Las relaciones de los niños con la naturaleza

La relación del ser humano con la naturaleza parece tener dos concepciones distintas, contrapuestas. Por un lado, la explotamos para nuestro propio beneficio y, por el otro, acudimos a ella en busca de sosiego y tranquilidad. Rupert Sheldrake estudia esta relación en este fragmento de su libro Las ciencias y las prácticas espirituales, así como las experiencias con la naturaleza que se dan en la infancia y adolescencia.

El urbanismo, el desarrollo de los medios de comunicación digitales y los miedos de los padres hacen que la mayoría de los niños pasen menos horas al aire libre que todas las generaciones anteriores. Pero no cabe duda de que, cuando se les da la oportunidad, muchos experimentan una sensación de conexión con el mundo más‐que‐humano.

La Unidad de Investigación de la Experiencia Religiosa en Oxford, fundada por el zoólogo evolucionista sir Alister Hardy en los años 1960, reunió muchos miles de relatos de experiencias espirituales. De esta amplia muestra, alrededor del 15 % comenzó con alguna referencia a experiencias de la infancia.[1]

Ante posteriores preguntas, la mayoría de los autores de estas descripciones dijeron que estas experiencias de la infancia tenían una autoridad y un significado excepcionales. La mayoría dijo que en ese momento no pudieron contar sus experiencias ni a los maestros ni a los miembros de su familia. Así lo expresó una persona: «Este conocimiento interno era estimulante y absorbentemente interesante, pero permaneció no dicho, porque, aunque lo hubiera expresado, nadie lo habría entendido».[2]

He aquí un ejemplo de una experiencia de la infancia recordada, procedente de la colección de la Unidad de Investigación de la Experiencia Religiosa:

[Cuando era niño] me parecía tener una relación más directa con las flores, los árboles y los animales, y hay determinadas ocasiones particulares que todavía puedo recordar en las que me veía inundado por una gran alegría, como cuando vi por primera vez lirios que se abrían o cuando cogí margaritas del jardín cubiertas de rocío antes de desayunar. Parecía no haber barreras entre las flores y yo, y esto era una fuente de gozo inexpresable.[3]

Otra de las personas habló de «sentir una unidad atemporal con toda la vida», «un profundo y sobrecogedor sentimiento de gratitud», y una «sensación de paz y seguridad ilimitadas que parecían formar parte de la belleza de la mañana».[4]

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Pero, estos recuerdos, escritos cuando se es ya adulto o incluso anciano, ¿reflejan con precisión las experiencias de la infancia, o son vistos retrospectivamente a través de cristales teñidos de rosa? Un maestro británico, Michael Paffard, intentó responder a esta pregunta pidiendo a sus alumnos adolescentes que llenasen un cuestionario y escribieran un relato de sus propias experiencias gozosas o provocadoras de asombro relacionadas con su conexión con la naturaleza, si creían que tenían alguna experiencia relevante que describir. De 400 alumnos, el 55 % intentaron describir experiencias que podían clasificarse como de naturaleza mística. Algunas de las palabras claves utilizadas para describir sus experiencias incluían «gozosa», «serena», «extática», «sagrada», «elevadora», «atemporal» y «llena de paz».[5] Los tipos de experiencias que describían era muy similares a las recordadas por personas mucho más mayores.

Igual que se sentían eufóricos, algunos de los que respondieron sintieron también miedo al enfrentarse con el firmamento, las montañas, el mar o espacios deshabitados. Un chico de 16 años que fue a un internado escribió:

Vivo en Essex, al borde de la vasta extensión de una marisma salina... A menudo, en los meses de otoño voy a sentarme en el rompeolas y paso la tarde contemplando la marisma. Cuando estoy lejos, en la escuela, anhelo esta soledad salvaje y la sensación de libertad y de fuerza de la naturaleza que proporciona. Sin embargo, resulta terriblemente desolador cuando oscurece y el mar comienza a subir y tengo que irme. Pero siempre vuelvo allí.[6]

En el estudio de Paffard, en el 67 % de los relatos, los jóvenes estaban solos cuando tuvieron esas experiencias, y la mayoría de ellas tuvieron lugar por la tarde o por la noche.[7] La mayoría no había buscado esas experiencias deliberadamente; ocurrieron de manera espontánea. Pero algunas personas realizan como práctica el ir a lugares especiales en los que se sienten inspiradas, como cumbres, praderas, lagos, bosques o playas.

De niño, pasaba mucho tiempo al aire libre y sentía una fuerte conexión con el mundo natural y un sentido de pertenencia. Esto hizo que quisiera estudiar ciencias, especialmente biología. En la escuela me iban bien las ciencias, pero lo que aprendí ya no se basaba en la experiencia directa de la vida de un organismo. Prácticamente todas las plantas y animales que estudiamos en la escuela, y más tarde en la Universidad, esta‐ ban muertos. Matábamos lo que estudiábamos, excepto en el caso de los animales utilizados en experimentos de vivisección, a los que después también se les quitaba la vida. Diseccionábamos lombrices, ranas, pintarrojas y conejos. Arrancábamos flores y mirábamos sus órganos. Mirábamos los tejidos bajo el microscopio. Matar animales en aras de la ciencia se llamaba sacrificar. Los animales eran sacrificados en el altar de la ciencia.

Este tipo de ciencia tenía muy poca relación con mi propia experiencia. Intenté desechar mis propios sentimientos subjetivos acerca de la vida del mundo natural como acientífica, pero no desaparecieron. Más tarde me di cuenta de que muchas personas experimentan la naturaleza como realmente viva cuando son niños, y se les anima a hacerlo mediante historias y libros para niños, de animales que hablan. De niño, viví en un mundo animista que era estimulado por los adultos. Pero al ir creciendo me quedó muy claro que este modo de pensar infantil había que dejarlo atrás. Creer que los animales y las plantas eran algo más que máquinas complejas, y pensar en la naturaleza como algo vivo, era como creer en cuentos de hadas.

Toda nuestra cultura está dividida entre la experiencia de las conexiones directas con el mundo natural, a menudo establecidas en la infancia, y la teoría mecanicista de la naturaleza que domina las ciencias y la sociedad secular. Todos somos herederos de esta escisión.

En el mundo oficial, de 9 a.m. a 5 p.m., de lunes a viernes –el mundo del trabajo, de la educación, de los negocios y de la política–, la naturaleza se concibe mecanicistamente, como una fuente inanimada de materiales brutos para ser explotados para el desarrollo económico. Por el contrario, en nuestro mundo privado extraoficial, la naturaleza se identifica con el campo, como opuesto a la ciudad, y sobre todo con la naturaleza virgen.[8]

Desde el siglo XIX, y todavía hoy, mucha gente quiere enriquecerse, si hace falta explotando los recursos naturales, para poder permitirse comprar un lugar en el campo para «escaparse unos días». Los viernes por la tarde, las carreteras que salen de las ciudades del mundo occidental están congestionadas de tráfico porque millones de personas intentan regresar a la naturaleza en coche. Están fuertemente motivadas a hacerlo. Expresan una necesidad básica.

Notas:

  1. Hardy, 1979.

  2. Ibid., p. 108.

  3. Ibid., p. 49.

  4. Ibid., p. 33.

  5. Paffard, 1973, p. 117.

  6. Ibid., p. 184.

  7. Ibid., pp. 121‐2.

  8. Sheldrake, 1992.

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