¿Cómo hacer un "inventario vital" desde el minimalismo?

La vida de Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus se basa en predicar con el ejemplo. Hasta la treintena, ambos lucharon a capa y espada por lograr una vida lujosa y sin ningún tipo de restricción consumista. Nada ni nadie les detuvo hacia el éxito pero, paradójicamente, su propio tren de vida acabó convirtiéndose en una pesadilla diaria. La ambición desmedida, las deudas constantes y una inaguantable sensación de vacío les llevaron a repensar de cero qué es lo que querían realmente. Pregunta sencilla, sí, cuya respuesta no siempre lo es. 

El descubrimiento del minimalismo y un inventario vital cargado de energía y buenas ideas les ayudaron a desprenderse de todo lo accesorio, comenzando por una gran parte de sus bienes materiales. En este fragmento, extraído de su mundialmente reconocido libro Minimalismo. Para una vida con sentido, ambos autores abordan el hallazgo de sus mayores anclas vitales, es decir, los pesos que nos arrastran con la corriente de la frustración si no somos capaces de detectarlos y liberarnos de ellos. 

jilbert-ebrahimi-691926-unsplash.jpg

El 8 de octubre de 2009, la madre de Joshua murió de un cáncer de pulmón en fase cuatro. La mujer luchó contra la enfermedad durante más de un año y soportó repetidos tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Pero cuando el cáncer se diseminó por su cerebro y otros órganos, dejó de ser un rival para la enfermedad. Por mucho que cueste de creer, el cáncer era una metáfora de la vida de Joshua. Aunque las cosas tenían buen aspecto en su apariencia –el matrimonio, un trabajo fantástico, los coches, los oropeles del éxito–, por dentro había algo en muy mal estado. Ninguno de nosotros dos era feliz.

Cuando ambos creímos diez años antes que seríamos felices si ganáramos cincuenta mil dólares al año, nos equivocamos. Al principio, al poco de cumplir los veinte, pensamos que a lo mejor solo habíamos calculado mal la cantidad exacta que hacía falta para ser felices, y modificamos el cálculo: si ganásemos sesenta mil dólares al año, entonces sí seríamos felices, ¿a que sí?

Y cuando ganar esa cantidad tampoco nos proporcionó la felicidad, pensamos que si ganáramos setenta y cinco mil, y después noventa mil, y después cien mil dólares al año, entonces seríamos felices, ¿a que sí? Era un ciclo interminable. Cada año ganábamos más dinero, y cada año gastábamos más de lo que ganábamos en nuestro empeño por vencer nuestra perpetua insatisfacción creada por el tipo de vida que llevábamos. La ecuación en sí estaba rota. Una semana después de la muerte de la madre de Joshua, tuvimos otra conversación sobre la felicidad.

Hablamos del porqué no estábamos contentos y de qué nos haría felices. Era evidente que la vieja fórmula de Si fuéramos capaces de ganar X dólares, entonces seríamos felices no había dado resultado. Los dos teníamos sueldos que superaban las seis cifras, los dos éramos unos jóvenes ejecutivos exitosos de veintiocho años, y los dos «habíamos resuelto nuestras vidas» según los estándares culturales. Pero era evidente que no habíamos resuelto nada de nada.

Minimalismo_CB.jpg

¿Era eso lo que habíamos estado esperando durante toda la vida? ¿Íbamos a seguir trabajando como esclavos horas y más horas en una empresa a la que le importábamos un rábano? ¿Nos íbamos a abrir camino en la alta dirección –para convertirnos en directores de operaciones o consejeros delegados con sueldos de siete o incluso de ocho cifras– solo para estar aún más deprimidos cuando llegásemos a los cuarenta? No nos parecía deseable: cuanto más hablábamos de nuestro sueño de ascender por la escalera corporativa, más nos parecía una pesadilla.

 

La muerte de la madre de Joshua lo puso todo en otra perspectiva: en este mundo solo disponemos de una cantidad de tiempo finita.

La podemos gastar acumulando riqueza monetaria o la podemos gastar con sentido; y esto último no excluye necesariamente lo primero, pero la incesante búsqueda de riqueza no conduce a una vida con sentido. Entonces decidimos hacer inventario de nuestras vidas. Queríamos descubrir qué era lo que nos hacía infelices y qué teníamos que hacer para cambiar esas cosas en nuestras vidas, para poder experimentar la felicidad, la pasión, la libertad.

ANCLAS

Primero, identificamos nuestras anclas. Habíamos descubierto que «obtener lo que queríamos» (casas grandes, cheques de cantidades más elevadas, posesiones materiales e incentivos en las empresas) no nos hacía felices, así que queríamos identificar qué era lo que nos mantenía anclados: lo que nos hacía sentir amarrados y nos impedía crecer.

 Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus, autores de M inimalismo. Para una vida con sentido . 

Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus, autores de Minimalismo. Para una vida con sentido

El concepto de ancla nos tocó la fibra sensible a los dos. Nos obligó a mirarnos francamente en el espejo y a identificar todo lo que pensábamos que podría estar impidiéndonos vivir una vida feliz y plena.

El ejercicio que llevamos a cabo fue simple: durante una semana, cada uno por su cuenta anotó todo lo que creía que podía ser una ancla (el primer paso para resolver un problema es identificar el problema, ¿no?).

A medida que avanzaba la semana, nuestras listas de anclas crecieron, y al final de la semana Joshua había contado ochenta y tres anclas. Y Ryan, cincuenta y cuatro. Un montón de anclas. El siguiente paso fue identificar nuestras prioridades. Empezamos priorizando, y lo hicimos dividiendo nuestras anclas en dos categorías: anclas principales y anclas secundarias. Las anclas principales eran las cosas más obvias que nos impedían sentirnos libres, incluidas nuestras casas (o sea, las enormes sumas de hipoteca que implicaban), ciertas relaciones con las personas (o sea, las relaciones poco sanas que no aportaban valor alguno a nuestras vidas), los plazos para pagar los coches y otras facturas de importes elevados, deudas importantes, nuestras carreras y todo lo que exigiera una cantidad de tiempo desmesurada sin aportarnos un retorno equivalente a nuestra vida.

bench-accounting-49908-unsplash.jpg

Las anclas secundarias constituían el grueso de nuestras listas e incluían facturas de televisión por cable, facturas de internet, otras facturas, deudas menores, ropa que no nos poníamos, aparatos domésticos que no utilizábamos, cachivaches, determinadas relaciones periféricas improductivas, tiempo de conducción diario y otras cosas menores que consumían pequeñas cantidades de nuestro tiempo, atención y concentración.

Decidimos que librarnos de muchas de esas anclas nos permitiría recuperar gran parte de nuestro tiempo, que luego podríamos emplear en cosas con mucho más sentido. Al ver que las anclas principales parecían ser las más difíciles de abordar, comenzamos por ellas. Por ejemplo, cada céntimo extra que ganaba Joshua lo dedicaba a los pagos adicionales correspondientes a sus deudas. Se acabaron los viajes, las vacaciones o las cenas lujosas; todo lo que ganaba lo destinaba a pagar el coche y la enorme deuda de su tarjeta de crédito, que, a pesar de unos ingresos sustanciosos, había subido a un nivel increíble: más de seis cifras. Al final, al cabo de dos años, terminamos de pagar nuestros coches y saldamos nuestras deudas. Otras de las principales anclas las abordamos de manera parecida.

Finalmente, nos deshicimos de muchas de nuestras posesiones, eliminamos todo lo que no era importante y nos quedamos con las cosas que nos gustaban y con las que disfrutábamos, cosas que usábamos en nuestra vida cotidiana. Dos años después, las anclas de antaño ya no significaban un peso sobre nuestras espaldas.