El zoólogo que se sentía robot

“¿Qué significa, desde la perspectiva de la conciencia, que alguien esté convencido de ser un robot?”, se pregunta el filósofo Jordi Pigem en este fragmento de su obra Inteligencia Vital que hace referencia al científico Richard Dawkins. Pigem encuentra en el campo de la psiquiatría la respuesta más cercana, y responde a la visión “reduccionista” del zoólogo hablando del genoma de los seres vivos y explicando el trabajo de otros científicos, como el de Denis Noble, Ernst Mayr y el del bioquímico Erwin Chargaff.

Richard Dawkins ha contribuido más que nadie a divulgar la idea de que los mecanismos genéticos rigen el despliegue de la vida. Desde su primera obra, El gen egoísta, publicada hace cuatro décadas, este profesor de Oxford insiste en que «nosotros, y todos los animales, somos máquinas creadas por nuestros genes».[1] Dawkins no basa esta afirmación en ninguna prueba empírica, lo que hace es llevar a sus lógicas consecuencias algunos de los presupuestos de la biología reduccionista de hace medio siglo.[2] Una de tales consecuencias es que el universo y la vida no tienen ningún sentido. Otra consecuencia de esta perspectiva es que, según la expresión reiteradamente utilizada por Dawkins, las personas y todos los seres vivos somos «torpes robots» (lumbering robots)[3] que los genes utilizan como vehículos para reproducirse. Algunos de sus lectores han caído en la depresión o el nihilismo; otro, el expresidente de Enron, invocó El gen egoísta para justificar sus crímenes financieros.[4]

Dawkins se describe a sí mismo (y a sus semejantes) como «torpe robot» al servicio de antiguos «replicantes»:

Hormiguean en colonias enormes, protegidos dentro de torpes robots gigantes, aislados del mundo exterior, comunicándose con él a través de rutas complicadas e indirectas, manipulándolo por control remoto. Están dentro de ti y dentro de mí; nos crearon, cuerpo y mente, y su conservación es el motivo último de nuestra existencia. Vienen de lejos, estos replicantes. Ahora son llamados genes, y nosotros somos sus máquinas de supervivencia.[5]

Dawkins no podría sostener que los seres humanos somos robots si, para empezar, no se hubiera convencido a sí mismo de que él lo es. Es un torpe robot, según su propia definición, pero suficientemente listo (¿es este su consuelo?) para desarrollar complicadas teorías que han convencido a millones de científicos y no científicos. Uno de los convencidos, el filósofo Daniel Dennett, escribe:

Un pequeño pedazo de maquinaria molecular, estúpido, impersonal, irreflexivo y robótico, es la base última de toda agencia, y por tanto de todo significado, y por tanto de toda conciencia en el universo.[6]

Ahora bien, ¿qué significa, desde la perspectiva de la conciencia, que alguien esté convencido de ser un robot?

Antes de que en la década de los 1920 se popularizara el vocablo «robot» (del checo robota, «trabajo forzado»), la psiquiatría había observado que un rasgo distintivo de los pacientes con esquizofrenia es la pérdida de la intuición vital del propio cuerpo. Como afirmaba con elocuencia un paciente esquizofrénico de Bleuler, «el cuerpo y el alma no van juntos, no hay unidad».[7] Se ha dicho que «el único dato válido sobre la experiencia esquizofrénica» es esta alienación, «una alienación tan radical que la persona viva experimenta su organismo como una máquina».[8] La sensación de estar plenamente vivo se desvanece y el cuerpo pasa a ser percibido como un simple acoplamiento de piezas mecánicas aisladas:

El cuerpo puede ser percibido como un robot o una máquina [...], los pacientes explican que [...] hay una escisión respecto al cuerpo: el cuerpo no es vivido, se siente como ajeno, o ni tan siquiera vivo, y adquiere una cualidad mecánica.[9]

Las personas de tipo esquizofrénico muy a menudo tienden a vivir y a describir sus mentes en [...] términos mecanicistas; se comparan a sí mismos, por ejemplo, con máquinas, ordenadores, cámaras o aparatos diversos.[10]

Los pacientes esquizofrénicos a menudo hablan de una escisión entre la mente y el cuerpo, de sentirse vacíos, como una máquina o un robot.[11]

La descripción que hace Dawkins de los órganos de los sentidos refleja el carácter mecánico y alienante de la experiencia esquizofrénica:

Podemos considerar los cerebros como funcionalmente análogos a los ordenadores [...]. El cerebro está conectado a los órganos de los sentidos [...] por medio de unos cables [...]. El funcionamiento de los sistemas sensoriales es particularmente impresionante, porque pueden lograr mucho más [...] que las máquinas mejores y más caras hechas por el hombre (Dawkins).[12]

Era como si mis ojos fuesen cámaras [...] y yo estaba muy atrás y las cámaras muy adelante [...]. Miro alrededor [...] y todo es como una máquina [...]. Tengo en la cabeza esta sensación de ser como un robot. (Paciente con esquizofrenia.)[13]

De hecho, algunas de las afirmaciones más características de Dawkins reflejan la experiencia de algunos pacientes esquizofrénicos:

La gente parecía una mezcla entre robots y personas. (Paciente con esquizofrenia.)[14]

¿Por qué estos robots (los cuerpos individuales, tú y yo) son tan grandes y tan complicados? (Dawkins).[15]

Soy como un robot que alguien puede utilizar. (Paciente con esquizofrenia.)[16]

¿Qué caramba crees que eres, sino un robot [...]? (Dawkins).[17]

Me estoy convirtiendo en un objeto... (Paciente con esquizofrenia.)[18]

Esta experiencia patológica de mecanización del organismo va unida a la sensación de estar siendo utilizado por un poder ajeno:

El cuerpo se convierte en una parte del mundo material, una [...] sustancia ajena que se mueve entre otros objetos [...], una propiedad que puede ser poseída por otros.[19]

A partir de aquel momento, observó detalladamente cada movimiento que hacía y se dio cuenta de que realmente se movía arriba y abajo «como un robot». Ahora está convencida de que unos poderes extraterrestres la pueden controlar y pueden dirigir sus movimientos.[20]

De tomates y personas

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Si, como se ha creído en las últimas décadas, los genes son los protagonistas principales de la aventura de la vida, es lógico suponer que cuanto mayor sea la complejidad de un organismo, mayor será el número de genes de su genoma. Por eso se estimó que el genoma humano debía tener entre 40.000 y 100.000 genes, o tal vez más de 200.000, afirmaban algunos. Con el primer esbozo del Proyecto Genoma Humano, en 2001, esta cifra se redujo drásticamente a 26.000.[21] Y a medida que avanzaba la investigación, la cifra fue bajando a lo que correspondería al genoma de un simple invertebrado: entre 20.000 y 25.000 genes. Contar genes no es sencillo. Como todo lo que hay en el mundo real, los genes son dinámicos y dependen de un contexto siempre cambiante (pese a la fantasía reduccionista que confunde el mundo con una suma de entidades fijas y aisladas, como bolas de billar o piezas de Lego). Un estudio reciente, liderado desde Madrid por Iakes Ezkurdia y David Juan, ha reducido el genoma humano todavía más, a cerca de 19.000 genes.[22]

Y curiosamente, a medida que va reduciéndose el genoma humano, va creciendo el de otras especies. En el microscrustáceo Daphnia pulex se han contabilizado «un mínimo de 30.907 genes».[23] En 2012, después de nueve años de investigación, se publicaron en Nature los resultados de un estudio en profundidad del genoma del tomate (de una variedad domesticada y de otra silvestre, Solanum pimpinellifolium) en comparación con el de la patata (Solanum tuberosum).[24] Tanto tomates como patatas tienen más de 30.000 genes, ¡muchos más que nosotros!

Como señala el eminente biólogo Denis Noble, en los genes «no hay cosa tal como un programa».[25] Creer que los genes son los protagonistas de la película de la vida es no haber entendido la película.[26]

 

 

En la buena ciencia, hace tiempo que los presupuestos reduccionistas de Dawkins han quedado superados. No tiene ningún sentido considerar los genes como entidades inmutables y autosuficientes. Un biólogo como Ernst Mayr, mucho menos conocido pero mucho más eminente, explica que el gen «en el genotipo se halla siempre en el contexto de otros genes» y que «es evidente que aquellas personas que, como Dawkins en Inglaterra, piensan todavía que el gen es el objetivo de la selección están equivocadas».[27] Otro reconocido biólogo, el británico Denis Noble, escribe que «toda la inteligencia que puede tener el sistema se halla al nivel del organismo, no al nivel de los genes».[28]

La convicción de ser un robot poseído por un poder ajeno (que él asocia con los mecanismos genéticos) no corresponde al mundo de la biología, sino al de la psicopatología. Dawkins comenzó su carrera como zoólogo, fascinado por la vida animal, pero pronto acabó viendo las diferentes especies animales como diferentes tipos de robots. Curiosamente, a la vez que reduce los organismos a torpes robots, cree apreciar en los robots electrónicos «capacidad de aprendizaje, de inteligencia y de creatividad». Y afirma que «quienes creen que los robots son por definición más “deterministas” que los seres humanos están hechos un lío».[29]

¿Quién está hecho un lío? ¿Quién está en contacto con su propia experiencia vital, o quién se siente torpe robot al servicio de un poder ajeno? ¿Quién presta atención a la vida tal como es, o quién se ha extraviado en laberintos kafkianos erigidos sobre presupuestos obsoletos? El enfoque de Dawkins se presenta hábilmente como culminación de la visión científica moderna, pero en realidad no tiene una base empírica y debe su poder seductor al carácter absoluto de su discurso, tan alejado del sentido común como próximo a la férrea insensibilidad de los fundamentalismos. Es una visión alienada del cuerpo y de la vida, una percepción psicopatológica.

¿Qué dice de nuestro tiempo el hecho de que esta visión se haya vuelto tan popular?

Chargaff y la fascinación por la vida

Erwin Chargaff (1905-2002) fue uno de los más destacados bioquímicos del siglo XX. Sin su contribución, Watson y Crick no habrían llegado al modelo de la doble hélice del ADN. Su fascinación por el misterio y la diversidad de la vida hizo que desde su juventud se sumergiera en el mundo de la biología. Pero después de una larga vida dedicada a la investigación, en su autobiografía lamentó que la biología se había ido apartando de la vida y que la ciencia se había acabado convirtiendo en «una máquina para resolver todo tipo de problemas que, al ser resueltos científicamente, generan problemas todavía mayores».[30]

Chargaff nunca perdió la fascinación por el fenómeno de la vida, que acabó definiendo como «la intervención continua de lo inexplicable».[31] Consideraba la manipulación genética (genetic meddling) como una grave «patología de la imaginación científica» (otra sería «el deseo de dar saltitos en la Luna») y como un «crimen inconcebible». Su trayectoria a lo largo del siglo XX la resumió así: «Mi vida ha estado marcada por dos descubrimientos científicos inmensos y fatídicos: la escisión del átomo y el reconocimiento de la química de la herencia y su subsiguiente manipulación [...]. En ambos casos, la ciencia ha transgredido una barrera que debería haber permanecido inviolada».

Pocas veces una revista científica ha publicado un texto tan contundente como el que en 1976 Chargaff publicó en Science:

Este mundo nos es dado en préstamo. Venimos y vamos, y tras un tiempo dejamos tierra, aire y agua a otros que vienen detrás de nosotros. Mi generación, o tal vez la anterior, ha sido la primera en iniciar, bajo el liderazgo de las ciencias exactas, una destructiva guerra colonial contra la naturaleza. El futuro nos maldecirá por ello.[32]

Notas:

  1. Dawkins (2006, pág. 2).

  2. Véanse los prefacios de Dawkins a la segunda y tercera

    edición (Dawkins 2006, págs. xi-xii y xvi-xvii), así como los textos de W.D. Hamilton y John Maynard Smith incluidos al final del volumen (págs. 355-360).

  3. Dawkins (2006, págs. 19, 230, 258, 270).

  4. El propio Dawkins cita algún ejemplo de su impacto sobre los lectores (2006, pág. xiii). Jeffrey Skilling, que fue director de Enron y acabó en la cárcel por fraude y conspiración, declaró que su libro de cabecera es El gen egoísta y que el neodarwinismo le había convencido de que el egoísmo es bueno (Loy 2015, pág. 72). Véase también Midgley (2014).

  5. Dawkins (2006, págs. 19-20).

  6. Dennett (1995, pág. 203).

  7. Citado por Sass (1994, pág. 48). Eugen Bleuler (1857-

    1939) fue maestro de otros eminentes psiquiatras como Minkowski y Jung.

  8. Kovel (1992, pág. 334).

  9. De Haan y Fuchs (2010, pág. 330).

  10. Sass (1994, pág. 95).

  11. Fuchs (2005), pág. 102. Véase también Fuchs (2010), págs.

    247-248. Fuchs (2013) muestra que el cerebro es un órgano no de computación, sino de relación.

  12. Dawkins (2006, pág. 49).

  13. De Haan y Fuchs (2010, págs. 329-330).

  14. Cutting (2002, pág. 176).

  15. Dawkins (2006, pág. 237).

  16. Paciente citado por Chapman, en Fuchs (2010, pág. 248).

  17. Dawkins (2006, pág. 270): «What on earth do you think

    you are, if not a robot, albeit a very complicated one?».

  18. Cutting (2002, pág. 409).

  19. Levin (1992, pág. 522).

  20. Descripción de una paciente de Klosterkötter (1988, pág.

    163).

  21. Venter y otros (2001).

  22. Ezkurdia y otros (2014) concluye: «Our evidence suggests

    that the final number of true protein coding genes in the

    reference genome may lie closer to 19,000 than to 20,000».

  23. Colbourne y otros (2011).

  24. The Tomato Genome Consortium (2012). Se supone que un pequeño número de genes hace que la patata produzca un tubérculo en vez de un fruto, pero después de haber secuenciado sus respectivos genomas, todavía no se sabe cuáles son.

  25. Noble (2006, pág. 19): «[...] to say that this intelligence is encoded in the program of the genes, is not correct, because [...] there is no such thing as a program».

  26. Dicho de otro modo, con el gran zoólogo Adolf Portmann:

    «Genetics allows us to look behind the scenes of the theater. We may watch the way in which the actors get ready, how the machinery produces the effects of thunder and rain; how everything works together so that, by the complicated action of many invisible helpers, a play having an intelli- gible sequence is finally unfolded before the spectator. But such a glimpse behind the scenes tells us neither the gist of the play nor its significance» (Portmann 1967, pág. 161).

  27. Mayr (2012, pág. 7). Véase también Moss (2003), Holdrege (1996) y Holdrege y Talbott (2008).

  28. Noble (2006, pág. 19): «Any intelligence the system has, is at the level of the organism, not at the level of genes». Dos artículos breves y bien fundamentados sobre lo que no encaja en la visión convencional de los genes y de biología molecular son Talbott (2011) y Holdrege (2015).

  29. Dawkins (2006, pág. 270).

  30. Chargaff (1978, pág. 5).

  31. Chargaff (1978): «Life is the continual intervention of the

    inexplicable». Influido por Chargaff, Wendell Berry escribe que «to treat life as less than a miracle is to give up on it» (Berry 2000).

  32. Chargaff (1976, pág. 938): «This world is given to us on loan. We come and go; and after a time we leave earth and air and water to others who come after us. My generation, or perhaps the one preceding mine, has been the first to engage, under the leadership of the exact sciences, in a destructive colonial warfare against nature. The future will curse us for it».