El flujo de la música o cómo los sonidos mejoran nuestra calidad de vida

La música es una creación artística fuertemente arraigada en las diversas culturas y sociedades humanas, que le otorgan multitud de finalidades y funciones. En su libro Fluir, Mihaly Csikszentmihalyi explora las cualidades de la música en nuestra contemporaneidad y los importantes efectos que provoca su aprendizaje, ya sea en niños o en personas de todas las edades.

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En todas las culturas conocidas, la ordenación del sonido de maneras que agraden al oído se ha usado para mejorar la calidad de vida. Una de las funciones más antiguas y quizá la más popular de la música es enfocar la atención de los oyentes en modelos adecuados al estado de ánimo deseado. Por lo tanto, hay música para bailar, para bodas, para funerales, para las ceremonias religiosas y para las ocasiones patrióticas, música que facilita el romance y música que ayuda a los soldados a marchar en filas ordenadas.

Cuando les llegan malos tiempos a los pigmeos del bosque de Ituri, en África Central, creen que su infortunio se debe a que el bosque benévolo, que comúnmente les provee de todas sus necesidades, se ha dormido accidentalmente. Y, llegados a este punto, los líderes de la tribu extraen los cuernos sagrados enterrados bajo el suelo y soplan durante días y noches, intentando despertar al bosque y restaurar así los buenos tiempos.

La manera en que la música se usa en el bosque de Ituri es paradigmática de su función en todas partes. Los cuernos pueden no haber despertado a los árboles, pero su sonido familiar debe haber convencido a los pigmeos de que la ayuda estaba en camino y así serán capaces de enfrentarse al futuro con confianza. La mayoría de la música que sale de walkmans y estéreos actuales responde a una necesidad similar. Los adolescentes, cuya frágil personalidad en evolución sufre amenaza tras amenaza en rápida sucesión a lo largo del día, dependen especialmente del modelo apaciguador del sonido para restaurar el orden en su conciencia. Pero también lo hacen muchos adultos. Un policía nos contó: «si después de una jornada haciendo arrestos y preocupado por si me darán tiro, no pudiese encender la radio en el automóvil cuando voy de regreso a casa, probablemente me volvería loco».

La música, que es información auditiva organizada, ayuda a organizar la mente que la escucha y, por lo tanto, reduce la entropía psíquica o el desorden que experimentamos cuando la información aleatoria interfiere con las metas.

Escuchar música nos aleja del aburrimiento y de la inquietud y, cuando la tomamos en serio, puede inducir experiencias de flujo.

Algunas personas argumentan que los adelantos tecnológicos han mejorado la calidad de vida al posibilitar que la música esté disponible tan fácilmente. La radio, los discos láser, las grabaciones en casete, suenan con la música más reciente las veinticuatro horas del día en grabaciones limpias como el cristal. Este acceso continuo a la buena música se supone que puede conseguir que nuestras vidas sean mucho más ricas. Pero este tipo de argumento sufre de la confusión usual entre comportamiento y experiencia. Escuchar durante días música pregrabada puede o no ser más agradable que oír una hora del concierto en vivo que uno había estado esperando con interés durante semanas.

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No es oír lo que nos mejora la vida, es el escuchar. Oímos música, pero rara vez la escuchamos, y pocos pueden conseguir flujo como resultado de todo ello.

Como con cualquier otra cosa, para disfrutar de la música hay que prestarle atención. En la medida que la tecnología de la grabación nos proporciona una música demasiado accesible, podemos dejar de valorarla y reducir nuestra capacidad para obtener disfrute de ella. Antes de la llegada de las grabaciones de sonido, la actuación musical en vivo conservaba algo de la emoción que la música engendraba cuando estaba todavía enteramente involucrada en los rituales religiosos. Incluso la banda musical de una aldea, y no digamos una orquesta sinfónica, eran un recordatorio visible de las misteriosas habilidades necesarias para producir sonidos armoniosos. Uno se aproximaba al acontecimiento con expectativa, con la conciencia de que debía prestar suma atención porque la actuación era única y no podía ser repetida nuevamente.

La asistencia a los conciertos en vivo de hoy, como los conciertos de rock, sigue participando en algún grado de estos elementos rituales; hay pocas ocasiones en que un gran número de personas sean testimonio del mismo suceso juntos, que piensen y sientan las mismas cosas y procesen la misma información. Tal participación conjunta produce en un auditorio la condición que Émile Durkheim llamó “la efervescencia colectiva”, o el sentimiento de que uno pertenece al grupo con una existencia concreta y verdadera.

Durkheim creyó que este sentimiento estaba en las raíces de la experiencia religiosa. Las condiciones de un concierto en vivo ayudan a que la atención se centre sobre la música y, por lo tanto, hacen más probable que la experiencia de flujo surja como resultado de un concierto y no cuando uno escuche el sonido reproducido.

Pero argumentar que la música en vivo es naturalmente más agradable que la música grabada sería tan poco válido como argumentar lo opuesto. Cualquier sonido puede ser una fuente de disfrute si escuchamos adecuadamente. De hecho, como el hechicero yaqui enseñó al antropólogo Carlos Castaneda, incluso los intervalos de silencio entre sonidos, si los escuchamos con atención, pueden hacernos disfrutar.

Mucha gente tiene impresionantes colecciones de grabaciones musicales, con la música más primorosa que jamás se haya escrito y, sin embargo, fracasan en disfrutarla. La escuchan unas cuantas veces en su equipo de música, maravillados por la claridad del sonido que produce, y entonces se olvidan de escuchar música hasta que llega el momento de comprar un equipo más avanzado. Por otra parte, los que sacan el máximo de la potencialidad para el disfrute que se halla inherente en la música, tienen estrategias para obtener la experiencia de flujo. Comienzan por tener unas horas específicas para oír música. Cuando llega el momento facilitan la concentración bajando las luces, sentándose en su silla favorita o siguiendo algún otro ritual que enfoque su atención. Planifican cuidadosamente la selección de música que escucharán y se formulan metas específicas para la audición que empieza.

Escuchar música normalmente empieza siendo una experiencia de los sentidos. En esta etapa, uno responde a las calidades de sonido que inducen las reacciones físicas agradables que están conectadas genéticamente a nuestro sistema nervioso.

Respondemos a unos acordes que parecen tener una aceptación universal, como el sonido quejumbroso de la flauta, o la llamada vibrante de las trompetas. Somos especialmente sensibles al ritmo de los tambores o del bajo, el ritmo en que descansa la música rock y que algunos dicen que nos recuerda lo primero que escuchamos, el corazón palpitante de la madre oído en el seno materno.

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El próximo nivel de desafío que nos propone la música es el modo de escucha analógico. En esta etapa, uno desarrolla la habilidad para evocar sentimientos e imágenes basándose en los modelos de sonido. El pasaje de un saxófono lastimero nos recuerda la sensación de sobrecogimiento que tenemos cuando vemos las nubes de tormenta acumularse sobre la pradera; el fragmento musical de Chaikovski logra que uno se visualice conduciendo un trineo a través del bosque nevado, con sus campanillas sonando gracias al movimiento. Las canciones populares, por supuesto, explotan el modo analógico plenamente mediante letras de canciones que ponen palabras al estado de ánimo o a la historia que la música representa.

La etapa más compleja de la escucha musical es la analítica. En este modo, la atención cambia hacia los elementos estructurales de música en lugar de fijarse en los elementos sensitivos o narrativos. Las habilidades para escuchar a este nivel tienen que ver con la capacidad para reconocer el orden subyacente a la obra, y con los medios que consiguen la armonía. Incluyen la capacidad para evaluar críticamente la interpretación y la acústica; para comparar la obra en cuestión con obras anteriores y posteriores del mismo compositor o con el trabajo de otros compositores; comparar la orquesta, el director o el conjunto con sus propias actuaciones anteriores y posteriores, o con las interpretaciones de otros. Los oyentes analíticos frecuentemente comparan las diversas versiones de la misma canción de blues, o se sientan a escuchar música con un plan que podría ser típicamente éste: «veamos en qué es diferente la grabación del segundo movimiento de la Séptima sinfonía realizada por Von Karajan en 1975 de su grabación de 1963», o «me pregunto si la sección de metal de la Orquesta Sinfónica de Chicago es realmente mejor que la sección de Berlín». Estableciendo estas metas, escuchar se convierte en una experiencia activa que ofrece constante retroalimentación (por ejemplo, «Von Karajan ha ido más lento esta vez», «los metales de Berlín son más agudos pero menos dulces»). Al desarrollar habilidades analíticas de escucha, las oportunidades de disfrutar de la música aumentan en proporción geométrica.

Hasta aquí hemos considerado únicamente el flujo que proviene del oyente, pero las gratificaciones son aún mayores para los que aprenden a hacer música. El poder civilizador de Apolo dependía de su capacidad para tocar la lira, Pan llevaba a sus auditorios al frenesí con sus flautas y Orfeo, con su música, era capaz incluso de detener a la muerte. Estas leyendas indican la conexión entre la capacidad para crear armonía con los sonidos y la armonía más general y abstracta que subyace al tipo de orden social que llamamos civilización. Conocedor de esa conexión, Platón creyó que los niños debían aprender música antes que cualquier otra cosa; aprendiendo a prestar atención a armonías y ritmos hermosos su conciencia entera lograría estar ordenada. Nuestra cultura parece poner poco énfasis en enseñar las habilidades musicales a niños y a jóvenes. Cuando hay que recortar el presupuesto de una escuela, los cursos de música (así como también de arte y de educación física) son lo primero que se elimina. Es desalentador que estas tres capacidades básicas, tan importantes para mejorar la calidad de vida, generalmente sean consideradas superfluas en el clima educativo actual. Sin una educación musical seria, los niños se convierten en adolescentes que, a causa de esta privación temprana, deberán invertir cantidades enormes de energía psíquica en hallar una música propia. Formarán grupos de rock, comprarán cintas y discos, y generalmente se convertirían en prisioneros de una subcultura que no ofrece muchas oportunidades para hacer que su conciencia sea más compleja.

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Incluso cuando se enseña música a los niños surge el problema habitual: se pone demasiado énfasis en la interpretación, y demasiado poco en lo que experimentan. Los padres que empujan a sus niños a sobresalir tocando el violín, generalmente no están interesados en si los niños realmente disfrutan tocándolo; lo que quieren es que el niño toque lo suficientemente bien como para atraer la atención, ganar premios y acabar sobre el escenario del Carnegie Hall. Al hacer esto pervierten la finalidad para la que se ideó la música: la convierten en lo contrario, en una fuente de desorden psíquico. Las expectativas paternales sobre el comportamiento musical frecuentemente crean una gran tensión, y a veces una crisis total.

Lorin Hollander, quien de niño era un prodigio al piano y cuyo perfeccionista padre fue primer violín en la orquesta de Toscanini, cuenta cómo solía conseguir perderse en el éxtasis cuando tocaba el piano a solas, pero también cómo solía temblar de terror cuando sus exigentes mentores adultos estaban presentes. Cuando era un adolescente, los dedos de sus manos se congelaron durante un concierto y no pudo abrir sus manos hasta muchos años después. Algún mecanismo subconsciente más allá del umbral de su conciencia había decidido ahorrarle el dolor constante de la crítica paterna. Ahora Hollander, recuperado de la parálisis psicológicamente inducida, ocupa su tiempo ayudando a otros instrumentistas jóvenes con talento a que disfruten de la música de la manera que debería disfrutarse.

Aunque es mejor aprender a tocar un instrumento cuando se es joven, realmente nunca es demasiado tarde para comenzar. Algunos profesores de música se especializan en estudiantes adultos y ancianos, y muchos empresarios con éxito deciden aprender a tocar el piano después de los cincuenta años. Cantar en un coro y tocar en un conjunto de cuerda aficionado son dos maneras de gozar experimentando la mezcla de las habilidades propias con las de otros. Los ordenadores personales ahora poseen un software muy perfeccionado que facilita la composición y que permite que uno escuche inmediatamente la orquestación. Aprender a producir sonidos armoniosos no es solamente agradable, sino que, al igual que el dominio de cualquier habilidad compleja, también ayuda a fortalecer la personalidad.

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