La práctica espiritual: de las sociedades de cazadores-recolectores al mundo secular, por Rupert Sheldrake

Rupert Sheldrake, autor de La ciencia y las prácticas espirituales, traza en este fragmento del libro un recorrido histórico por los cambios habidos en la práctica espiritual a lo largo de la historia. Desde las sociedades de cazadores-recolectores, en las que la religión era una parte intrínseca de su vida cultural y social, hasta la llegada del mundo secularizado que aconteció especialmente marcado por la Revolución Francesa.

En las sociedades cazadoras‐recolectoras tradicionales, no había distinción entre la religión y el resto de la vida social y cultural. La existencia de los espíritus, las influencias invisibles de los antepasados y la participación en rituales colectivos se presuponían.

Del mismo modo, en las sociedades agrícolas tradicionales y las civilizaciones antiguas, todo el mundo estaba incluido en la vida religiosa de la comunidad, aunque a veces había un sacerdocio especializado. En Europa, tan recientemente como en el 1500, casi todo el mundo creía en Dios y participaba en las ceremonias, los festivales y los rituales religiosos. Volverse ateo o negar la importancia de la religión era casi inconcebible. Lo mismo es cierto hoy en muchas partes del mundo.

Por el contrario, en la Europa del siglo XXI, el espacio público es secular. Una cosmovisión atea o agnóstica es la posición por defecto en los círculos académicos, intelectuales, comerciales y en los medios de comunicación.

La práctica de la religión es una actividad minoritaria, y existe también una amplia pluralidad de religiones y prácticas espirituales, en lugar de una serie compartida de prácticas que incluya a casi todo el mundo. Vivimos en una era secular sin precedentes en la historia humana.

La palabra «secular» comparte una raíz lingüística con la palabra «semilla», y su significado original tiene que ver con la generación. En la Edad Media, se refería a los asuntos mundanos: actividades en el ámbito del tiempo, a diferencia de la eternidad. En la Iglesia medieval, había una división del trabajo entre las órdenes religiosas de monjes y monjas, que tenían tiempo y oportunidades para dirigir sus mentes y sus corazones hacia la eternidad de Dios, y los sacerdotes que ministraban a las personas laicas, a los que se les llamaba sacerdotes seglares. La misma terminología se utiliza todavía en la Iglesia católica romana actualmente; los monjes y las monjas se denominan religiosos, y los sacerdotes de parroquia, seglares.

Pero «secular» tiene ahora significados más generales. El largo proceso de secularización en Europa tiene raíces que se extienden hasta la Reforma protestante del siglo XVI. La Reforma socavó la autoridad de las instituciones, las prácticas y las doctrinas religiosas que casi todo el mundo daba por supuestas.

Como muestra el filósofo Charles Taylor en su libro A Se­cular Age, en la Reforma los poderes espirituales y mágicos fueron eliminados del mundo externo, al mismo tiempo que la significación y el sentido se transferían a las mentes humanas individuales. En el mundo anterior a la Reforma, el poder espiritual residía en objetos físicos, como las reliquias de los santos o la hostia consagrada, así como en personas. Los humanos eran porosos. Eran vulnerables y susceptibles de ser sanados, abiertos tanto a las bendiciones como a las maldiciones, a la posesión y a la gracia. Como dice Taylor: «en un mundo encantado, la línea divisoria entre el agente personal y la fuerza impersonal no estaba totalmente clara».[1] Por el contrario, en el mundo posterior a la Reforma, los objetos podían afectar a las mentes, pero sus significados eran generados por las mentes, o impuestos a cosas por las mentes. El sentido y la significación eran internos, algo que estaba dentro de las mentes humanas, no en el mundo externo. El mundo quedó desencantado.

La creciente influencia de la ciencia mecanicista aceleró este proceso a partir del siglo XVII. Dios fue eliminado del funcionamiento de la naturaleza, ahora vista como inanimada, inconsciente y mecánica, operando de manera automática. Algunos teólogos protestantes respondieron enfatizando el papel de Dios como creador del mundo‐máquina. Como hemos visto, Dios era una especie de ingeniero que había ordenado el mundo benevolentemente para provecho humano. Dios conservaba también un papel en el final del tiempo como Juez que distribuía recompensas y castigos. En este proceso, Dios quedó reducido a creador y la religión, a moralidad.[2] Esta forma reducida de cristianismo dejó poco lugar para la acción salvífica de Cristo, el papel de la devoción y la oración, o una meta trascendente para la humanidad. La doctrina cristiana tradicional de la participación humana en la naturaleza de Dios quedó eclipsada.[3]

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Los movimientos religiosos evangélicos de los siglos XVIII y XIX, muy especialmente los metodistas, reaccionaron contra esta concepción intelectual de Dios. En su lugar, ofrecieron una fe internalizada, centrada en el corazón, una forma personalmente intensa de religión, en oposición a las observancias colectivas formales de la Iglesia católica romana y la Iglesia anglicana, que trataban de incluir a todo el mundo.

En los países católicos romanos, la asunción oficial era que la gente debería ser católica romana; en los países luteranos, luteranos; y en Inglaterra, anglicanos. Por el contrario, las nuevas denominaciones, como los metodistas, eran más bien como grupos por afinidad o asociaciones voluntarias.[4] No pretendían un monopolio exclusivo de la corrección religiosa, y la gente se sentía libre para cambiar de una denominación a otra. Los Estados Unidos nacieron en este contexto, y sus múltiples denominaciones proporcionaron, y todavía proporcionan, una especie de mercado libre religioso. En el siglo XX, los pentecostales y otras iglesias evangélicas difundieron esta forma personal de relación con Dios a través de América Latina, África y Asia.

A finales del siglo XVIII, para muchos intelectuales ilustrados, este creador racional se había convertido en el Dios remoto del deísmo, que podía ser conocido mediante la razón, la ciencia y el estudio de la naturaleza. No había necesidad de Revelación, ni para las prácticas de la religión ni para el «entusiasmo» de los evangélicos. La palabra entusiasmo significa «poseído por Dios», del griego en = en y theos = dios; y para los intelectuales de la Ilustración era un término despreciativo.

Una vez el universo había sido hecho y puesto en movimiento, funcionaba automáticamente, sin necesidad de interferencia divina. Dios no respondía a las oraciones, ni intervenía en el universo suspendiendo temporalmente las leyes de la naturaleza para producir milagros.

Pero... ¿qué sucede con la moralidad y el orden social? Si el comportamiento moral no dependía ya de los mandamientos de Dios, la guía ni la gracia, entonces tenía que depender de los propios humanos, de la razón y la ordenación racional del beneficio mutuo. El cristianismo se basaba en un universalismo moral, con la llamada de Cristo a cuidar de los otros y mostrar amor al prójimo, e incluso a los enemigos. El ideal cristiano fue secularizado y convertido en una moralidad humanista, según la cual tendríamos que preocuparnos por los demás.[5]

Estos cambios secularizadores se expresaron espectacularmente en la Revolución francesa. Cuando comenzó la Revolución en 1789, el catolicismo era la religión oficial del Estado francés. En 1793, se proclamó el Culto a la Razón como religión de Estado y, como hemos visto, la catedral de Notre Dame de París fue convertida en un Templo de la Razón.

Uno de los principales eslóganes revolucionarios era «Libertad, Igualdad, Fraternidad, o Muerte». Al menos 40.000 personas fueron ejecutadas en el Reinado del Terror (1793‐1794), incluyendo a muchos sacerdotes, y la guillotina se convirtió en un símbolo de la causa revolucionaria. Las iglesias, los monasterios y las órdenes religiosas fueron cerrados y el culto religioso se suprimió a la fuerza.

El Reinado del Terror dejó un sabor amargo en la boca, y el eslogan revolucionario fue abreviado a «Libertad, Igualdad, Fraternidad». Este es todavía el lema oficial de las Repúblicas de Francia y de Haití.

Pronto el deísmo dejó pasó a un total ateísmo. Al suponer que el universo era eterno, no había necesidad del Dios creador del deísmo. El ateísmo se convirtió en intelectualmente creíble, y los movimientos revolucionarios ateos, incluido el comunismo, se propagaron por toda Europa en el siglo XIX. Dado que los antiguos regímenes habían estado respaldados por el poder de la Iglesia, la causa revolucionaria se fortalecía socavando el poder de la religión.

Especialmente en Rusia, donde la autoridad del zar y de la Iglesia ortodoxa había descansado en Dios, los radicales vieron el ateísmo como una postura necesaria. En torno a los años 1850, los pensadores revolucionarios de Rusia tendían a sustituir la autoridad corrupta de la Iglesia y del zar por un nuevo sistema social y político, pero también con un nuevo concepto de humanidad.[6] Rechazando las ilusiones de la religión –el «opio del pueblo» en la famosa frase de Marx–, los humanos serían liberados a la luz de la ciencia y la razón.

La ideología atea halló un poderoso aliado en la ciencia materialista, que a finales del siglo XIX dibujaba un universo mecánico, inconsciente y sin finalidad alguna, en el que los humanos, como toda la vida, habían evolucionado sin propósito ni guía. En este mundo sin Dios, la humanidad se haría cargo de su propia evolución, aportando desarrollo económico, fraternidad, salud y prosperidad para toda la humanidad a través del «progreso».

Notas:

  1. Taylor, 2007, p. 32.

  2. Ibid., p. 225.

  3. Para un resumen útil de los argumentos de Taylor, véase Smith, 2014.

  4. Taylor, 2007, p. 449.

  5. Ibid., p. 56.

  6. Spencer, 2014.