Aprender a perdonar

Valerie Mason-John escribe en Desintoxica tu corazón acerca de la importancia del perdón como vía para superar la ira y el odio, sentimientos que, si bien pensamos que nos protegen de lo que nos ha hecho daño, enturbian nuestra forma de sentir, pensar y estar en el mundo. Como todo, perdonar exige un aprendizaje y, en este fragmento de la obra, basado en la propia experiencia de la autora y otros casos que nos presenta, veremos el perdón como algo posible, necesario y positivo, tanto para nosotros mismos como para nuestro entorno.

Valerie Mason-John ha sido periodista y actualmente es formadora en gestión de la ira. Da conferencias y talleres por todo el mundo. Es presidenta del Triratna Vancouver Buddhist Center, en la Columbia Británica canadiense.

El odio paraliza la vida; el amor la libera. El odio confunde la vida; el amor la armoniza. El odio oscurece la vida; el amor la ilumina.

Cita atribuida a Martin Luther King

En una ocasión leí, en un libro sobre abusos sexuales: «Perdonar no es olvidar, es recordar y soltar». Perdonar no es fácil y requiere de perdón hacia nosotros mismos, porque como adultos a menudo nos fijamos en incidentes de la infancia y nos culpamos por ellos, lo que hace que nos sintamos mal por no habernos protegido mejor.

El perdón es una manera de transformar nuestros corazones. Exploraré el perdón con cierta profundidad porque es crucial para el bienestar de nuestros corazones, y porque puede resultarnos muy difícil llegar a él. Pero es el antídoto tanto para el odio como para la ira. El perdón es el agua que apaga los incendios de la ira y el odio en nuestros corazones. El perdón desintoxica nuestros corazones.

La mayoría de nosotros sabemos que tanto el amor como la compasión transforman el odio, pero alcanzar el punto de compasión o amar a alguien que nos ha infringido daño es un periplo que mucha gente no se toma la molestia de recorrer. «¿Qué sentido tiene?», preguntan algunos. «¿Para qué revolver el pasado?» Cuando era veinteañera, a menudo acababa las relaciones a las seis semanas. Cuando leí mis registros del orfanato, me sorprendió darme cuenta de que había sido separada de mi madre biológica a las seis semanas. Sin ni siquiera saberlo, había exteriorizado inconscientemente algo que sucedió en mi pasado. Cuando me hice consciente del pasado, pude ir más allá del umbral de las seis semanas en mis relaciones.

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El miedo es lo que suele encontrarse detrás del «no tomarse la molestia». Algunas personas han mantenido sus vidas tan compactadas durante tanto tiempo que piensan que si empiezan a ahondar en el pasado se desmoronarán, y el odio pasará a convertirse en parte de sus vidas; o bien temen convertir el pasado en un problema si se concentran en él. Si las personas que odiamos solo se convierten en problemas cuando nos relacionamos con ellas, y no están conscientemente en nuestras mentes si no lo hacemos, ¿para qué preocuparnos de ellas?

Es verdad que ninguno de nosotros va por ahí albergando constantemente pensamientos de odio hacia alguien, pero algunos sí vivimos nuestras vidas con odio almacenado en alguna parte de nuestros corazones. Y aunque no sintamos ese odio constantemente, cuando nos relacionamos con esas personas o cuando nos vemos obligados a pensar en ellas, no tenemos más remedio que lidiar con nuestros amenazadores pensamientos y emociones.

Si tenemos aunque solo sea una onza de odio en los corazones, acabará afectando a todo aquello con lo que entremos en contacto, igual que, cuando hay una guerra en una parte del mundo, afecta al resto.

Podemos creer que está bien pensar mal de alguien si no hacemos nada en su contra; después de todo en nuestra vida hay mucha gente a la que queremos. Pero el odio y el amor son diametralmente opuestos; no podemos experimentar un amor fluido si hay algo de odio en nuestros corazones.

Para empezar a perdonar, hemos de apartarnos de la creencia de que el odio e incluso la ira nos han protegido contra las personas que nos han hecho daño.

A menudo nos quedamos atrapados, agarrados a nuestra rabia y odio porque creemos que el perdón significa condonar el comportamiento dañino. Pero no es así. No condonamos, ni olvidamos. Lo que hacemos es soltar nuestra amargura. Para conseguirlo, hemos de estar al menos dispuestos a considerar el perdonar, aunque seamos in- capaces de hacerlo ahora mismo. Con solo considerar la posibilidad de perdonar, habremos iniciado el proceso de perdón. Si estamos dispuestos a perdonar, nuestros corazones acabarán abriéndose a su debido tiempo. Si no, seguiremos aferrados a todo ese resentimiento, ira y odio en nuestros corazones. Si nuestros corazones albergan una pizca de odio, este tendrá la capacidad de contaminar no solo la relación con aquellos con los que estamos en conflicto, sino también nuestras relaciones con la gente que amamos. Asimismo, es cierto que si no podemos perdonarnos a nosotros mismos, no podremos perdonar a los demás: seguiremos aferrados a la ira y el odio.

El perdón no es, como pudiéramos pensar, una práctica destinada únicamente a santos o personas espirituales. El perdón es para todos. Amar, ser afectuoso, ser compasivo y regocijarse en los demás, es la esencia de todos los corazones humanos. Lo que ocurre es que todo ello se ha contaminado a causa de nuestras emociones de vulnerabilidad no expresadas. Para aprender a perdonar, hemos de desintoxicar nuestros corazones. Al desintoxicar los corazones desarrollamos compasión.

Es importante repetir que perdonar no significa condonar o ni siquiera olvidar. Lo que significa es reconocer que todo es impermanente y que nadie permanece para siempre en un continuo estado de querer herir al alguien, y reconocer que no perdonar, que aferrarse al odio, duele mucho, si no más, que la persona con la que estamos resentidos.

Podemos perdonar a alguien y no obstante ser conscientes de que su comportamiento es perjudicial, y tener la esperanza de que no repita sus acciones. Nada en la vida es imperdonable. Puede incluso perdonarse a alguien que cometa un asesinato si cultivamos la suficiente compasión en nuestros corazones.

La hermana de uno de los niños a los que Fred y Rosemary West asesinaron en Gran Bretaña en la década de los 1960 escribió sobre su periplo hacia el perdón: «Tras el funeral y habiendo escuchado todos esos detalles espantosos, apareció una rabia tremenda. Era pura rabia, intensa y muy física: un intenso calor ascendía de mi vientre, explotando en mi cráneo. Estaba muy asustada. Me di cuenta de que era capaz de matar, y que no podría perdonar nunca a gente que actuara a partir de una furia así. Así que mi camino hacia el perdón empezó con una rabia asesina». Más tarde escribiría: «He vivido mucho tiempo preguntándome cómo sentir compasión por alguien que “me ha arruinado la vida” [...], hasta que en un momento determinado supe cómo hacerlo y experimenté un corazón espacioso y abierto, donde el perdón es espontáneo».[1] El perdón es difícil de practicar. Implica recordar y reconocer a quién y qué nos ha causado dolor. La única recompensa radica en el propio perdón, pero a fin de cuentas vale la pena, porque a partir de ese momento la felicidad puede fluctuar en armonía con el ritmo de un corazón en paz.

El perdón para nosotros mismos puede parecer algo raro. ¿Por qué necesito perdonarme a mí misma? Pero si somos honestos con nosotros mismos, veremos que en nuestras vidas hay cosas que requieren de perdón... Aunque sean cosas que consideramos diminutas.

Notas:

  1. Dharma Life, no 22 (2004): págs. 21-22.