Aprender a vivir en el silencio y la soledad

María Novo aborda en El éxito vital un aspecto muy importante con el que todo ser humano debe lidiar a lo largo de su vida: estar bien y cómodo en su soledad. Aunque no siempre resulta sencillo, puesto que, como explica Novo en este fragmento de su libro, la soledad en ciertos momentos o períodos de la vida puede no ser buscada. Sin embargo, la soledad no implica vivir de forma aislada o rechazar el contacto, sino más bien el hallazgo del equilibrio entre saber estar con uno mismo y, también, estar abierto al contacto con los demás.

 

Quien no sabe vivir consigo mismo
¿cómo podría saber vivir con otro?
Quien no sabe habitar su propia soledad
¿cómo podría pasar por la de los demás?
—André Comte-Sponville

A casi todas las personas les gusta viajar. Cuanto más lejos, mejor. Algunas, además, hacen deportes de riesgo. E incluso los más ricos y aventureros se apuntan a un viaje espacial. Sin embargo, son pocos los que se atreven con el temblor de viajar hacia su propio silencio y dejar que este se exprese.

Existe un silencio exterior y uno interior, ambos necesarios. Buscando el primero, ahuyentamos el bullicio que nos impide encontrar el punto de equilibrio en nuestras vidas y nos abrimos a un cierto orden del corazón y de la mente.

En cuanto al silencio interior, se trata de un aquietamiento del espíritu que elude la palabra, no por innecesaria, sino porque da paso a otra forma de comunicación en la que somos hablante e interlocutor. En él emerge un cierto saber sobre nosotros que nos lleva a interpelarnos y a reconocer nuestro valor o nuestros miedos, la fragilidad o tozudez con que atrapamos la alegría de existir o el dolor de las pérdidas.

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Esa conversación con uno mismo es la forma más genuina de autoconocimiento, el momento esencial en el que se manifiesta nuestra desnudez ante la vida. Podemos amarla por lo que tiene de revelador. Pero también podemos ignorarla, incluso sabotearla rodeándonos de ruidos exteriores, cuando no queremos ver al descubierto quienes somos por encima de quienes pretendemos ser.

A través de estos procesos de silenciamiento surge la posibilidad de eso que llamamos la aventura interior, una especie de viaje a las raíces de nuestro ser y de nuestro comportamiento que no siempre resulta fácil ni grato..., pero que, cuando nos atrevemos a emprenderlo, se convierte en nuestra mayor fuente de autoconocimiento, equilibrio y templanza ante la vida. Supone afrontar nuestros miedos, la desolación, el vacío..., pero también hacernos conscientes de nuestras potencialidades y talentos que aguardan agazapados el momento en el que les hagamos sitio. En la entrevista que hice a un conocido psicólogo hablamos sobre este tema y él me comentaba que el viaje interior no está de moda porque nos lleva a lugares desiertos, de incertidumbre, y en su recorrido aparece casi siempre la hoja en blanco. «Difícil aceptarlo –me decía– pero es el único viaje auténtico».

En cualquier caso, le demos paso o no, nuestro silencio existe, generalmente escondido tras las bambalinas de la obra de teatro colectiva, y abrirse a él es una experiencia vibrante y lúcida: de pronto aparecen sin envoltorio todos los secretos de nuestra vida, los minúsculos y los grandes, incluso aquellos que siempre quisimos olvidar por incómodos.

Una idea o un sentimiento, cuando se manifiestan en silencio, lo hacen mirando de frente al alma, no de espaldas a ella. Humanizan nuestra vida, conectan nuestros actos con su sentido más profundo. Y nos ayudan a descubrir las razones del corazón, a plantearnos las preguntas y respuestas que solo nosotros nos podemos hacer. Entonces comenzamos a descifrar esos espacios recónditos poblados por la alegría y la ausencia, el amor y el desamor, el goce y la pérdida...

Dejar que hable el silencio es abrirse al misterio. Esa apertura nos muestra las claves de nuestra forma de vivir. También las de convivir con los otros. Es la ocasión para que nos abracemos a nuestra biografía con la complicidad con que se asume lo irrenunciable y, a la vez, dejemos que se exprese el encuentro cordial con el entorno. No solo para contemplarlo, sino para hacernos parte de él.

Tememos el silencio porque nos compromete, porque contiene las verdades desnudas. Sin embargo, cuando hemos logrado aprender a amarlo, descubrimos que alberga también las alegrías y goces más íntimos y nuestros. Por eso se habla de escuchar el silencio. Porque, en esa actitud, que no se alimenta de palabras ni de cantos, una inocencia vuelve a visitarnos cada vez que, solos o acompañados, nos abandonamos al no decir, que suele acompasarse con el no hacer, rompiendo el vértigo diario y sus ruidos.

Unos colegas míos, profesores de universidad, en un viaje a América Latina se encontraron con un pescador sentado frente al mar con el que entablaron conversación. Hablando con él se quedaron asombrados de su sabiduría, de la capacidad que tenía de conocer los secretos de la vida y saber expresarlos. Entonces se atrevieron a preguntarle dónde había aprendido todo ese saber. Y el pescador les respondió: Aquí tengo mucho tiempo y silencio para pensar. Eso es todo.

En el silencio de la contemplación de un paisaje, en una meditación, se acallan los deseos, las rencillas y las ansias... Nuestra respiración se va acompasando de forma imperceptible para dejar que emerja un aliento íntimo y sereno que nos conecta con la unidad de todo lo existente. Así se nos revela la transparencia de la vida que late en nosotros y, de pronto, comenzamos a captar una realidad inabarcable por la razón, íntima, secreta, que nos abre a la aceptación de la vida tal cual es, vibrante y lejana, escurridiza y próxima, poética y prosaica al mismo tiempo.

Para experimentar todo esto en plenitud necesitamos espacios de soledad, de esa última soledad del ser a la que aludía el franciscano medieval Duns Scoto (1266‐1308). Algo que no supone aislamiento. Quiere decir, simplemente, que nadie puede vivir por nosotros, que el sentido de nuestra vida es intransferible a otra vida... Significa que no existe ni existirá nunca alguien que sea idéntico a mí o intercambiable conmigo; y que nuestro encuentro con ese ser que somos se produce precisamente en la soledad.

Soledad elegida y soledad sobrevenida

Podemos disfrutar de una soledad elegida (incluso, a veces, conquistada) que no significa incomunicación o ensimismamiento, sino cuidado de nuestro mundo interior y de nuestra libertad. Su justa medida se manifiesta de forma diferente en cada situación. Hay momentos en los que necesitamos el abrazo o la palabra del otro. En otras ocasiones, sin embargo, el silencio y la soledad son las vías para acallar la mente, restaurar un momento gozoso, cubrir con templanza la amenaza de cualquier desmoronamiento...

Pero hay otra soledad sobrevenida que, generalmente, es difícil de aceptar. Es la que llega con la pérdida de un ser querido, con la marcha del amante o el amigo, el abandono de un proyecto vital para nosotros... Lo característico de esa soledad es la ausencia. Una parte nuestra, la que estaba íntimamente ligada al otro, se queda de pronto vacía. En ella se abre un hueco que nada ni nadie pueden llenar.

Aprender a vivir con esta soledad sin dejar que se convierta en amargura lleva tiempo y esfuerzo. No se trata de rechazarla, sino de reconocerla como parte constitutiva de nuestra historia, de lo que el otro o la otra nos han ayudado a ser. Ese espacio vacío no se puede compartir, solo llevar con dignidad. Y, con el tiempo, tal vez un día descubramos que en nuestro dañado corazón sigue habiendo lugares en los que caben la alegría y la sonrisa. Así emerge la fuerza de la vida. Abrirse a ella es trascender la experiencia de estar solos.

En ambos casos, tanto si lo elegimos como si nos llega de improviso, el viaje a la soledad puede ser amado o temido, celebrado o lleno de lamentos, pero siempre resulta imprescindible. En algún momento de nuestra vida aparece como un ritual de crecimiento, una vía para comprender la existencia, que ya nunca nos abandona. Podemos afrontarlo de distintas maneras: cultivándolo en su justa medida, haciéndonos unos solitarios antisociales, o evitándolo a base de ruido exterior. La decisión que adoptemos en este sentido marcará de lleno nuestra existencia.

Algunos encuentran el camino medio y nos enseñan a transitar por él felizmente. Son aquellos que comprenden que únicamente aprendiendo a estar solos es posible aprender a estar bien con los otros. Ellos nos muestran que una cierta cuota de soledad en nuestras vidas no significa abandono ni huida, sino más bien una forma de caminar por la existencia compartiendo este trozo de universo sin perder por ello nuestra singularidad y nuestra propia luz, que son, al fin, las señas de identidad de cada ser humano.

En mi entrevista a Pepa Carrillo, presidenta de la Fundación Valores, ella me recordaba que el silencio y la soledad nos permiten aportar consciencia a los procesos que vivimos, tanto si se trata de disfrutar como de llorar. El buen vivir consiste en «darse cuenta», me decía Pepa. La tremenda y hermosa soledad del ser humano es la gran ocasión para darse cuenta de que la felicidad es una opción: podemos elegir ser felices, aligerar nuestra vida de recuerdos negativos y afrontarla cada día con apertura y talante positivo.

Una soledad fecunda, plena, asumida, es entonces la mejor vía para avanzar plenamente hacia el encuentro con el otro. El filósofo André Comte‐Sponville define el amor no como lo contrario a la soledad, sino como la soledad compartida, habitada, iluminada –y a veces ensombrecida– por la soledad del otro. Y el gran poeta Rilke, que tanto profundizó en estos temas, habla del amor refiriéndose a dos soledades que se protegen, se completan, se limitan y se inclinan la una hacia la otra.

En ese inclinarse hacia el otro tenemos en nuestra civilización un hermoso gesto que hacemos a diario cuando conocemos o encontramos a alguien: estrechar la mano a él o ella. Lo hacemos sin saber su significado, poco conscientes del modo en que, al parecer, se fue imponiendo culturalmente como una forma de confirmar a nuestro interlocutor que no llevábamos armas. Ir con las manos vacías suponía ir en son de paz, darse mutuamente la paz diciendo en silencio: «desde mi soledad, abordo tu soledad sin violencia».

Toda obra de creación, grande o pequeña, requiere espacios de soledad. Los artistas lo saben muy bien. Es el precio gozoso que pagan por la experiencia de crear. Una práctica inenarrable, única, que no puede ser compartida más que por momentos, porque necesita nutrirse de la intemperie espiritual, bucear en el misterio, explorar lo inédito..., para al fin revelarse en la obra de arte como un secreto que habitaba en nuestro interior, pero que nosotros ignorábamos. Así es la aventura creativa, una mezcla de locura y cordura, de intención y abandono, que se manifiesta cuando el artista, en su soledad, se abre a lo incierto y deja que germinen preguntas y respuestas que nunca se había hecho antes.

La gran filósofa y escritora María Zambrano supo conciliar poesía y pensamiento en lo que ella denominó la razón poética. Desde esa razón, afirma que escribir es defender la soledad. Y, como buena conocedora de la experiencia creativa, continúa diciendo que el escritor defiende su soledad mostrando lo que en ella y únicamente en ella encuentra.

Crear algo inédito, como quien descubre un secreto, y comunicarlo son dos de los acicates que mueven a quien escribe.

En esa tensión creativa, el necesario silencio inicial es la apertura a una revelación que resulta siempre nueva incluso para el propio escritor. Una experiencia que ha de vivirse en soledad. Sin embargo, la gran paradoja es que esa soledad es solo un estadio, una etapa, en el camino de comunicar lo desvelado, incluso en el ansia de hacerlo, de compartir el secreto como una forma de salir fuera de sí, de hacer de todos esa verdad, provisional y precaria, que se acaba de encontrar..., y mostrarla a los demás para que contribuyan a desentrañar su sentido.

Así se entiende el vínculo profundo entre soledad y comunicación, la necesaria complementariedad del silencio y la palabra. Llegar a construir este diálogo de contrarios lleva toda una vida. En el libro El arte de callar, escrito en 1771 por el abate Dinouart, se nos recuerda que no se puede hablar de las tinieblas sin conocimiento de la luz, ni del reposo sin relación con el movimiento. Así también es preciso haber sufrido para sentir o expresar en plenitud un momento de felicidad, como lo es haber estado a la intemperie para entender la fragilidad del otro que tiene frío... La soledad no escapa a esta regla: es la condición indispensable para llegar a la comunicación sabiendo quienes somos y dejando que se dilaten los instantes de cualquier encuentro con otra alma amiga.

Las huellas dactilares de nuestro silencio y nuestra soledad son, de este modo, las señas peculiares que imprimimos a todo lo que hacemos, sea grande o minúsculo, público o privado. Es como si con los dedos del alma fuésemos grabando a fuego las palabras y silencios que harán de nuestra vida algo cambiante.

Están ahí para recordar y recordarnos ese primer lenguaje sagrado de la comunicación con uno mismo como requisito esencial para el encuentro con el mundo. Son un saber a qué atenerse, las señales de una convicción o una renuncia, de nuestro afán por descubrir y nuestra ignorancia..., del acogimiento o desvalimiento, al fin, con el que afrontamos la aventura de existir.

Conviene amar el silencio y hacerle sitio a la soledad. Del mismo modo que no puede escribirse una partitura musical sin silencios, así también la partitura de nuestra vida los necesita y se enriquece con ellos. La soledad es su cómplice, su compañera necesaria.

Ella nos enseña a huir del falso engaño de que estar acompañado significa siempre no estar solo. Todos hemos experimentado alguna vez que se puede estar solo en medio de una multitud. Y sabemos también que los espacios de soledad pueden ser una losa o una conquista, y no siempre cabe elegir. Pero sí es posible dotarlos de sentido, aprovechar cualquier soledad para hacer algo creativo y lúcido, transformando las horas en ocasiones para aprender y descubrir algo nuevo (que a veces es nuestro inestable corazón...), o limitarnos a contemplar el entorno y disfrutarlo, a escuchar la música de los árboles o asistir asombrados a un amanecer. No como una situación vital de la que es preciso huir, sino, al contrario, como un regalo de los dioses...

El amor y la amistad se llevan bien con el silencio y la soledad. No nos hacen escapar del contacto con el ser querido, lo dotan de sentido. Porque, cuando dos personas se encuentran, por mucho que se amen, cada una vive ese momento de forma distinta, es decir, al fin y al cabo sola. Esa imposibilidad vital de experimentar totalmente lo que el otro siente o piensa es, no obstante, un estímulo para el irrenunciable afán de ambos por amarse y entenderse, por comunicarse incluso lo aparentemente incomunicable. La vida hace el resto: juega siempre a favor de quienes lo intentan...

Nuestro cuerpo y nuestro espíritu tiemblan en el silencio y la soledad, pero no pueden vivir sin ellos. Los rehúyen como si fuesen el anuncio de un desamparo, para finalmente amarlos con el reconocimiento de que son el contrapunto necesario de la palabra y la compañía. Vayamos a donde vayamos, ellos caminan con nosotros sin establecer una distancia infinita con el mundo sino la justa, la necesaria para que el ruido del entorno no nos ahogue. Nos ayudan a aligerar la vida de todo lo que pesa... Y son compatibles con la pasión, la risa y el llanto..., con la pulsión de comprender la desnudez del ser humano y, al tiempo, su potencia creadora. Amarlos sin titubeos puede ser una buena opción para el éxito vital. Nadie podrá tomarla por nosotros.