En defensa del vegetarianismo como solución global

A través de un recorrido por sus hábitos alimenticios desde la infancia hasta la actualidad, Naren Herrero aborda la necesidad del vegetarianismo como solución directa y accesible para la mayoría de problemas del mundo, desde el cambio climático al sufrimiento animal. En este fragmento de su libro Hinduismo para la vida moderna, Herrero cita como referencia a diversos maestros de la tradición hindú, aunque también expone cómo el progreso y la influencia occidental han normalizado el consumo de carne en países como India.

En general nunca he sido un activista, ni he intentado convencer a nadie de modificar sus hábitos, más allá de emitir mi simple opinión en el caso de que sea solicitada. La única excepción es el vegetarianismo. Hubo una época en que una comida con personas desconocidas era un terrible plan para mí pues sabía que me preguntarían «¿por qué eres vegetariano?» y cuestiones similares. Ahora casi me gusta que me lo pregunten, aunque con mis respuestas trato de ser siempre muy delicado.

Cuando nací, mis padres se acababan de volver ovolacto-vegetarianos por elección propia debido a su involucramiento con el yoga y la filosofía espiritual de la India. Por tanto, mi hermano y yo fuimos criados con esa dieta, al menos en nuestra tierna infancia. Pero no se trataba de simplemente no comer carne, sino que la alimentación que recibimos estaba basada en una dieta naturista que incluía muchas frutas y legumbres y en la que la cocción de las verduras era generalmente al vapor, cuando no crudas; además de evitar productos industrializados, azúcar o harinas refinadas. Es verdad que aquellos batidos de remolacha cruda con zanahoria pueden haber dejado alguna mella de trauma en mi inconsciente infantil, pero quien peor lo llevaba era mi hermano, que en su momento pronunció una famosa frase familiar: «Cuando sea grande comeré hasta iguana».

Más allá de estas anécdotas, también recibimos las típicas indulgencias pueriles de golosinas y helados, y para nada creo tener alguna represión de aquellos tiempos. Lo cierto es que soy un ejemplo de que un niño criado bajo dieta vegetariana puede crecer sano físicamente y que, para ello, la carne no es fundamental como sostienen muchas personas.

Basándose en sus lecturas –especialmente La Ciencia sagrada de Swami Sri Yukteswar–, mis padres estaban convencidos de que el ser humano, por razones anatómico-fisiológicas, no nació para ser omnívoro, sino más bien frugívoro, justamente por sus diferencias con el resto de los animales que sí son naturales comedores de carne. Entre estas diferencias se enumeran la forma de la dentadura, el tamaño de los intestinos, la carencia de garras, y también la natural repulsión a la carne cruda que tenemos los humanos, tanto al gusto como a la vista.

Pasó el tiempo y yo ya tenía unos 10 años cuando mis padres abrieron un nuevo negocio: un restaurante. El detalle es que no se trataba de un restaurante vegetariano, pues en aquel entonces, y en una zona rural de Argentina, no tenía ninguna posibilidad de triunfar. De a poco, el restaurante empezó a funcionar y, también de a poco, me fui relacionando con la comida no vegetariana. Si bien la dieta familiar se mantuvo siempre básicamente vegetariana, nuestros hábitos alimenticios cambiaron gradualmente y comencé a comer carne (también mi hermano, que de todos modos nunca llegó a probar iguana). Aun así, yo tenía muchas manías: la carne tenía que estar muy cocida, casi quemada; prefería la carne blanca que la roja, y además era muy conservador, sin llegar a probar ciertas partes del animal que me parecían muy explícitas (entrañas, sesos, lengua), por más deliciosas que me dijesen que eran.

Para cualquier persona nacida y criada en Argentina, donde tradicionalmente se comía carne cada día, ser vegetariano era considerado algo raro. De hecho, durante mi adolescencia fue la época en que más carne debo haber comido, sobre todo como forma de sentirme parte de un grupo, que es lo que todos los adolescentes necesitan sentir. Cuando empecé la universidad seguí comiendo carne, sobre todo comida chatarra como hamburguesas y los famosos choripanes cordobeses, parte fundamental de la dieta de cualquier estudiante. Fue solo después de mi primer viaje a la India, a los 24 años, cuando definitivamente abandoné la carne, sin realmente ningún tipo de esfuerzo, seguramente debido a mi infancia vegetariana.

Mi vegetarianismo nunca estuvo basado en la mera búsqueda de buena salud física, aunque ya está ampliamente demostrado que ese beneficio también existe. En 2015, la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) divulgó un informe que decía que el consumo excesivo de carne roja –y muy especialmente de carne procesada– está asociado con una mayor incidencia de varios tipos de cáncer, sobre todo el colorrectal y, en menor medida, el cáncer de páncreas y de próstata y quizás de estómago, sumado a los ya conocidos riesgos de enfermedades del corazón o diabetes. De todos modos, la OMS no recomienda dejar de comer carne; sino más bien moderar su consumo, pues considera que también «tiene beneficios para la salud». Todo informe tiene su contrainforme y las discusiones sobre la dieta suelen ser incluso más viscerales que las religiosas o políticas, pues en un día normal generalmente uno come mucho más de lo que le reza a Dios o piensa en la reforma fiscal.

Por ello, el primer motivo por el que dejé definitivamente de comer carne fue el mismo que había movido a mis padres a modificar su dieta: la necesidad de purificar el cuerpo físico, claro, pero también el cuerpo energético. En palabras de mi maestro Swami Premananda:

«Cuando se mata a cualquier criatura, su cuerpo se llena de miedo y terror. Se liberan entonces ciertas sustancias químicas, tal como la adrenalina. Más tarde, si comes esa criatura, también estás comiendo la misma energía de miedo y las mismas sustancias. Así que, ahora has puesto trozos de cadáver en tu estómago. Has convertido tu estómago en un cementerio [...] ¿Piensas que es bueno enterrar animales, pescados y aves muertas en tu cuerpo? ¿Cómo puedes volverte puro en cuerpo y mente si los estás llenando de carne muerta que se descompone? Es sin duda muy difícil».

En la misma línea, el yogui Dharma Mittra explica que si uno come carne no puede progresar en su práctica de meditación, ya que el cuerpo energético está contaminado o bloqueado. Esta visión está legitimada en las antiguas escrituras hindúes llamadas Upanishads, donde, por ejemplo, se dice:

«El alimento que se come se divide en tres. Su ingrediente más tosco se transforma en excremento; su ingrediente mediano, en carne; su ingrediente más sutil, en mente».[1]

En la tradición hindú, la popular idea de que «somos los que comemos» va más allá de lo físico, pues se dice que «el ser humano está hecho con la esencia del alimento».[2] La esencia o ingrediente sutil de cada alimento no siempre es evidente, aunque en la tradición yóguica está bien estudiado y entonces una fruta fresca de estación redundaría en un estado de equilibrio interior, un bulbo como la cebolla, con sabor fuerte y picante, implicaría una mente agitada, y la carne muerta tendría unas cualidades de oscuridad, torpeza o pesadez.

Pero antes que la meditación, en mi caso influyó mucho el hecho de involucrarme con rituales tradicionales hindúes, ya que para realizarlos se aconseja, entre otras cosas, no haber comido carne al menos los tres días previos al ritual. Si uno hace rituales dos veces por semana, como era mi caso en aquel momento, en lugar de estar contando los días que faltan o ya pasaron, uno deja de ingerir carne y es mucho más práctico. Por tanto, se podría decir que mis razones principales, ya fuesen físicas o energéticas, estuvieron motivadas por el interés personal, es decir, buscando un beneficio para mí.

Con el paso del tiempo, por mi mayor implicación en la práctica de hatha yoga y por rodearme de diferentes buenas compañías me fui haciendo consciente de que el vegetarianismo tenía también un fuerte componente ético y compasivo con los animales, al punto de ir más allá de la dieta y prescindir de artículos de proveniencia animal como vestimenta, utensilios, medicamentos o productos de cosmética.

La influencia del maestro Dharma Mittra fue fundamental para que yo pasara a un estilo de vida casi totalmente vegano, intentando no consumir nada que significara explotación o sufrimiento para los animales aunque no implicara su muerte, lo cual incluye productos lácteos, huevos, miel y, en lo posible, actividades como ir al zoológico o a un circo con animales. Para la tradición ortodoxa hindú, que es lactovegetariana, el huevo no se come, incluso estando no fecundado, porque contiene «potencia de vida», pero los productos lácteos, especialmente derivados de la vaca, son considerados fundamentales y es una dieta que ha probado ser buena durante al menos los últimos 20 siglos, sobre todo cuando los vacunos no eran tratados de forma industrial y su leche estaba libre de hormonas.

En realidad, no se trata de afirmar que necesariamente la dieta vegana sea la más natural para el ser humano de todos los tiempos, sino de decir que, en esta época, con todos los recursos del mundo moderno, uno puede tener una dieta muy saludable y equilibrada sin productos animales. La razón primera es justamente reducir el sufrimiento de los seres animales.

Para mí tiene sentido que, si uno está en un proceso de autoconocimiento, no meta cadáveres en su cuerpo, ya que dicha búsqueda implica estar en armonía con uno mismo, con el mundo, con los otros seres y con la vida. Swami Premananda lo dice claro:

«Todos habláis de “amor” y “compasión”, o decís: “El plan de Dios es defectuoso y hay demasiado sufrimiento”. ¿Quién causa el sufrimiento? El hombre causa el sufrimiento. Y él lo comenzó matando a sus semejantes para comerlos. Decís que sentís amor en vuestro corazón. ¿Cómo podéis pensar en el amor si, porque os agrada el sabor, sois capaces de comer otra criatura?».[3]

Y agrega un consejo:

«Si quieres cambiar tu estilo de vida y hacerte vegetariano, puedes hacerlo de forma gradual. Convierte ciertos días de la semana en días de verduras. Lentamente aumenta esos días [...] Obsérvate interiormente. Notarás la diferencia en tu cuerpo y tu mente».

El discurso de Swami Premananda es fuerte y lo he elegido a propósito porque creo que este es un tema que necesita claridad. En la espiritualidad siempre se habla de flexibilidad y de adaptar las enseñanzas a la propia personalidad y necesidad. Por eso existen tantos caminos diferentes y tantos maestros distintos. Sin embargo, todos los textos yóguicos y los maestros espirituales de la tradición hindú son bastante unánimes en este punto: comer carne es romper con el precepto básico de ahimsa, de «no dañar».

Por supuesto, en la historia mundial, incluyendo a la India, ha habido santos que no fueron vegetarianos, por lo que alguien puede esgrimir que no es un requisito indispensable para desarrollarse espiritualmente. Le doy la razón. A la vez creo que, si un hijo de vecino como yo quiere avanzar en el camino espiritual, es mejor que siga el camino marcado por los preceptos espirituales universales y no intente ser una excepción. Pero incluso a los que quieren salirse de la regla les tengo una noticia importante, que quizás ya sepan: el terrible efecto que el consumo de carne está provocando en los recursos naturales del planeta.

Por ejemplo: «La ganadería industrial realiza una contribución al calentamiento global que es un 40% mayor que la de todo el sector del transporte junto, lo que la convierte en la principal responsable del cambio climático».[4] O sea, que hay personas que dejan de viajar en avión como forma de activismo ecológico y sería más efectivo dejar de comer carne.

Otros datos: «Para producir un filete de vaca de unos 200 gramos se precisan unos 45 cuencos de cereales» o «se necesitan 1.500 litros de agua para producir un kilo de maíz, y 15.000 para un kilo de carne».[5] Al parecer todos decimos tener consciencia ecológica y llegamos a convertirnos en extremistas del reciclaje; sin embargo, no sé hasta qué punto sabemos que el consumo de carne es el mayor factor contaminante del mundo, a la vez que es el principal destino de los cada vez más escasos recursos terrestres. En las últimas décadas, el consumo de carne aumentó el doble que la población del mundo. Curiosamente, la mitad de la comida que la humanidad consume cada día es arroz, y un cuarto más, trigo y maíz. Por tanto, son solo unos «pocos» quienes pueden permitirse el lujo de consumir animales. De hecho, para el pensamiento moderno, basado en la ilusión del «progreso material», comer carne es un símbolo de estatus socioeconómico. Todo lo contrario al mayor prestigio social y religioso que otorga el ser vegetariano en el hinduismo tradicional.

Y si bien un buen porcentaje de hindúes son vegetarianos, tampoco se puede idealizar a la sociedad india que hace varias décadas que, imitando a los invasores británicos, empezó a comer carne como símbolo de modernidad y elitismo. Ahora, ya independientes y emergentes, los indios, especialmente de clase media, ven en los productos cárnicos otro estandarte de éxito. Sin ir más lejos, y atención al sorprendente dato, la India encabeza la exportación mundial de carne de vacuno, que en el periodo 2010-2014 «aumentó en un 44%». Estos números se refieren específicamente a «carne de búfalo», que es legal, y no de vaca, que es considerada sagrada, por lo que la exportación de ternera está prohibida. Sin embargo, como explica el periodista español y excorresponsal en la India, Jordi Joan Baños, «dicha prohibición es burlada a diario en la frontera entre India y Bangladés, por la que son transportadas de contrabando, para ser sacrificadas, cientos de miles de reses indias cada año», para consumo musulmán.[6] Que esto suceda en la India es desalentador y también una muestra de cómo las narrativas modernas de progreso hacen mella en todos los ámbitos, sin pensar en las consecuencias para el planeta. Justamente por ello es por lo que abogamos por el vegetarianismo como solución global.

Para algunos puede sonar utópico, pero los activistas vegetarianos sostienen que detener, o al menos reducir, el consumo de carne eliminaría el hambre del mundo y daría esperanzas al planeta de no quedarse sin recursos ante el imparable crecimiento demográfico. Por un lado, «casi un tercio de la superficie terrestre se dedica al ganado»[7] y, por otro, «grandes cantidades de cereales son producidas en países en los que sus habitantes viven por debajo de la línea de pobreza para que esa producción sea exportada a países ricos e industrializados para alimentar animales que produzcan carne barata».[8] De hecho, la iniciativa ecologista llamada Lunes sin carne es un gran ejemplo de cómo una mínima reducción del consumo de carne podría beneficiar al mundo. El esfuerzo es pequeño: que nadie coma carne los lunes. Esta propuesta que hoy puede parecer innovadora, ya existía antiguamente en países católicos como España en los que, por razones religiosas, no se comía carne los viernes.

Ya sea por motivos de salud, medioambientales o espirituales, adoptar una alimentación vegetariana no es complicado en condiciones normales y lo ideal es hacerlo de forma gradual, empezando por la dieta ovolactovegetariana, permitiendo que el cuerpo y la mente se adapten. Si bien se sigue oyendo en algunos círculos que la dieta vegetariana es deficiente, a nivel alimenticio la base, además de frutas o verduras, son los cereales y las legumbres que en conjunto son una combinación ideal para proporcionar los nutrientes necesarios. Si a esto le sumamos frutos secos, semillas, aceites, algas, incluso alimentos fermentados (chucrut, vinagres, miso) o, si corresponde, suplementos vitamínicos, entonces la transición es factible.

Por supuesto, siempre hay casos particulares que rompen la regla general y así como existen personas que se hacen veganas de la noche a la mañana, también hay cuerpos que, aunque intenten dejarlo, por su metabolismo necesitan mantener el pescado o el pollo en su dieta. En caso de duda, lo seguro es consultar a un nutricionista especializado en dieta vegetariana. Lo importante, en todo caso, es reducir el consumo de productos animales, sobre de todo de carne.

Ahora, imaginemos por un momento que el tan terrible cambio climático, la contaminación global y la agonía de la Madre Tierra no dependieran más de las osadas intervenciones de Greenpeace o de las dudosas decisiones de unos gobernantes presionados por lobbies cegados por la codicia, sino que cada uno de nosotros pudiera hacer algo tan simple como cambiar su alimentación para salvar el mundo. No estamos hablando de hacerse célibe, tejer en una rueca o caminar descalzo como Gandhi. No estamos hablando de salir a la calle a protestar o enfrentarse a la policía, ni estamos hablando de donar todas tus pertenencias, de cambiar de religión o de marcharte al exilio. Simplemente sentado en el sofá de tu casa, mirando la televisión, si quieres, cambias tu dieta y cambias el mundo, para mejor.

¡Oh, yeah! Ya puedes alegrarte, la revolución que tanto anhelabas está aquí, en tus manos y en tu plato.

Notas:

  1. Chāndogya Upaniṣad, 6.5.1.

  2. Taittirīya Upaniṣad, 2.1.1.

  3. Premananda, Swami. Ibíd.

  4. Safran Foer, J. Comer animales. Booket, Barcelona, 2012.

  5. https://elpais.com/elpais/2015/10/28/ciencia/1446060136_851539.html al 21-12-2018

  6. Joan Baños, J. Las vacas indias ya no son tan sagradas. La Vanguardia, edición impresa. Barcelona, 14/04/2014.

  7. Safran Foer J. Ibíd.

  8. Kumar S. Ibíd.