Cómo el médico Ronald Epstein experimentó que la meditación metta es más que una práctica new age

La meditación, a veces, puede definirse frívolamente como una mera tendencia new age. Sin embargo, como explica Ronald Epstein en este fragmento de su libro Estar Presente. Mindfulness, medicina y calidad humana, la propia ciencia ha puesto de relieve las mejoras que experimentan las personas que la practican.

Ronald Epstein es médico de cabecera en activo, profesor de Medicina Familiar, Psiquiatría y Oncología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Rochester, donde dirige el Center for Communication and Disparities Research y codirige programas de práctica de mindfulness.

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Pero ¿cómo?
Cuando aprendía sobre meditación metta —a veces llamada meditación benevolente o práctica de la compasión—, al principio me sorprendió como algo insufriblemente new age. No podía imaginarme cómo unas voces ensoñadoras, imágenes de lotos e invitaciones al «revolucionario arte de la felicidad» [1] podían tener algún posible atractivo para médicos con perfiles duros.

Metta es una palabra en pali que se traduciría como «cordialidad» y «bondad», un deseo sincero de bienestar y genuina felicidad para los demás. Metta es una actitud que el practicante aspira a aportar a todos los seres, sin excepción —la llamada compasión no referencial o incondicional—, comparable al concepto aristotélico de philia o «amor fraternal».[2] Si aceptamos la opinión de que los seres humanos disponen de la capacidad de sentir compasión pero que está inhibida por una visión distorsionada del mundo, entonces es posible eliminar esos obstáculos mediante práctica.

La primera vez que lo experimenté asistía a un taller. Durante la meditación guiada, el profesor nos instruyó para que nos imaginásemos a nosotros mismos y nuestros atributos positivos, para luego ampliar la bondad a nosotros mismos, y después a un «benefactor», a un amigo, a una «persona neutra», a una «persona difícil» y, finalmente, «a todos los seres».

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Se nos pidió que representásemos en silencio, mentalmente, una serie de frases, primero dirigidas a nosotros mismos: «Que esté libre del peligro, que sea feliz, que esté sano, que viva con comodidad». Y luego a otros, por orden:«Que puedan vivir libres de peligro, que sean felices, que estén sanos, que vivan con comodidad», etcétera.

Me consoló enterarme de que la práctica de la compasión había formado parte de las tradiciones meditativas desde hacía más de veinticinco siglos. Pero ¿es realmente posible formar a gente para que sea amable y cordial y para que ofrezca cuidados? ¿O bien se trataba de un ejercicio de autoindulgencia, ayudar a gente privilegiada, bien educada y sana a sentirse bien consigo misma?

Seguí adelante con el ejercicio, no sin cierto escepticismo, intentando mantener una mente abierta. Observé que era más difícil desearme lo mejor a mí mismo que dirigir esa bondad hacia un amigo. Resultó ciertamente revelador en cuanto a la dificultad de los clínicos de cuidar de sí mismos. Me pregunté qué significaba un «benefactor» para mí, y cómo había expresado mi gratitud hacia los actos desinteresados de mis benefactores. Me ayudó a apreciar cuánta gente me había ayudado a llegar donde estaba. Cuando se me pidió que me imaginase permanecer junto a una «persona difícil» y desearle lo mejor, sentí más curiosidad acerca de mis interacciones con personas a las que consideraba difíciles, y empecé a reconocer que su presencia me enseñaba algo útil también. Me descubrí sintiéndome profundamente agradecido a otros y a mí mismo. Estar en una habitación con otras personas, todos trabajando sobre cultivar algo positivo, era muy potente, creaba una sensación de comunidad y de propósito compartido. Lo que me había parecido un ejercicio más bien extraño y forzado empezó a cobrar sentido.[3]

Desde entonces, al menos un análisis ha distinguido la huella neuronal de la práctica de la compasión de otras formas de prácticas contemplativas.

Al estudiar a un grupo de meditadores principiantes durante nueve meses, el grupo de investigación de la psicóloga Tania Singer, del Instituto Max Planck, descubrió que la práctica de la compasión conducía a la activación del córtex parietal inferior, el córtex prefrontal dorsolateral y el núcleo accumbens, lo que demostró la existencia de una relación entre el «circuito de gratificación» en el cerebro y las zonas del cerebro que tienen que ver con la comprensión y la resonancia con los sentimientos de otros, y con la capacidad de regular nuestras propias emociones (lo que comúnmente se denomina inteligencia emocional).

[4] Aunque no necesitas un resonancia magnética funcional para «demostrar» que impartirte bondad a ti mismo y a otros seres humanos es buena cosa, esta línea de investigación [5] sugiere que las evidencias suscitan la posibilidad de que, a través de la práctica, las personas pueden actuar de manera más altruista y expandir su brújula emocional.

Notas:

  1. Salzberg, Lovingkindness.

  2. Aristóteles, The Nicomachean Ethics, trad. David Ross, con una introducción y notas de Lesley Brown (Nueva York: Oxford University Press, 2009); y T.J. Oord, Defining Love: A Philosophical, Scientific, and Theological Engagement (Grand Rapids, MI: Brazos Press, 2010).

  3. Aquí, el trabajo de la psicóloga Tania Singer en el Instituto Max Planck de Leipzig, Alemania, resulta especialmente relevante. Singer comunica los resultados de un experimento en el que personas que nunca han practicado ningún tipo de meditación acceden a participar en un programa de nueve meses. Durante tres meses practicaron atención concentrada, a solas en casa y en sesiones grupales. Luego, durante otros tres meses practicaron una forma de formación diádica de la atención, «escucha atenta» con otros a través de diálogos estructurados realizados en persona o telefónicamente. Los tres últimos meses realizaron práctica tradicional de compasión. Singer y su equipo descubrieron que los efectos de cada práctica contemplativa crearon un conjunto particular de capacidades. La formación en atención concentrada aumentó los circuitos atencionales y redujo la posibilidad de distracción. La práctica en compasión tuvo mayores efectos en actitudes prosociales como ocuparse de los demás y desear la mejora del sufrimiento ajeno. El estudio de Singer se realizó con personas normales de diversos ámbitos de la vida, pero que podría aplicarse con facilidad a quienes trabajan en entornos médicos. Ver T. Singer y M. Bolz, Compassion: Bridging Practice and Science (Múnich, Alemania: Max Planck Society, 2013).

  4. Para más información, ver H.G. Engen y T. Singer, «Compassion‐Based Emotion Regulation Up‐Regulates Experienced Positive Affect and Associated Neural Networks», Social Cognitive and Affective Neuroscience 10(9) (2015): 1.291‐ 1.301.

  5. H.Y. Weng et al., «Compassion Training Alters Altruism and Neural Responses to Suffering», Psychological Science 24(7) (2013): 1.171‐1.180.