De Sócrates a Chuang Tse: 5 transmisiones esenciales explicadas por el filósofo Frédéric Lenoir

Frédéric Lenoir es filósofo, sociólogo e historiador de las religiones. Es presidente de las asociaciones SEVE y Ensemble pour les Animaux.

Coautor de Transmitir, en este fragmento de su texto para el libro, Frédéric Lenoir narra cómo descubrió en distintas etapas de su vida a cinco grandes personajes históricos que influyeron positivamente en su forma de pensar y vivir.

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Si existir es un hecho, vivir es un arte: se aprende a vivir. ¿Quiénes me han enseñado a pensar? ¿Y a vivir mejor, a vivir bien? Porque en última instancia esa es la función de la filosofía: pensar mejor para vivir mejor. En mi camino, cinco personajes me han transmitido algo esencial. Aquellos a los que me gusta llamar mis maestros de vida son Sócrates, Jesús, el Buda, Spinoza y Chuang Tse.

Sócrates: buscar la verdad

Sócrates es el primer filósofo que conocí, a la edad de trece años. Mi padre era autoritario, pero también era filósofo y puso en mis manos El banquete, de Platón. Esta lectura me apasionó y leí todos los libros de Platón. Y luego Epicuro, Aristóteles, los estoicos, etc.

Los griegos entendían la filosofía como búsqueda de la verdad, como amor a la verdad, como deseo de verdad. Quizá nunca la alcancemos, pero al menos deseémosla y busquémosla, amemos ese amor y ese deseo que nos permiten ser progresivamente más lúcidos y más conscientes. Si tenemos ideas justas, podremos vivir mejor, más felices y crecer sobre algo verdadero y no sobre una ilusión. Muchas personas son felices a partir de la ilusión de una creencia, de la vida amorosa... Hay ilusiones que nos ayudan a vivir, que nos hacen felices algún tiempo. Pero un día todo se derrumba. Y cuando esto ocurre, pasamos de la alegría a la tristeza. Por eso creo que es importante tener un conocimiento, un discernimiento que nos permita ser lúcidos y buscar siempre la verdad.

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A los dieciséis años, me planteé unas preguntas fundamentales: «¿Qué es un ser humano? ¿Por qué estamos en la Tierra? ¿Qué es una vida realizada? ¿Qué es una buena vida?». Y Sócrates fue mi iniciador.

Sócrates es el gran maestro de la lucidez. Su mayéutica consiste en que sus interlocutores alumbren su pensamiento original, el saber que hay en ellos. Su madre era comadrona, él ayudaba al parto de los espíritus. Quiso mostrarnos que todo lo que creemos verdadero o adquirido puede fundarse en un a priori. Todos tenemos, espontáneamente, un cierto número de opiniones basadas en prejuicios, en creencias que jamás hemos cuestionado. Sócrates nos ayuda a buscar la verdad más allá de las creencias recibidas.

El Buda: desprenderse del ego

Después de Sócrates descubrí al Buda, el Despierto. Buscaba lo concreto. Leía a los filósofos, pero no tenía a Sócrates a mi lado para recorrer el camino hacia la sabiduría. A los veinte años, en cierto modo como nuestro amigo Matthieu Ricard, me fui a la India a la búsqueda de maestros que me transmitieran una sabiduría viva, y conocí a muchos maestros espirituales. Conocí la meditación. Desde hace treinta años medito gracias a los monjes tibetanos.

La meditación y el budismo me enseñaron algo extremadamente valioso: el funcionamiento del ego. A los veinte años descubrí que no había que identificarse con ese personaje llamado ego, que se alimenta de todo aquello con lo que nos encontramos. Vivimos bajo la permanente mirada de los otros, nos hemos construido –nuestro ego se ha construido– en la mirada de los demás, tanto para lo bueno como para lo malo. Lo bueno ocurre cuando los otros destacan tus cualidades, lo crees y eso refuerza tu ego, es positivo. Lo peor acontece cuando te dicen que no vales nada. He comprendido que era importante tener un ego, pero aún lo era más no identificarse con él y desprenderse del mismo.

Todo el trabajo de la psicología espiritual procedente del budismo me ha resultado extremadamente valioso. Pronto aprendí a no apegarme a lo que decían o pensaban de mí. Es muy útil y permite dormir por la noche. Si para ser felices esperamos que nos hagan cumplidos o que dejen de criticarnos, nunca seremos felices.

En la tradición filosófica francesa, desde Voltaire, la inteligencia va unida al pesimismo. El optimismo se vincula a la ingenuidad o a la ignorancia. Ser inteligente significa ser lúcido, y la lucidez implica ser crítico con todo lo que está mal... ¡No estoy en absoluto de acuerdo con esto! ¡Creo que también podemos ser lúcidos con todo aquello que va bien! Creo que merece la pena hablar de ello, aunque se me considere «ingenuo» o «cándido» y eso me reporte no pocos desprecios en cierta intelligentsia parisina. El budismo me ha enseñado que mi peor enemigo es mi mejor amigo, porque me ayuda a progresar en el desprendimiento del ego. El budismo me ha ayudado a recorrer este camino de distanciamiento en relación con mis emociones, especialmente gracias a la meditación.

Jesús: atreverse a amar

Jesús fue un encuentro más tardío. Conservaba muy malos recuerdos de mi educación religiosa. Pero un día leí los Evangelios y rompí a llorar. Era increíble. Me conmovió el mensaje de amor de Jesús, un mensaje expresado en palabras, pero también encarnado en su propia vida. Cuando salva a la mujer adúltera de la ley de Moisés, que exige lapidarla: «Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra». Es una de las frases más hermosas de toda la historia de la espiritualidad. Y cuando acepta hablar con las prostitutas, lo que escandaliza a los «buenos creyentes» de la época, Jesús responde: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Jesús es el descubrimiento de ese amor incondicional, universal, más allá de la ley, más allá de todo... Durante la crucifixión, el bandido que estaba junto a él le dijo al último condenado, que había injuriado a Jesús: «En nuestro caso es justicia, pagamos por nuestros actos; pero él no ha hecho nada malo». Y Jesús le responde con esta frase extraordinaria: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso». ¡Habría que recordar con más frecuencia que la única persona canonizada por Jesús es un criminal, no un santo virtuoso! Para mí esto resume a la perfección los Evangelios.

Spinoza: el deseo es la esencia del hombre

Spinoza es un filósofo que he descubierto recientemente. Spinoza es el ancestro de la psicología de las profundidades, el primer filósofo en proclamar que el ser humano está completamente motivado por sus emociones y que nuestros deseos y sentimientos preceden y condicionan nuestros pensamientos. No deseamos algo porque sea bueno, afirma, sino que lo juzgamos bueno porque lo deseamos. Nuestras emociones, nuestros deseos, nuestra sensibilidad influyen poderosamente en nuestra filosofía de la vida. Basta con observar la vida y el pensamiento de los grandes filósofos para convencerse de ello. Schopenhauer, que tuvo una vida llena de tristeza y sufrimiento, construyó una filosofía profundamente pesimista. Por otra parte, Montaigne, que era un hombre alegre, nos ha dejado una filosofía esencialmente optimista. Nuestras emociones participan de manera profunda en la construcción de nuestro pensamiento.

Spinoza subraya otro aspecto que me parece esencial. En su opinión, si luchamos contra una adicción, si estamos en un mal camino o hemos elegido mal, lo que nos ayudará a cambiar no es la razón ni la voluntad. Lo único que nos ayudará a cambiar y a progresar es el deseo. El deseo es la esencia del hombre y lo que nos ayuda a progresar. Por lo tanto, no se trata de renunciar al deseo, sino de aprender a orientarlo hacia las personas y las motivaciones que nos hacen crecer. Si queremos progresar, es esencial suscitar nuevos deseos, deseos justos y bien orientados.

Por último, me gusta mucho lo que dice Spinoza sobre la alegría. Propone diferenciar la alegría activa de la pasiva. Una alegría activa se basa en una idea adecuada, una verdad. Una alegría pasiva está fundada en un error, en una idea inadecuada.

En la vida amorosa vivimos muchas alegrías pasivas. Conocemos a una persona y proyectamos sobre ella, sobre él, nuestras necesidades, nuestras expectativas infantiles no resueltas, etc., y al cabo de seis meses nos decimos: «¡Me han engañado con esta mercancía!». En realidad no te han engañado. Tú te has ilusionado. Spinoza nos dice que al descubrir la verdad, a menudo pasamos de la alegría a la tristeza, incluso al odio. Acabamos odiando lo que hemos adorado. ¿Por qué? Porque nos hemos desilusionado y nos negamos a admitir que somos responsables de esta ilusión. Entonces atribuimos el error al otro, el divorcio dura veinte años y no acaba.

Por el contrario, una idea fundada en una idea adecuada, verdadera, es eterna. Es lo que Spinoza llama la alegría activa. Cuando hemos vivido momentos de amor verdadero con alguien, se produce una alegría activa que es eterna; y esa alegría nadie nos la puede arrebatar. Creo que por esa razón se dice que el amor es más poderoso que la muerte.

Chuang Tse: dejar ir

Descubrí a Chuang Tse casi al mismo tiempo que a Spinoza. Es uno de los grandes pensadores fundadores del taoísmo, una corriente filosófica china que se definió a la vez como prolongación y reacción al confucianismo. El confucianismo es la matriz de todo el pensamiento chino. Los confucianos predican una sabiduría del orden, convierten el cielo en el modelo perfecto de la vida. En el cielo, todo está perfectamente ordenado y es previsible. Por ejemplo, podemos saber exactamente a qué hora se levantará el sol en diez mil años o cuándo pasarán los cometas. Confucio propone construir una ciudad terrenal a partir del modelo de la ciudad celestial. El emperador es el hijo del cielo, las leyes esenciales son la virtud interior y la obediencia.

El taoísmo responde que esto no se aplica a la tierra, y que vivimos en la tierra, no en el cielo. Evidentemente, podemos predecir cuándo se alzará el sol dentro de diez mil años, pero no qué tiempo hará mañana. En la tierra nada es previsible. El Buda lo dijo mucho antes en sus Cuatro Nobles Verdades: «Todo es impermanente». No se puede saber lo que va a pasar. Vivimos en el caos. De este caos pueden nacer órdenes provisionales y que no dejan de serlo. Por lo tanto, hay que acostumbrarse a vivir en el movimiento permanente del mundo y de la vida.

Según el taoísmo, las principales cualidades para vivir en la alegría son la flexibilidad, la versatilidad y la capacidad para cuestionarse constantemente mientras acompañamos el movimiento permanente de la vida.

Todo esto me resultó profundamente inspirador. En parte ya lo vivía, pero siempre hay pequeñas cosas a las que uno se apega, un proyecto, una creencia, mientras la vida nos lleva en otra dirección. Esta filosofía nos enseña que cuando la vida nos sitúa ante un obstáculo, ante una corriente contraria, no debemos luchar, sino acompañar la corriente. Así, Chuang Tse explica que si queremos atravesar un río y la corriente nos lo impide, no hay que intentar cruzarlo a cualquier precio y con la fuerza de nuestros brazos, pues nos arriesgamos a ahogarnos. Por el contrario, se trata de seguir la corriente, dejarse llevar y ver a dónde nos conduce... Es probable que si mantenemos la intención de cruzar el río y esta intención es justa, en determinado momento la corriente nos lo permitirá, pero no sabemos dónde ni cuándo. Es evidente que hay que tener una gran confianza en la vida para ser capaz de hacer esto.

Este dejar ir que enseña el taoísmo me acompaña en el día a día. La vida tiene sus ironías y, cuando redactaba Sobre la felicidad, un viaje filosófico, borré por descuido el capítulo sobre Chuang Tse y el dejar ir al querer guardarlo en el ordenador. Durante tres segundos me dije: «O exploto o intento poner en práctica lo que he escrito en este capítulo».

Así pues, intenté hacer esto último y me dije: «Vale, he perdido tres semanas de trabajo, pero no pasa nada».

Ocurrió entonces algo increíble: me inundó la alegría. Me invadió una risa loca, una alegría eufórica. Experimenté el gozo a través de la aceptación de lo que ocurre. Decir sí a la vida.

Las virtudes de la flexibilidad y la confianza permiten acompañar la corriente de la vida en lugar de intentar forzar los acontecimientos. Por eso los taoístas afirman que hay que practicar el no-actuar. No-actuar no significa no hacer nada. Es no forzar las cosas.

Si nos tropezamos con un obstáculo, el taoísmo nos recomienda preguntarnos por el significado de ese obstáculo. Por ejemplo, cuando enfermamos, en lugar de lamentarnos o caer en el abatimiento, preguntémonos: «¿Qué es lo que me dice mi cuerpo? ¿Qué es lo que no funciona en mi vida? ¿Qué puedo aprender?». Todos los fracasos, todas las dificultades, todos los obstáculos pueden iluminarnos, transmitirnos un mensaje, ayudarnos a crecer y a cambiar. Quizá a cambiar de trabajo, a cuestionarnos en uno u otro ámbito.

Después de cuarenta años de reflexión intelectual sobre el misterio insondable de la vida, cuanto más avanzo en el camino, más me gusta descubrir el sentido en aquello que vivo. Evidentemente, cada cual concede un sentido a su vida en función de lo que es, sus motivaciones, su carácter, su personalidad, sus experiencias. Sin embargo, ¿existe un sentido universal válido para todo el mundo y que hay que transmitir?

Para mí, ese sentido sería pasar del miedo al amor y de la inconsciencia a la conciencia. Y en este sentido toda transmisión que ofrezca amor y conciencia mejora a la humanidad.