 a 4 bits de información. «Se ha descubierto –proclamó entonces un sitio web dedicado a la ciencia– que el límite de la mente son 4 bits de información.»[3]

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Hubo quienes interpretaron ese dato como el merecido castigo por la distracción característica del siglo XXI, dando así abiertamente por sentada la contracción de esa capacidad mental fundamental.

Pero esa es una interpretación equivocada porque, según Justin Halberda, científico cognitivo de la Universidad de Johns Hopkins: «La memoria operativa no se ha encogido. No se trata de que, fruto de la televisión, nuestra memoria operativa se haya reducido», es decir, de que todo el mundo, en los años cincuenta, tuviese un límite superior de 7 más o menos 2 bits de información y de que, en la actualidad, ese límite sea de 4.

«La mente, muy al contrario, trata de aprovechar lo mejor que puede sus limitados recursos –prosigue Halberda–. Por ello apelamos a estrategias que ayuden a la memoria», como agrupar elementos diferentes (como 4, 6, 0, 0 y 3) en un solo chunk (que puede ser, pongamos por caso, el distrito postal 46003). «Es muy probable que el límite de una tarea de memoria sea de 7 más o menos 2 bits y que, empleando diferentes estrategias de memoria, ese límite se descomponga en otro de 4 más menos 3 o 4. Dependiendo, pues, del modo en que los midamos, 4 y 7 son dos límites adecuados.»

Y el supuesto de que, durante la multitarea, nuestra atención se “divide”, es también, desde la perspectiva de la ciencia cognitiva, falso. La atención es un canal estrecho y fijo que no podemos escindir. En lugar de dividir simultáneamente la atención, lo que realmente hacemos es llevarla de un lado a otro. Es como si hubiese un interruptor que alternase rápidamente la atención entre la modalidad abierta y la modalidad concentrada.

«El recurso más precioso de un ordenador no está en su procesador, en su memoria, en su disco duro ni en la red, sino en la atención humana», concluye un grupo de investigación de la Universidad de Carnegie Mellon.[4] Y la solución esbozada para resolver los problemas generados por este cuello de botella gira en torno a la minimización de las distracciones. El proyecto Aura [un novedoso sistema de iluminación destinado a maximizar las probabilidades de que una bicicleta, por ejemplo, sea vista desde cualquier ángulo] se centra en la eliminación de los problemas técnicos molestos de los sistemas, que tanta pérdida de tiempo acarrean.

Por más loable que sea, sin embargo, el objetivo de descubrir un sistema de computación sencillo no nos lleva muy lejos. La solución que precisamos no es tecnológica, sino cognitiva. Y ello es así porque la fuente de las distracciones no radica en la tecnología, sino en nuestra cabeza.

Y esto es algo que me llevó de nuevo a Clay Shirky y, muy especialmente, a su investigación sobre los medios sociales.[5] Aunque nadie pueda concentrarse simultáneamente en todo, podemos crear juntos una atención colectiva que posea un ancho de banda al que cualquiera, cuando lo necesite, pueda conectarse. Y el ejemplo que, en este mismo sentido, nos proporciona Wikipedia resulta muy ilustrativo.

Como dice Shirky en su libro Here Comes Everybody, la atención (como la memoria o cualquier experiencia cognitiva) puede ser considerada como una capacidad distribuida entre muchas personas. «Lo que ahora es una tendencia al alza» indica el modo en que distribuimos nuestra atención colectiva. Y aunque haya quienes afirmen que el aprendizaje memorísitico o tecnológicamente asistido nos embota, no debemos olvidar que también puede contribuir a crear una prótesis mental que amplíe el rango de nuestra atención individual.

Nuestro capital social –y la amplitud de nuestra atención– aumenta en la medida en que lo hace el número de vínculos sociales que nos proporcionan información crucial, como el conocimiento tácito, independientemente de que estemos refiriéndonos a un nuevo vecindario o a una nueva organización, del «modo en que aquí funcionan las cosas».

Las relaciones informales pueden convertirse así en ojos y oídos extras abiertos al mundo o fuentes [en la acepción periodística del término] clave de la guía que necesitamos para movernos en ecosistemas sociales y de información complejos. Las personas suelen tener unos cuantos lazos muy fuertes (es decir, amigos en los que confía) y centenares de lazos débiles (como, por ejemplo, los “amigos” de Facebook). Estos últimos poseen un alto valor como potenciadores de nuestra capacidad de atención y fuente de comentarios sobre ofertas de trabajo, ocasiones de compra y posible pareja.[6]

La coordinación entre lo que vemos y lo que sabemos enriquece nuestro funcionamiento cognitivo. Y es que aunque, en un determinado momento, la cuota disponible de memoria operativa sea pequeña, el monto global de información que podemos recibir y emitir a través de esa estrecha rendija resulta extraordinario. La inteligencia colectiva de un grupo (es decir, lo que ven muchos ojos) promete ser mucho mayor que la suma de la inteligencia de los diferentes individuos que lo componen y amplia, por ello mismo, nuestro foco.

Una investigación, llevada a cabo en el MIT [Massachusetts Institute of Technology], sobre la inteligencia colectiva considera que esta capacidad emergente se ve instigada por el modo en que compartimos nuestra atención en internet.

Esta es una afirmación que habitualmente se ilustra con el siguiente ejemplo: mientras que millones de sitios web orientan nuestra atención hacia nichos muy estrechos, la búsqueda en la Red favorece la selección y orientación de nuestro foco de atención de modo que podamos servirnos eficazmente de todo ese esfuerzo cognitivo.[7]

«¿Cómo podemos conectar a personas y ordenadores –se pregunta el grupo del MIT en cuestión– de un modo que aumente nuestra inteligencia colectiva más allá de la de cualquier persona o grupo aislado?»

O, como dicen los japoneses: «Todos somos más inteligentes que cualquiera de nosotros aisladamente considerado».

Notas:

  1. George A. Miller, «The Magical Number Seven, Plus or Minus Two: Some Limits on our Capacity for Processing Information», Psychological Review, 63, 1956, págs. 81‐97.

  2. Steven J. Luck y Edward K. Vogel, «The Capacity for Visual Working Memory for Features and Conjunctions», Nature, 390, 1997, págs. 279‐281.

  3. Clara Moskowitz, «Mind’s Limit Found: 4 Things at Once», LiveScience, 27 de abril, 2008, http://www.livescience.com/2493‐mind‐limit‐4.html.

  4. David Garlan et al., «Toward Distraction‐Free Pervasive Computing», Pervasive Computing, IEEE, 1, número 2, 2002, págs. 22‐31.

  5. Clay Shirky, Here Comes Everybody. Nueva York: Penguin Books, 2009.

  6. Estos lazos débiles pueden ser considerados, en la política de las organizaciones, como una fortaleza oculta. En las organizaciones matriciales, la gente, en lugar de trabajar ateniéndose a una cadena de mando, tiene que influir en alguien sobre quien no tiene el menor control. Los lazos débiles, en cuanto relaciones a las que podemos recurrir en busca de ayuda o consejo, constituyen un capital social muy interesante. A falta de cualquier vínculo natural con el otro grupo en el que debamos influir, nuestras oportunidades son muy limitadas.

  7. Véase la entrevista de Thomas Malone en Edge.org, http://edge.org/conversation/collective‐intelligence.