Descubrirte y realizarte en tu pleno potencial por Miriam Subirana

Aceptarse a uno mismo o quitarse las máscaras que con frecuencia ponemos a nuestra experiencia, encontrar la autenticidad y nuestra voluntad de autorrealización, estos son algunos de los puntos clave que trata Miriam Subirana en este fragmento de su libro El placer de cuidarnos.

Cuando el ser humano florece, expresa lo mejor de sí mismo. Es creativo, intuitivo y genera vida. Impulsa la innovación y la renovación desde el centro de su ser y conecta con los demás con alegría y positividad. Barbara Fredrickson, propulsora de la psicología positiva, define el florecimiento como el sentirnos plenamente vivos, el ser creativos y resilientes (capaces de sobreponernos a la adversidad), y sentir que crecemos y tenemos un impacto positivo en nuestro entorno. Cuando vivimos y sentimos este florecer, estamos conectados con nuestro núcleo vital, es decir, con aquello que nos da vida y nos impulsa a crecer y realizarnos.

«La fuerza curativa más profunda –afirma el eminente psicoterapeuta Carl Rogers– [1] es la tendencia del ser humano a realizarse, a llegar a ser sus potencialidades. Con esto me refiero al impulso a expandirse, crecer, desarrollarse y madurar que se manifiesta en toda vida orgánica y humana, es decir, la tendencia a expresar y realizar todas las capacidades del organismo o del sí mismo. Esta tendencia puede quedar profundamente enterrada bajo capas y capas de defensas psicológicas sedimentadas o bien ocultarse tras máscaras elaboradas que niegan su existencia.»

Para hacer aflorar el anhelo e impulso a realizarme, debo aprender a aceptarme. Mi experiencia me demuestra que cuando me acepto como persona imperfecta que no siempre actúa como yo quisiera, disfruto más y me cuido mejor. Soy más capaz de permitirme ser lo que soy. Cuando me acepto como soy, puedo modificarme. «No podemos cambiar, no podemos dejar de ser lo que somos, en tanto no nos aceptemos tal como somos.» [2]

Esta aceptación me permite acercarme a mi ser auténtico. ¿Cómo sé que me acerco a mí misma? Cuando estoy presente en mí, alineada conmigo, fluyo mejor, me siento capaz de cambiar, reconocer y aceptar mis sentimientos y experiencias, soy más creativa y establezco relaciones auténticas y cercanas. Me permito ser yo, percibiéndome y descubriendo la unidad y la armonía existentes en mis verdaderos sentimientos y reacciones. No trato de imponer una máscara a mi experiencia o darle una forma que distorsione su verdadero significado tratando de fingir que siento lo que no siento. Soy transparente.

Para potenciar la tendencia a realizarme, también debo abandonar las máscaras defensivas con las que he enfrentado la vida y experimentar plenamente aspectos de mi persona que antes estaban ocultos para mí. En estas vivencias me descubro. Me convierto en una persona más abierta a todos los elementos que van apareciendo en mi vida, desarrollo confianza en mí, acepto pautas internas de evaluación, aprendo a vivir participando de un proceso dinámico y que fluye, donde el transcurso de la experiencia continuamente me permite descubrir nuevos aspectos de mí misma.

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Para lograrlo deja de ser lo que no eres; sé valiente y deshazte de tus máscaras. No intentes ser más de lo que eres. Si te fuerzas, te acompañarán sentimientos de inseguridad o adoptarás actitudes de defensa. Tampoco trates de ser menos, no te rebajes, puesto que esto conlleva sentimientos de culpa o autodesprecio. Percibe lo que ocurre en tu interior, presta atención a tus sentimientos más profundos y descubre que cada vez es mayor tu deseo de ser el «sí mismo» que efectivamente eres, y de permitir que brote y se manifieste con mayor profundidad.

Ser uno mismo sin máscaras conlleva ser sinceros y auténticos. La palabra «sincera» surge de ir sin máscaras, ya que en la antigüedad las máscaras se hacían de cera. Para Jálics, ser auténtico significa más que ser sincero. La persona sincera dice lo que piensa, la auténtica, en cambio, lo que efectivamente siente. Sin embargo, clarifica que «uno no puede ser auténtico hasta que no tenga conciencia de lo que pasa. La sinceridad indica la identidad entre la expresión verbal y el pensamiento, mientras que la autenticidad indica la que hay entre la expresión verbal y la realidad vivida existencialmente.

El interlocutor percibirá instintivamente la falta de autenticidad y, por tanto, no se encontraría en seguridad ni hallaría la atmósfera cálida» [3] para abrirse.

Procurar sentir positividad conectando con nuestro núcleo vital nos hace florecer. Para cultivar emociones positivas, podemos enfocarnos en lo que funciona y hacerlo crecer; centrarnos en lo que nos da vida y da sentido a nuestro ser, estar y hacer.

También es necesario saber gestionar el sufrimiento para que no sea devastador. No permitas que ciertas personas o relaciones tóxicas contaminen tus espacios internos. Cuando esto ocurre, empiezas a hacer suposiciones y a pensar mal, sembrando desconfianza. Se abre la puerta a la negatividad y al malestar. En esos casos presta atención a no alimentar las suposiciones negativas. A mí me funciona uno de los cuatro acuerdos de Miguel Ruiz: «No hagas suposiciones ni saques conclusiones de todo precipitadamente. Al hacerlo, crees que lo que supones es cierto y creas una realidad sobre ello. No siempre es positiva ni guiada por el amor. Ten la valentía de preguntar, aclarar y expresar lo que quieres. Comunícate con los demás tan claramente como puedas para evitar malentendidos, tristeza y otros dramas. Con solo este acuerdo puedes transformar tu vida.»[4]

Para que la comunicación pueda fluir con libertad, las personas debemos trabajar en un estado de superconductividad humana y aprender a no ofrecer resistencia, afirmó Bohm. Y comparó la comunicación humana con el flujo de electrones. Así como la resistencia en un circuito eléctrico hace que el flujo de corriente genere calor (energía desperdiciada), la comunicación en un grupo también disipa o produce energía.

El principal obstáculo para el libre flujo de significados es nuestra manera de pensar. La mayoría de nosotros no ha desarrollado una consciencia que nos permita pensar de manera integral, y lo hacemos de modo fragmentado. En lugar de buscar un significado compartido, defendemos nuestra visión particular. Quizá deberíamos reconocer la falta de sentido que existe a menudo en la visión fragmentada: lo separados que estamos, los problemas colectivos que afrontamos. Muchos de los problemas que observamos en las relaciones, sean en las familias, en los equipos de trabajo o en las grandes empresas, y la incapacidad para resolverlos, se deben a que pensamos de manera individualizada y sin visión colectiva. No aplicamos el pensamiento sistémico ni colectivo. La fragmentación, la polarización y el aislamiento que resultan de ello nos impiden relacionarnos de forma satisfactoria, plena y productiva. En los diálogos que promovemos con la indagación apreciativa buscamos un significado compartido, fuera de la fragmentación y el pensamiento individual inconexo, con la realidad colectiva. Este es uno de los puntos fuertes de la indagación apreciativa.

Si el pensar colectivo es un arroyo continuo, dice Bohm,[5] los pensamientos son como hojas flotando en las aguas que acarician las orillas. Recogemos las hojas y creemos erróneamente que son nuestras, porque no atinamos a ver el arroyo del pensar colectivo que las arrastra. Al dialogar comenzamos a ver el arroyo que fluye entre las orillas. Participamos en esta reserva de significado común, con posibilidad de constante desarrollo y realización.

Notas:

  1. Carl R. Rogers. El proceso de convertirse en persona. Op. cit., pág. 338.

  2. Ibid., pág. 31.

  3. Francisco Jálics. Aprendiendo a compartir la fe. Op. cit., pág. 36.

  4. Miguel Ruiz. Los cuatro acuerdos: una guía práctica para la libertad personal.

    Ed. Urano, Barcelona, 1998.

  5. David Bohm. Sobre el diálogo, Ed. Kairós, Barcelona, 1997.