Atención Plena: La positiva experiencia de una maestra de niños autistas

En el libro Plantando semillas de Thich Nhat Hanh encontramos diversas experiencias contadas de primera mano de personas que se relacionan diariamente con niños. Es el caso de Tineke Spruytenburg, maestra holandesa de niños autistas, que practica la Atención Plena dentro y fuera de clase con positivos e inspiradores resultados tanto para ella como para sus alumnos.

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Me dedico a enseñar a niños autistas de entre 6 y 7 años. ¡Es el reto más difícil al que nunca me he enfrentado, un trabajo que me resultaría im­posible si no ejercitase a diario la plena consciencia! Antes de salir de casa, practico la meditación sentada durante veinte minutos, al menos. Y, mientras voy caminando a la escuela, me doy cuenta del modo en que mi mente divaga y la llevo de nuevo a mi cuerpo.

Lo que más difícil me resulta es cuidar de las emociones que afloran cuando trabajo con los niños. Muchos de nuestros alumnos exteriorizan de cualquier modo sus emociones cuando tienen miedo o están confundidos, sin ser conscientes de las consecuencias de sus actos, como el niño de 7 años que me dio una patada tan fuerte que me obligó a ir al médico.

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Contemplando de nuevo este hecho, sé que lo que más me dolió no fue tanto el dolor físico como el dolor emocional. Cuando ahora me ocu­rre algo así, me tomo un tiempo. Si es posible, salgo de clase y practi­co la meditación caminando por el pasillo o voy al cuarto de baño más próximo para sentarme y respirar atentamente unos minutos.

El miedo, la falta de comprensión y los problemas de concentración son los retos cotidianos a los que se enfrentan los alumnos autistas. Practicamos la atención a la respiración varias veces por semana, habitualmente antes o después de hacer algunos ejercicios físicos en clase, como el yoga. También introduzco la práctica de la plena consciencia, sin mencionar la palabra, durante la comida para ayudarles a prestar más atención. Comemos en silencio, para proporcionarles un respiro de la información y de los estímulos sensoriales que reciben durante las clases. Ese es un tiempo de retiro y calma del que la mayoría de los niños disfrutan y que, si ilustro con mi ejemplo, no les resulta tan difícil.

Cuando estoy distraída, mirando hacia otro lado o haciendo algún tra­bajo, el silencio se rompe con más facilidad.

También he introducido la meditación caminando. Tenemos que pa­sear unos pocos minutos para ir a una de nuestras clases. Y, aunque paseemos estructurada y ordenadamente, lo que ocurre dentro y fue­ra de la clase distrae con facilidad a los niños. Un día les di una tarea: «Os invito a que, desde aquí hasta la verja de la escuela, os concentréis completamente en el modo en que se mueven vuestros pies, cómo los sentís al apoyarlos en el suelo y al levantarlos de nuevo para dar el si­guiente paso. No penséis en nada, observad solo cómo estáis caminan­do. Cuando lleguemos a clase, hablaremos de lo que habéis experimen­tado». Todo el grupo respondió positivamente a la invitación y, cuando llegamos, uno de los niños dijo que le había parecido muy tranquilizador, como comer algo con toda su atención. Otra niña dijo que, cuando tu­viese mucho ruido mental, caminaría de ese modo. Esos momentos de silencio ayudan a niños y adultos a recuperar su energía y generar una energía grupal de compañerismo y concentración.