¿Estas satisfecho con tu vida? Estas historias pueden hacerte sentir mejor

Anselm Grün es monje en la abadía de Münsterschwarzach y el autor espiritual más conocido en Alemania. En su libro De la felicidad en las pequeñas cosas se pregunta desde diversas perspectivas por la satisfacción y el cómo uno se siente satisfecho con la vida que tiene. En este fragmento del libro, Grün expone las experiencias de diversos casos de personas que, no exentas de dificultades, han logrado seguir adelante, aceptando su situación y eliminando las falsas ilusiones que muchos tendemos a hacernos respecto a cómo deberían ser las cosas.

La insatisfacción con las cosas o con otras personas tiene en la mayoría de los casos una causa profunda: la insatisfacción con la propia vida. Uno se concentra en todo lo que no va bien. Uno se queja sobre los vecinos, que son demasiado ruidosos, que son poco amistosos, que pasan de largo, o que son demasiado curiosos y siempre quieren entablar conversación. A todo hay que ponerle pegas. Uno está insatisfecho con la vida tal como se ha desarrollado hasta ese momento, con la carrera profesional, con la situación actual de la empresa, con los parientes, con la familia. Naturalmente siempre existen razones para estar insatisfecho. Y entre los familiares, en la empresa, en la historia vital de cada uno existen cosas que no son fáciles de aceptar. Pero a pesar de todo ello pertenece a mi comportamiento interior cómo reacciono ante lo que me ocurre.

La persona satisfecha está en consonancia con su vida. Con frecuencia lo ha pasado mal cuando las cosas no han ido como se había imaginado. Pero se ha adaptado a ello con rapidez y le ha dicho que sí a todo. Ve su vida en relación con la vida de otras personas. Así puede decir: «Estoy satisfecho. Estoy sano. Tengo una familia, que me acoge, en la que me siento bien. Tengo una profesión, que me gusta ejercer, que me da alegría. Y estoy agradecido por mi fe, que me apoya».

La persona satisfecha se ha despedido de las ilusiones, que es posible que también tuviera en su momento. Lo acepta todo como es.

Hace poco durante una conferencia en una iglesia conocí a un anciano sacristán. Emitía ese tipo de satisfacción y estaba satisfecho con su párroco, con su comunidad. Saludaba amablemente a los que entraban en la sacristía y buscaban el baño. Hablaba con alegría y lleno de amabilidad sobre las personas de su comunidad. Se alegraba de que en los días laborables acudieran a misa unos treinta feligreses, disfrutando de celebrar cada día la fiesta de la eucaristía, de encontrarse, de hablar después de la misa y de contarse sus vidas. Así cada una de esas personas sabe de todas las demás y conoce lo que les mueve. Y uno se siente en casa en medio de la ciudad, acogido por una comunidad de creyentes. Este sacristán amistoso y satisfecho también emanaba sabiduría. Sentía que este hombre no juzgaba a nadie, que estaba abierto a todas las personas, para los feligreses con sus peculiaridades y para los extranjeros y los refugiados. Como está satisfecho con su vida, la satisfacción que emana de él también hace bien a todos los que se encuentran con él.

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No mantuve una conversación larga con él. No hubo oportunidad. Pero me puedo imaginar con facilidad cómo ha transcurrido la vida de ese hombre. Estoy seguro de que no todo le fue bien. La satisfacción que emanaba de este anciano, seguramente la alcanzó atravesando algunas dificultades, que habría vivido algunas enfermedades, que habría sufrido algunas decepciones y heridas. Pero no se dejó aplastar por todas las dificultades y dijo sí a su vida. Por eso surgía de él una satisfacción, que no era impostada, sino auténtica y verdadera. Estas personas satisfechas son una bendición para su entorno.

Una de mis tías perdió a su esposo en la guerra y, cuando esta terminó, tuvo que llevar sola la granja. Después se casó con el mozo que había contratado. Al cabo de unos años dos de sus hijos murieron de cáncer, posiblemente leucemia. Pero aun así siguió siendo una mujer alegre llena de vitalidad. Cuando le pregunté cómo a pesar de todo podía irradiar esta satisfacción, me respondió: «Cada uno debe llevar su cruz». No se había rebelado contra su destino. Lo había aceptado como la cruz que Dios le había cargado. Esta idea de llevar la cruz no remitía a la resignación, sino a la paz interior y a estar en consonancia con la vida. Su fe le había dicho que la cruz existía. No se había buscado su cruz. Pero al encontrarla, la aceptó como un desafío. Y creció gracias a ella. A pesar de todo, estaba satisfecha con su vida, y esta satisfacción surgía de ella. Era muy agradable hablar con esta mujer. De ella surgían unas grandes ganas de vivir.

En los últimos veinticinco años de su vida, mi madre solo tuvo un tres por ciento de visión. Había perdido a su esposo cuando tenía sesenta y un años. Pero en su vejez siempre brilló de satisfacción. Aceptó la vida como se presentó. Cuando se le preguntaba cómo le iba, siempre respondía: «Estoy satisfecha».

Se había reconciliado con su enfermedad y había intentado sacar lo mejor de ella, y conservar sus sólidos rituales, que le daban seguridad. Le gustaba conversar con las personas y se alegraba cuando les podía regalar un poco de ganas de vivir. De igual manera, conozco a muchas personas ancianas que irradian satisfacción, aunque padezcan alguna enfermedad y sean muy conscientes de sus debilidades y limitaciones. No están obsesionadas con las limitaciones y el deterioro, sino que se centran en lo que aún pueden hacer, en lo que aún les es posible. Estas personas ancianas que irradian satisfacción son una bendición para su entorno. Pero como es normal, también nos encontramos con ancianos que siempre se están quejando. Se sienten solos, abandonados por Dios y por los demás. Uno se aleja instintivamente de ellos para no quedar contagiado por su insatisfacción.

Con frecuencia las personas ancianas me explican su vida. En ella hay mucho sufrimiento: experiencias durante la guerra, expulsiones, añoranza, rechazo por parte de los autóctonos al ser refugiados, la necesidad de ganarse trabajosamente la vida..., pero, a pesar de todo ello, me cuentan su vida tal como fue, sin responsabilizar a nadie. Fue dura y amarga. Pero están orgullosos de haberlo soportado todo. Y por eso están reconciliados con su vida y se sienten agradecidos por seguir viviendo, por estar sanos hasta cierto punto y tener una casa bonita y una familia, con hijos y nietos. No obstante, también hay personas ancianas que están solas y, aun así, hablan con frecuencia de su vida con satisfacción. Les habría gustado tener una familia, pero no fue posible. No están amargadas, sino en consonancia con la vida tal como es. Se sienten en la parroquia como en casa. Se preocupan por otras personas. Y están agradecidas de que les vaya mejor que a otros muchos que se encuentran cuando visitan los hospitales o las residencias de ancianos.

Aparentemente, la satisfacción con la vida no depende de lo que ha vivido cada persona, sino de la manera como ven e interpretan en la actualidad lo que han vivido. Y es decisión nuestra cómo contemplamos la vida pasada, si lo hacemos con amargura o con agradecimiento.

No podemos cambiar el pasado. Ha desaparecido. Pero podemos decidir cómo contemplamos nuestra vida pasada y nuestra situación actual. Quien lo mira con un ojo satisfecho lo vivirá de manera diferente que quien siempre se está quejando y se siente perjudicado por el destino.