Relaciones de pareja: las contradicciones entre el compromiso y el deseo, el vivir juntos y la separación

En este fragmento de Cómplices, Miriam Subirana centra su discurso en los cambios que la modernidad ha traído respecto a cómo se forman y se mantienen las relaciones de pareja entre hombres y mujeres. En comparación con lo que Subirana define como mundo tradicional, los recientes cambios sociales, que incluyen tanto aspectos personales como laborales y jurídicos, plantean una serie de retos y disyuntivas para las parejas, así como la necesidad de cambio real en los roles, anclados todavía en muchos casos en la masculinidad tóxica y la feminidad dependiente.

Miriam Subirana es doctora en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona, coach y directora de YesOuiSi. Es la fundadora y directora internacional de IDeIA, Instituto Diálogos e Indagación Apreciativa.

Compromiso y deseo

En el pasado, una mujer y un hombre se casaban para toda la vida. Había un compromiso. Si esto se destruía, se recibía una sanción social terrible. Por lo tanto, lo primero era el compromiso, no el deseo. El deseo se tenía que posponer. Cuando el deseo les llevaba a una dirección que amenazaba a la pareja, había que negarlo. En el momento en que tenemos una sociedad que instituye el divorcio esto se rompe, porque la separación queda legitimada. Entonces el deseo adquiere primacía sobre el deber y el compromiso.

Si tu compromiso coincide con tu deseo, bien. Pero cuando tu deseo es otro, se genera el conflicto. A partir de aquí, si la pareja construye su relación con la idea de «para siempre», vive en una contradicción. Porque hay un «para siempre» y hay un «hasta donde yo quiera» o hasta donde quiera cada uno.

A partir de ahí, una situación es la de vivir juntos, y otra cuestión es la de permanecer fieles. Si no son fieles, ¿qué ocurre? Lo prometen, pero nadie asegura... Antes tenían que serlo porque, si no, todo el pueblo se les iba a echar encima. Ahora, si no lo son, quizá tendrán algún problema o algún disgusto. Discutirán acerca de quién se queda con el piso o de quién paga la hipoteca, los hijos sufrirán más o menos, pero en realidad no ocurrirá nada terriblemente grave. En Occidente, esto está social y culturalmente aceptado.

Cuando ambos trabajan y tienen hijos, dedican poco tiempo a cuidar la relación. La presión laboral, económica y de horarios junto con la exigencia de atender y cuidar de los hijos hace que la relación se resienta. Esto acaba resultando en un vacío relacional. No se ven uno al otro, no se reconocen. Las conversaciones se centran mayoritariamente en lo que hay que hacer. Se va perdiendo conexión y chispa de vida entre ambos. Finalmente, la relación se agota y cada uno busca alicientes fuera de ella, hasta que puede terminar por falta de cuidado y atención.

Juntos y separados

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En las relaciones de pareja de hoy día se da la contradicción de que seguimos con la imagen del «para siempre» cuando en realidad las condiciones están puestas para la ruptura. Ese es un riesgo para todos. La mujer que siga creyendo que para hacerlo mejor y entregarse del todo tiene que renunciar incluso a trabajar puede encontrarse en un momento de su vida en que no tenga ni recursos, ni trabajo, ni amigos, ni intereses propios.

Por su parte, los hombres pueden encontrarse con que, por dedicar tanto tiempo a trabajar, la relación con su mujer se resiente, se alejan emocionalmente, ella pide la separación y él se queda solo. Seguramente tendrá que irse de su casa y, además, pasar una pensión mensual.

«Las cifras del Instituto Nacional de Estadística de España indican que cerca de 400.000 mujeres abandonan su empleo cada año por razones personales o para asumir responsabilidades familiares, frente a los 14.000 hombres que presentan idénticas razones para dejar su trabajo».[1]

Según un estudio del Observatorio de la Mujer, Empresa y Economía (ODEE) de la Cámara de Comercio de 2008,[2] todo indica que uno de los principales factores que pueden explicar la infrarrepresentación de las mujeres en cargos directivos es la dificultad de conciliar la vida familiar y laboral, lo que obliga a muchas mujeres a salir del mercado de trabajo o a reducir sustancialmente la dedicación profesional durante largos períodos de tiempo, dificultando la adquisición de un capital humano específico o la acumulación de años de experiencia en cargos de responsabilidad. En 2016, el mismo ODEE analiza la situación con 22 indicadores[3] agrupados en cuatro áreas (formación, mercado de trabajo, condiciones de vida y empoderamiento) que en resumen dan como resultado que las mujeres están más formadas, pero cuando llegan al mercado laboral sufren discriminación en sueldos y en condiciones laborales, sobre todo después de la maternidad, y también corren un riesgo elevado de caer en la pobreza aún cuando tienen un trabajo.

Un amigo me comentaba que, al cabo de unos meses de ser padres, decidieron que su mujer dejara de trabajar, porque lo que ganaba de sueldo era lo mismo que tendrían que pagarle a una persona para cuidar a su hija. Cuando da prioridad a su familia y deja de lado su profesión, al cabo del tiempo la mujer puede darse cuenta de que solo ha vivido a través del marido y luego, en cierto momento, el marido rompe la relación con ella simplemente porque le gusta otra mujer, que suele ser más joven. Para la gente es aceptable, y se considera normal. De hecho, durante mucho tiempo ha sido «normal» que el hombre se fuera con otras mujeres.

Las mujeres suelen mantenerse dependientes para protegerse. Aguantan y se sacrifican. Se esfuerzan para mantener a ese marido. Sobre todo si no tienen sus propios ingresos y su vida profesional no está desarrollada ni encarrilada. Incluso para complacerle se operan con cirugía estética, se maquillan, se ponen cremas, se visten de una forma u otra y hacen lo que a él le gusta. Pero no importa cuánto maquillaje se ponga una, el marido en cualquier momento puede cambiar de opinión. Esta situación contribuye a mantener la angustia y la sumisión de las mujeres, especialmente si hay hijos de por medio y si la mujer no tiene ingresos propios.

La aceptación del divorcio ha mejorado la situación de las mujeres, ya que la ley las protege dándoles derecho a la vivienda y a una pensión para ella y para los hijos. Sin embargo, esto no evita que nos sintamos perdidos, engañados o decepcionados cuando la pareja se rompe.

Vivimos en la angustia contradictoria de querer vivir juntos y separados, de querer una pareja para toda la vida y a la vez utilizarla y desecharla después. Mantenemos relaciones dependientes y a la vez estamos buscando espacios de libertad. Por ese motivo, muchas relaciones son uniones y separaciones transitorias. El amor llega a considerarse una conexión más que una comunicación o un vínculo. Muchas parejas se convierten en otro objeto de consumo.

También ocurre que la naturaleza de la socialización de los hombres les ha empujado a ser combativos, a ser valientes y a enfrentarse. Ahí se han jugado su orgullo y su «ser hombre». En el mundo tradicional, los hombres tenían que pelear duro, fuera en el campo o en la guerra, y volvían a casa agotados.

Hoy estar en la oficina puede ser cansado, pero como las mujeres también estamos en la oficina, ellos ya no nos dan pena porque ya sabemos de qué va, sabemos que en muchos casos no es para tanto.

En el mundo tradicional, la mujer no compartía el universo masculino. El trabajo que hacía el hombre le parecía duro y fatigoso. La dureza del trabajo le inspiraba compasión. Era un trabajo que en parte el hombre hacía porque también se estaba ganando la vida para ella. En el momento en que las mujeres podemos trabajar y ganarnos la vida, este intercambio deja de tener sentido. Sin embargo, tanto hombres como mujeres lo tenemos «inyectado» en nuestras venas.

Así nos lo cuenta Antonio García, impulsor de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género: «Empecé a ir a institutos de educación secundaria para dar conferencias y me di cuenta de que los quinceañeros de hoy siguen sin tener modelos alternativos al de fuerza, poder, competitividad, éxito social, imposición, que es el tradicional masculino. La educación es una pieza clave para romper la estructura machista que ha sabido adaptarse a la sociedad moderna, permaneciendo oculta bajo la falsa idea de que la igualdad ya se ha conseguido».

Antonio sufrió una catarsis personal que le impulsó a formar en el sur de España, en Málaga, un grupo de hombres ofreciendo un espacio de comunicación y reflexión en el que los participantes tienen que deconstruirse –cuestionando sus valores y pautas de comportamiento– para reconstruirse como hombres igualitarios que quieran relacionarse en condiciones de igualdad. Antonio sostiene que hay que cambiar la visión generalizada de que la igualdad beneficia a las mujeres y perjudica a los hombres.

Las mujeres hemos construido puentes de liberación, abierto caminos y normalizado diferentes modelos de relaciones familiares; hemos creado nuevos espacios en los que el papel de las mujeres ya no nos obliga a someternos al varón. Hemos logrado que se acepte como natural el voto femenino, el divorcio, la independencia de la mujer, la libertad económica, el derecho a la formación, el derecho a disfrutar de un sexo no condicionado por el matrimonio, y a decidir sobre nuestras vidas y nuestro cuerpo.

A pesar de las luchas y reivindicaciones feministas y de los logros de las últimas décadas, aún queda un largo trecho por recorrer para conseguir un verdadero paralelismo social, una «erradicación» de la masculinidad tóxica y de la feminidad dependiente. Todos debemos involucrarnos en esta misión. Mariano Nieto, miembro de Stopmachismo de Madrid, afirma que «para cambiar el modelo es necesario que los hombres estemos involucrados y hagamos una autocrítica continua, mirándote en el espejo de otros para avanzar juntos».[4]

Notas:

  1. Mar Correa. El príncipe azul no vive aquí. La nueva mujer y las nuevas familias. RD Editores, Sevilla, 2007.

  2. Fuente: http://www.cambrabcn.org/c/document_library.

  3. http://premsa.cambrabcn.org/wp‐content/uploads/2016/03/20160302_Nota‐de‐premsa‐_Indicador‐dIgualtat‐de‐Gènere_DEFINITIVA.pdf

  4. Información extraída del artículo: «Hombres por la igualdad. ¿La revolución interior masculina?», de Silvia Melero. Publicado en 21rs La revista cristiana de hoy, marzo de 2008. Webs de interés: www.ahige.org y www.stop‐machismo.net.