De Sócrates a Chuang Tse: 5 transmisiones esenciales explicadas por el filósofo Frédéric Lenoir

Frédéric Lenoir es filósofo, sociólogo e historiador de las religiones. Es presidente de las asociaciones SEVE y Ensemble pour les Animaux.

Coautor de Transmitir, en este fragmento de su texto para el libro, Frédéric Lenoir narra cómo descubrió en distintas etapas de su vida a cinco grandes personajes históricos que influyeron positivamente en su forma de pensar y vivir.

libro.jpg

Si existir es un hecho, vivir es un arte: se aprende a vivir. ¿Quiénes me han enseñado a pensar? ¿Y a vivir mejor, a vivir bien? Porque en última instancia esa es la función de la filosofía: pensar mejor para vivir mejor. En mi camino, cinco personajes me han transmitido algo esencial. Aquellos a los que me gusta llamar mis maestros de vida son Sócrates, Jesús, el Buda, Spinoza y Chuang Tse.

Sócrates: buscar la verdad

Sócrates es el primer filósofo que conocí, a la edad de trece años. Mi padre era autoritario, pero también era filósofo y puso en mis manos El banquete, de Platón. Esta lectura me apasionó y leí todos los libros de Platón. Y luego Epicuro, Aristóteles, los estoicos, etc.

Los griegos entendían la filosofía como búsqueda de la verdad, como amor a la verdad, como deseo de verdad. Quizá nunca la alcancemos, pero al menos deseémosla y busquémosla, amemos ese amor y ese deseo que nos permiten ser progresivamente más lúcidos y más conscientes. Si tenemos ideas justas, podremos vivir mejor, más felices y crecer sobre algo verdadero y no sobre una ilusión. Muchas personas son felices a partir de la ilusión de una creencia, de la vida amorosa... Hay ilusiones que nos ayudan a vivir, que nos hacen felices algún tiempo. Pero un día todo se derrumba. Y cuando esto ocurre, pasamos de la alegría a la tristeza. Por eso creo que es importante tener un conocimiento, un discernimiento que nos permita ser lúcidos y buscar siempre la verdad.

transmitir.jpg

A los dieciséis años, me planteé unas preguntas fundamentales: «¿Qué es un ser humano? ¿Por qué estamos en la Tierra? ¿Qué es una vida realizada? ¿Qué es una buena vida?». Y Sócrates fue mi iniciador.

Sócrates es el gran maestro de la lucidez. Su mayéutica consiste en que sus interlocutores alumbren su pensamiento original, el saber que hay en ellos. Su madre era comadrona, él ayudaba al parto de los espíritus. Quiso mostrarnos que todo lo que creemos verdadero o adquirido puede fundarse en un a priori. Todos tenemos, espontáneamente, un cierto número de opiniones basadas en prejuicios, en creencias que jamás hemos cuestionado. Sócrates nos ayuda a buscar la verdad más allá de las creencias recibidas.

El Buda: desprenderse del ego

Después de Sócrates descubrí al Buda, el Despierto. Buscaba lo concreto. Leía a los filósofos, pero no tenía a Sócrates a mi lado para recorrer el camino hacia la sabiduría. A los veinte años, en cierto modo como nuestro amigo Matthieu Ricard, me fui a la India a la búsqueda de maestros que me transmitieran una sabiduría viva, y conocí a muchos maestros espirituales. Conocí la meditación. Desde hace treinta años medito gracias a los monjes tibetanos.

La meditación y el budismo me enseñaron algo extremadamente valioso: el funcionamiento del ego. A los veinte años descubrí que no había que identificarse con ese personaje llamado ego, que se alimenta de todo aquello con lo que nos encontramos. Vivimos bajo la permanente mirada de los otros, nos hemos construido –nuestro ego se ha construido– en la mirada de los demás, tanto para lo bueno como para lo malo. Lo bueno ocurre cuando los otros destacan tus cualidades, lo crees y eso refuerza tu ego, es positivo. Lo peor acontece cuando te dicen que no vales nada. He comprendido que era importante tener un ego, pero aún lo era más no identificarse con él y desprenderse del mismo.

Todo el trabajo de la psicología espiritual procedente del budismo me ha resultado extremadamente valioso. Pronto aprendí a no apegarme a lo que decían o pensaban de mí. Es muy útil y permite dormir por la noche. Si para ser felices esperamos que nos hagan cumplidos o que dejen de criticarnos, nunca seremos felices.

En la tradición filosófica francesa, desde Voltaire, la inteligencia va unida al pesimismo. El optimismo se vincula a la ingenuidad o a la ignorancia. Ser inteligente significa ser lúcido, y la lucidez implica ser crítico con todo lo que está mal... ¡No estoy en absoluto de acuerdo con esto! ¡Creo que también podemos ser lúcidos con todo aquello que va bien! Creo que merece la pena hablar de ello, aunque se me considere «ingenuo» o «cándido» y eso me reporte no pocos desprecios en cierta intelligentsia parisina. El budismo me ha enseñado que mi peor enemigo es mi mejor amigo, porque me ayuda a progresar en el desprendimiento del ego. El budismo me ha ayudado a recorrer este camino de distanciamiento en relación con mis emociones, especialmente gracias a la meditación.

Jesús: atreverse a amar

Jesús fue un encuentro más tardío. Conservaba muy malos recuerdos de mi educación religiosa. Pero un día leí los Evangelios y rompí a llorar. Era increíble. Me conmovió el mensaje de amor de Jesús, un mensaje expresado en palabras, pero también encarnado en su propia vida. Cuando salva a la mujer adúltera de la ley de Moisés, que exige lapidarla: «Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra». Es una de las frases más hermosas de toda la historia de la espiritualidad. Y cuando acepta hablar con las prostitutas, lo que escandaliza a los «buenos creyentes» de la época, Jesús responde: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Jesús es el descubrimiento de ese amor incondicional, universal, más allá de la ley, más allá de todo... Durante la crucifixión, el bandido que estaba junto a él le dijo al último condenado, que había injuriado a Jesús: «En nuestro caso es justicia, pagamos por nuestros actos; pero él no ha hecho nada malo». Y Jesús le responde con esta frase extraordinaria: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso». ¡Habría que recordar con más frecuencia que la única persona canonizada por Jesús es un criminal, no un santo virtuoso! Para mí esto resume a la perfección los Evangelios.

Spinoza: el deseo es la esencia del hombre

Spinoza es un filósofo que he descubierto recientemente. Spinoza es el ancestro de la psicología de las profundidades, el primer filósofo en proclamar que el ser humano está completamente motivado por sus emociones y que nuestros deseos y sentimientos preceden y condicionan nuestros pensamientos. No deseamos algo porque sea bueno, afirma, sino que lo juzgamos bueno porque lo deseamos. Nuestras emociones, nuestros deseos, nuestra sensibilidad influyen poderosamente en nuestra filosofía de la vida. Basta con observar la vida y el pensamiento de los grandes filósofos para convencerse de ello. Schopenhauer, que tuvo una vida llena de tristeza y sufrimiento, construyó una filosofía profundamente pesimista. Por otra parte, Montaigne, que era un hombre alegre, nos ha dejado una filosofía esencialmente optimista. Nuestras emociones participan de manera profunda en la construcción de nuestro pensamiento.

Spinoza subraya otro aspecto que me parece esencial. En su opinión, si luchamos contra una adicción, si estamos en un mal camino o hemos elegido mal, lo que nos ayudará a cambiar no es la razón ni la voluntad. Lo único que nos ayudará a cambiar y a progresar es el deseo. El deseo es la esencia del hombre y lo que nos ayuda a progresar. Por lo tanto, no se trata de renunciar al deseo, sino de aprender a orientarlo hacia las personas y las motivaciones que nos hacen crecer. Si queremos progresar, es esencial suscitar nuevos deseos, deseos justos y bien orientados.

Por último, me gusta mucho lo que dice Spinoza sobre la alegría. Propone diferenciar la alegría activa de la pasiva. Una alegría activa se basa en una idea adecuada, una verdad. Una alegría pasiva está fundada en un error, en una idea inadecuada.

En la vida amorosa vivimos muchas alegrías pasivas. Conocemos a una persona y proyectamos sobre ella, sobre él, nuestras necesidades, nuestras expectativas infantiles no resueltas, etc., y al cabo de seis meses nos decimos: «¡Me han engañado con esta mercancía!». En realidad no te han engañado. Tú te has ilusionado. Spinoza nos dice que al descubrir la verdad, a menudo pasamos de la alegría a la tristeza, incluso al odio. Acabamos odiando lo que hemos adorado. ¿Por qué? Porque nos hemos desilusionado y nos negamos a admitir que somos responsables de esta ilusión. Entonces atribuimos el error al otro, el divorcio dura veinte años y no acaba.

Por el contrario, una idea fundada en una idea adecuada, verdadera, es eterna. Es lo que Spinoza llama la alegría activa. Cuando hemos vivido momentos de amor verdadero con alguien, se produce una alegría activa que es eterna; y esa alegría nadie nos la puede arrebatar. Creo que por esa razón se dice que el amor es más poderoso que la muerte.

Chuang Tse: dejar ir

Descubrí a Chuang Tse casi al mismo tiempo que a Spinoza. Es uno de los grandes pensadores fundadores del taoísmo, una corriente filosófica china que se definió a la vez como prolongación y reacción al confucianismo. El confucianismo es la matriz de todo el pensamiento chino. Los confucianos predican una sabiduría del orden, convierten el cielo en el modelo perfecto de la vida. En el cielo, todo está perfectamente ordenado y es previsible. Por ejemplo, podemos saber exactamente a qué hora se levantará el sol en diez mil años o cuándo pasarán los cometas. Confucio propone construir una ciudad terrenal a partir del modelo de la ciudad celestial. El emperador es el hijo del cielo, las leyes esenciales son la virtud interior y la obediencia.

El taoísmo responde que esto no se aplica a la tierra, y que vivimos en la tierra, no en el cielo. Evidentemente, podemos predecir cuándo se alzará el sol dentro de diez mil años, pero no qué tiempo hará mañana. En la tierra nada es previsible. El Buda lo dijo mucho antes en sus Cuatro Nobles Verdades: «Todo es impermanente». No se puede saber lo que va a pasar. Vivimos en el caos. De este caos pueden nacer órdenes provisionales y que no dejan de serlo. Por lo tanto, hay que acostumbrarse a vivir en el movimiento permanente del mundo y de la vida.

Según el taoísmo, las principales cualidades para vivir en la alegría son la flexibilidad, la versatilidad y la capacidad para cuestionarse constantemente mientras acompañamos el movimiento permanente de la vida.

Todo esto me resultó profundamente inspirador. En parte ya lo vivía, pero siempre hay pequeñas cosas a las que uno se apega, un proyecto, una creencia, mientras la vida nos lleva en otra dirección. Esta filosofía nos enseña que cuando la vida nos sitúa ante un obstáculo, ante una corriente contraria, no debemos luchar, sino acompañar la corriente. Así, Chuang Tse explica que si queremos atravesar un río y la corriente nos lo impide, no hay que intentar cruzarlo a cualquier precio y con la fuerza de nuestros brazos, pues nos arriesgamos a ahogarnos. Por el contrario, se trata de seguir la corriente, dejarse llevar y ver a dónde nos conduce... Es probable que si mantenemos la intención de cruzar el río y esta intención es justa, en determinado momento la corriente nos lo permitirá, pero no sabemos dónde ni cuándo. Es evidente que hay que tener una gran confianza en la vida para ser capaz de hacer esto.

Este dejar ir que enseña el taoísmo me acompaña en el día a día. La vida tiene sus ironías y, cuando redactaba Sobre la felicidad, un viaje filosófico, borré por descuido el capítulo sobre Chuang Tse y el dejar ir al querer guardarlo en el ordenador. Durante tres segundos me dije: «O exploto o intento poner en práctica lo que he escrito en este capítulo».

Así pues, intenté hacer esto último y me dije: «Vale, he perdido tres semanas de trabajo, pero no pasa nada».

Ocurrió entonces algo increíble: me inundó la alegría. Me invadió una risa loca, una alegría eufórica. Experimenté el gozo a través de la aceptación de lo que ocurre. Decir sí a la vida.

Las virtudes de la flexibilidad y la confianza permiten acompañar la corriente de la vida en lugar de intentar forzar los acontecimientos. Por eso los taoístas afirman que hay que practicar el no-actuar. No-actuar no significa no hacer nada. Es no forzar las cosas.

Si nos tropezamos con un obstáculo, el taoísmo nos recomienda preguntarnos por el significado de ese obstáculo. Por ejemplo, cuando enfermamos, en lugar de lamentarnos o caer en el abatimiento, preguntémonos: «¿Qué es lo que me dice mi cuerpo? ¿Qué es lo que no funciona en mi vida? ¿Qué puedo aprender?». Todos los fracasos, todas las dificultades, todos los obstáculos pueden iluminarnos, transmitirnos un mensaje, ayudarnos a crecer y a cambiar. Quizá a cambiar de trabajo, a cuestionarnos en uno u otro ámbito.

Después de cuarenta años de reflexión intelectual sobre el misterio insondable de la vida, cuanto más avanzo en el camino, más me gusta descubrir el sentido en aquello que vivo. Evidentemente, cada cual concede un sentido a su vida en función de lo que es, sus motivaciones, su carácter, su personalidad, sus experiencias. Sin embargo, ¿existe un sentido universal válido para todo el mundo y que hay que transmitir?

Para mí, ese sentido sería pasar del miedo al amor y de la inconsciencia a la conciencia. Y en este sentido toda transmisión que ofrezca amor y conciencia mejora a la humanidad.

Cómo el médico Ronald Epstein experimentó que la meditación metta es más que una práctica new age

La meditación, a veces, puede definirse frívolamente como una mera tendencia new age. Sin embargo, como explica Ronald Epstein en este fragmento de su libro Estar Presente. Mindfulness, medicina y calidad humana, la propia ciencia ha puesto de relieve las mejoras que experimentan las personas que la practican.

Ronald Epstein es médico de cabecera en activo, profesor de Medicina Familiar, Psiquiatría y Oncología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Rochester, donde dirige el Center for Communication and Disparities Research y codirige programas de práctica de mindfulness.

flor.jpg

Pero ¿cómo?
Cuando aprendía sobre meditación metta —a veces llamada meditación benevolente o práctica de la compasión—, al principio me sorprendió como algo insufriblemente new age. No podía imaginarme cómo unas voces ensoñadoras, imágenes de lotos e invitaciones al «revolucionario arte de la felicidad» [1] podían tener algún posible atractivo para médicos con perfiles duros.

Metta es una palabra en pali que se traduciría como «cordialidad» y «bondad», un deseo sincero de bienestar y genuina felicidad para los demás. Metta es una actitud que el practicante aspira a aportar a todos los seres, sin excepción —la llamada compasión no referencial o incondicional—, comparable al concepto aristotélico de philia o «amor fraternal».[2] Si aceptamos la opinión de que los seres humanos disponen de la capacidad de sentir compasión pero que está inhibida por una visión distorsionada del mundo, entonces es posible eliminar esos obstáculos mediante práctica.

La primera vez que lo experimenté asistía a un taller. Durante la meditación guiada, el profesor nos instruyó para que nos imaginásemos a nosotros mismos y nuestros atributos positivos, para luego ampliar la bondad a nosotros mismos, y después a un «benefactor», a un amigo, a una «persona neutra», a una «persona difícil» y, finalmente, «a todos los seres».

Estar_presente-.jpg

Se nos pidió que representásemos en silencio, mentalmente, una serie de frases, primero dirigidas a nosotros mismos: «Que esté libre del peligro, que sea feliz, que esté sano, que viva con comodidad». Y luego a otros, por orden:«Que puedan vivir libres de peligro, que sean felices, que estén sanos, que vivan con comodidad», etcétera.

Me consoló enterarme de que la práctica de la compasión había formado parte de las tradiciones meditativas desde hacía más de veinticinco siglos. Pero ¿es realmente posible formar a gente para que sea amable y cordial y para que ofrezca cuidados? ¿O bien se trataba de un ejercicio de autoindulgencia, ayudar a gente privilegiada, bien educada y sana a sentirse bien consigo misma?

Seguí adelante con el ejercicio, no sin cierto escepticismo, intentando mantener una mente abierta. Observé que era más difícil desearme lo mejor a mí mismo que dirigir esa bondad hacia un amigo. Resultó ciertamente revelador en cuanto a la dificultad de los clínicos de cuidar de sí mismos. Me pregunté qué significaba un «benefactor» para mí, y cómo había expresado mi gratitud hacia los actos desinteresados de mis benefactores. Me ayudó a apreciar cuánta gente me había ayudado a llegar donde estaba. Cuando se me pidió que me imaginase permanecer junto a una «persona difícil» y desearle lo mejor, sentí más curiosidad acerca de mis interacciones con personas a las que consideraba difíciles, y empecé a reconocer que su presencia me enseñaba algo útil también. Me descubrí sintiéndome profundamente agradecido a otros y a mí mismo. Estar en una habitación con otras personas, todos trabajando sobre cultivar algo positivo, era muy potente, creaba una sensación de comunidad y de propósito compartido. Lo que me había parecido un ejercicio más bien extraño y forzado empezó a cobrar sentido.[3]

Desde entonces, al menos un análisis ha distinguido la huella neuronal de la práctica de la compasión de otras formas de prácticas contemplativas.

Al estudiar a un grupo de meditadores principiantes durante nueve meses, el grupo de investigación de la psicóloga Tania Singer, del Instituto Max Planck, descubrió que la práctica de la compasión conducía a la activación del córtex parietal inferior, el córtex prefrontal dorsolateral y el núcleo accumbens, lo que demostró la existencia de una relación entre el «circuito de gratificación» en el cerebro y las zonas del cerebro que tienen que ver con la comprensión y la resonancia con los sentimientos de otros, y con la capacidad de regular nuestras propias emociones (lo que comúnmente se denomina inteligencia emocional).

[4] Aunque no necesitas un resonancia magnética funcional para «demostrar» que impartirte bondad a ti mismo y a otros seres humanos es buena cosa, esta línea de investigación [5] sugiere que las evidencias suscitan la posibilidad de que, a través de la práctica, las personas pueden actuar de manera más altruista y expandir su brújula emocional.

Notas:

  1. Salzberg, Lovingkindness.

  2. Aristóteles, The Nicomachean Ethics, trad. David Ross, con una introducción y notas de Lesley Brown (Nueva York: Oxford University Press, 2009); y T.J. Oord, Defining Love: A Philosophical, Scientific, and Theological Engagement (Grand Rapids, MI: Brazos Press, 2010).

  3. Aquí, el trabajo de la psicóloga Tania Singer en el Instituto Max Planck de Leipzig, Alemania, resulta especialmente relevante. Singer comunica los resultados de un experimento en el que personas que nunca han practicado ningún tipo de meditación acceden a participar en un programa de nueve meses. Durante tres meses practicaron atención concentrada, a solas en casa y en sesiones grupales. Luego, durante otros tres meses practicaron una forma de formación diádica de la atención, «escucha atenta» con otros a través de diálogos estructurados realizados en persona o telefónicamente. Los tres últimos meses realizaron práctica tradicional de compasión. Singer y su equipo descubrieron que los efectos de cada práctica contemplativa crearon un conjunto particular de capacidades. La formación en atención concentrada aumentó los circuitos atencionales y redujo la posibilidad de distracción. La práctica en compasión tuvo mayores efectos en actitudes prosociales como ocuparse de los demás y desear la mejora del sufrimiento ajeno. El estudio de Singer se realizó con personas normales de diversos ámbitos de la vida, pero que podría aplicarse con facilidad a quienes trabajan en entornos médicos. Ver T. Singer y M. Bolz, Compassion: Bridging Practice and Science (Múnich, Alemania: Max Planck Society, 2013).

  4. Para más información, ver H.G. Engen y T. Singer, «Compassion‐Based Emotion Regulation Up‐Regulates Experienced Positive Affect and Associated Neural Networks», Social Cognitive and Affective Neuroscience 10(9) (2015): 1.291‐ 1.301.

  5. H.Y. Weng et al., «Compassion Training Alters Altruism and Neural Responses to Suffering», Psychological Science 24(7) (2013): 1.171‐1.180.

Susan Cain: Cómo un simple "hola" y saber escuchar te ayudarán a socializar si eres una persona introvertida

A veces creamos defectos donde no los hay. Según la escritora Susan Cain, ser introvertido no tiene por qué ser algo negativo ni una limitación, más bien todo lo contrario. Los introvertidos tienen enormes virtudes, como el poder de la escucha, que detalla en este fragmento de su libro El poder silencioso. La fuerza de los introvertidos.

micro.jpg

Solo di hola

Si te cuesta mucho hacer amigos, tranquilo: todo lleva su tiempo; y hacer buenos amigos también, y me refiero a esos amigos que te darán su apoyo y te valorarán. Hailey, de Michigan, era tan tímida que a menudo tenía que esforzarse incluso para saludar a los demás. En 3º de primaria decidió que trabajaría el tema y saludaría a más personas. Tan solo diría «hola», y rapidito; ni siquiera tendría que iniciar una conversación.

Aplicar su fuerza de voluntad a un acto tan insignificante tuvo unos resultados sorprendentes. Una de las primeras personas a las que Hailey se obligó a saludar fue a una chica nueva que acababa de mudarse a la ciudad. «Fui a decirle hola y nos pusimos a hablar; descubrimos que teníamos tantas cosas en común...». La chica valoró mucho el gesto de Hailey. «Se sintió más acogida, porque no todos se habían acercado a ella para saludarla». Cinco años después, las dos chicas siguen siendo amigas, y comparten habitación en un colegio mayor que hay cerca de la escuela.

El poder silencioso.jpg

Tras graduarse en el instituto, Davis estaba preocupado porque no sabía si haría amigos en la universidad. Y entonces decidió que necesitaba algo con lo que romper el hielo. Durante el verano aprendió a solas unos cuantos trucos de magia. «Pensé que si no sabía cómo acercarme a la gente, podría hacer magia, y eso nos daría de qué hablar», dijo. Y así fue: cuando Davis llegó al campus, lo hizo con un juego de cartas. Después de presentarse, pedía a los demás que eligieran una carta. Entonces les hacía un truco, y la mayoría de las veces se ponía a conversar con esa persona. «En realidad, conocí a algunos de mis mejores amigos de esa manera», comentó.

Relacionarse así le hizo ganar confianza en sí mismo, y al final Davis comprendió que estaba usando las cartas como una muleta para una dolencia que ya no existía. Los trucos de magia eran el equivalente de su extrovertida prima Jessica, la que estuvo espoleándolo durante las elecciones de 2º de ESO. Antes de que terminara el primer curso de la universidad, ya notó que no necesitaba esos recursos. Cuando quería conocer a alguien, se acercaba a esa persona y se presentaba directamente.

La capacidad innata de escuchar

Lo que Hailey y Davis quizá no sabían era que los introvertidos tenemos una habilidad que es especialmente útil para hacer nuevos amigos. Escuchamos muy bien. ¿No te ha pasado nunca estar en una reunión con gente y no tener ganas de hablar? A mí, sí. Charlar por el mero hecho de charlar puede llegar a ponerme de los nervios. Me siento como en ascuas intentando encontrar algo inteligente que decir. Y encima, hablar del tiempo o ponerme a cotillear es algo que no me va en absoluto. No digo que eso sea malo, pero es que yo me quedo con ganas de hablar de otras cosas; y ahí es cuando me convierto en una entrevistadora.

Muchos introvertidos dicen que cuando se sienten cohibidos ante los demás salen al paso de las conversaciones desviando o alejando la atención de ellos y centrándola en los demás, o en otras cosas. Cuando me siento especialmente introvertida, y me encuentro en una situación en la que tengo que ser parlanchina, empiezo a preguntarle cosas a la otra persona. Que sean las personas a las que les gusta hablar quienes lleven el peso de la conversación. Es muy probable que disfrutes de verdad escuchando sus respuestas. Las historias de los demás suelen ser más interesantes de lo que nos imaginamos, y se aprende mucho más escuchando que hablando.

Por supuesto, tienes que andarte con ojo y no dejar que la conversación recaiga demasiado en tu interlocutor: las personas con las que hablas quieren que las escuchen, no que las examinen. No temas intercalar tus propios pensamientos y opiniones a lo largo de vuestra conversación.

Muchos periodistas dicen haber sentido la llamada vocacional gracias a este proceso. Para Ira Glass [1], presentador del popular programa de radio y redifusión multimedia The American Life, una gran parte de su trabajo consiste en trabar conversación con las personas. En sus entrevistas demuestra ser muy hábil logrando que las personas se sientan cómodas para que puedan contar su historia y hacernos partícipes de sus sentimientos y valores. Sin embargo, Glass afirma que no es «un narrador nato, en absoluto. Como mucho, soy un entrevistador nato, un hombre que sabe escuchar, pero no soy un narrador nato», explicó a Slate.com en una entrevista que concedió en 2010.

Glass quizá no hable demasiado, pero su capacidad de escuchar con atención, hacer las preguntas pertinentes e intercalar observaciones interesantes convierten su programa en un espectáculo fascinante. La capacidad que tiene de lograr que la persona se sienta cómoda y escuchada (y que, por el hecho de sentirse así, llegue a confesar verdades fascinantes y secretas) es uno de los múltiples superpoderes que tienen los introvertidos.

Usa tus propias palabras

A veces, sin embargo, con tanto escuchar a los demás puedes terminar agotado. Acaparas mucha información ajena, pero ¿dónde queda tu voz en esta conversación? ¿Acaso no importan tus propios pensamientos? ¿No deberían ser ellos los que te escuchen a ti?

¿Has oído alguna vez como hay padres que les dicen a sus hijos: «cuéntamelo todo con tus propias palabras»? No hace mucho oí que un padre le decía eso a su hijo, que estaba llorando. El padre quería ayudarlo, pero no podía entender por qué su hijo estaba tan triste. Entre sollozo y sollozo, y con la respiración entrecortada, el chico no le decía por qué estaba llorando.

Las personas no leemos la mente. Por mucho que queramos que los demás nos entiendan de manera implícita, a veces tenemos que darles más información; somos nosotros quienes tenemos que hablar. Y hablar en voz alta, a veces nos da pánico, pero decir lo que quieres o lo que necesitas también te da mucho poder, y ya verás que la mayoría de las veces terminarás satisfecho con la reacción del otro.

Cuando te sientas cómodo, o incluso si necesitas alargarte un poco, usa tus propias palabras. Comparte tus ideas, tus pensamientos y sentimientos. No eres un engreído, ni presumes de querer llamar la atención. Además, tampoco estás traicionando tu introversión cuando quieres que te escuchen. La amistad consiste en dar y en recibir (en encontrar el tiempo de escuchar con paciencia y atención, y en confiar tanto en tu amigo que puedas expresarte con sinceridad).

Notas:

[1] Kathryn Schulz, «On Air and On Error. This American Life’s Ira Glass on Being Wrong», Slate.com, 7 de junio de 2010.

Minimalistas: cómo levar el ancla de la identidad (II)

Minimalistas: cómo levar el ancla de la identidad (II)

Preguntarte quién eres en realidad, más allá de lo que hayas hecho en tu vida laboral o académica, es una vía para el autoconocimiento que exploraron los minimalistas en su libro Minimalismo. Para una vida con sentido.

Read More

Minimalistas: donde confluyen pasión y misión (I)

Minimalistas: donde confluyen pasión y misión (I)

Iniciamos una serie de artículos basada en el libro Minimalismo. Para una vida con sentido en el que sus autores analizan en profundidad aquello que nos separa de nuestras pasiones y nos proporcionan herramientas para alcanzar un cambio de vida basado en lo que realmente somos y queremos llegar a ser en consonancia.

Read More