El politeísmo espumoso en un mundo volátil, por Francesc Torralba

El profesor de Ética y de Antropología filosófica de la Universitat Ramón Llull de Barcelona Francesc Torralba reflexiona en Mundo volátil acerca de las complejidades de nuestro presente, en un mundo en el que todo lo que era sólido se desvanece.

La religión también se ve afectada por esta tendencia al “estado gaseoso” y Francesc Torralba dedica su atención a esta situación en este capítulo del libro.

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Merece ser evocado Friedrich Nietzsche. El filósofo alemán captó, con lucidez, los parámetros de la sociedad que vendría. Su profecía, articulada a través del hombre loco del aforismo 125 de La gaya ciencia, tiene en la actualidad más vigencia que nunca para comprender el fondo de la sociedad gaseosa.

En aquel conocido texto, el hombre loco anuncia que Dios ha muerto (Gott ist tot). Nadie lo comprende. Nadie sabe a qué se está refiriendo. Los ciudadanos que lo rodean se mofan de él y lo expulsan del mercado. El loco, arquetipo de la lucidez en el Romanticismo y en el Siglo de Oro español, es marginado y echado de la ciudad. Como todos los profetas, se anticipa a su tiempo.

La ausencia de Dios exigía al ser humano ocupar su puesto, pero en lugar de esto, el ciudadano gaseoso ha elevado al plano de lo divino una serie de ídolos transitorios que nacen y crecen con gran velocidad. Ocupar el lugar de Dios es una tarea demasiada ardua y difícil para alguien tan diminuto e inestable como una mota en el aire, para alguien frágil y efímero como el ciudadano de la sociedad gaseosa, pero venerar a dioses menores, a divinidades gaseosas que aparecen y desaparecen del monte de Olimpo postmoderno, es otra cuestión.

No era este el propósito de Nietzsche. En su escatología atea, el hombre tenía que ocupar el trono vacante dejado por Dios e imponer su voluntad de poder para crear valores nuevos.

Tenía que empezar una historia nueva, el principio de una nueva civilización caracterizada por la libertad absoluta. El niño, tercera metamorfosis del espíritu, es el símbolo que Zaratustra utiliza para referirse a este principio nuevo, pero para alcanzar este estadio, el camello tiene que transformarse en león y, finalmente, el león, en niño.

No ha sido así. El camello ha dejado de creer en el Dios de la tradición, se ha liberado de aquel Ojo aterrador que lo veía todo, pero ha cargado su joroba con nuevas alienaciones y vive subyugado a nuevos dioses que venera e imita.

El vacío dejado por Dios ha sido reemplazado por una constelación de ídolos menores que son objeto de nuevas devociones y nuevas imitaciones. Vivir sin creer en nada y en nadie es demasiado arduo para alguien que flota en el espacio sin asidero, que está expuesto a todo tipo de vientos y huracanes.

En nuestro mundo volátil persiste el anhelo de ser feliz, el deseo de lo sólido, pero, también, la necesidad de creer en algo. La creencia no es patrimonio exclusivo de quienes se denominan, a sí mismo, creyentes; es una nota esencial de la condición humana. Creer es confiar y sin confianza es imposible vivir, ni siquiera en una sociedad gaseosa. Aunque la confianza sea tan débil y efímera como lo es el sujeto gaseoso, todo ser humano necesita poner su fe en algo o en alguien para poder seguir viviendo.

Dado que todo se ha volatilizado, Dios también se ha fragmentado en un haz de pequeñas divinidades inestables y efímeras que centellean en el gran espacio vacío del cosmos. Como consecuencia de ello, emerge un politeísmo espumoso que tiene unas características radicalmente distintas a las del politeísmo griego y romano.

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La espuma está constituida por una gran cantidad de burbujas pequeñas que lindan unas con otras. El conjunto forma una masa de color blanco muy inestable y efímera que, al cabo de un breve espacio de tiempo, se descompone y se deshace en la nada. El politeísmo que emerge es un politeísmo light, leve, soft. La devoción a esta pléyade de dioses transitorios no exige ningún tipo de sacrificio ni de ofrenda; todo eso sería demasiado pesado para la mentalidad gaseosa. Los dioses bailan, como Dionisio, cambian de rostro y se desvanecen en el aire. No hay apego a ninguno de ellos, con lo cual tampoco se plantea la lucha por el desapego.

La nueva religión postsecular y postmoderna se caracteriza por un politeísmo difuso y espumoso. El Olimpo de esta sociedad volátil está habitado por dioses (en minúscula) que nacen, crecen y mueren, ídolos que proceden del ámbito del cine, del deporte, de la moda, del cine o de las finanzas. Son dioses admirados, venerados, objetos de imitación, que suscitan, entre los acólitos, pequeños sacrificios para asemejarse a ellos; son dioses antropomórficos que nacen, crecen, se enamoran, se reproducen, se enfadan y mueren.

Esos dioses no albergan ningún misterio, ningún deber eterno, ninguna promesa de eternidad.

Cuando se desvanecen en el aire, emergen nuevas divinidades que copan toda la atención del ciudadano. Los antiguos dioses son olvidados velozmente y los nuevos se convierten en el foco de atención por un breve espacio de tiempo.

Este politeísmo espumoso nada tiene que ver con la trascendencia del antiguo Dios, con el misterio de su condición, con la ruptura de nivel ontológico (Mircea Eliade), con el temor y temblor reverencial (Søren Kierkegaard) que suscita lo santo (das Heilige) (Rudolf Otto). Ese Dios había creado, se había revelado en el mundo, se había hecho carne en él; ese Dios amaba y deseaba ser amado, prometía un paraíso eterno para los bienaventurados. En la sociedad gaseosa, esta historia de amor tiene demasiada densidad, por eso se volatiliza y se transforma en el argumento de un Belén kitsch en una gran superficie comercial.

En la modernidad volatilizada, lo fácil vende, lo simple agrada. Todo lo que conlleva dificultad, contradicción interna, o lo que alberga en su seno una gran paradoja, suscita animadversión.

Aun así, en este contexto, la partícula consciente no puede desapegarse de la creencia, porque se siente débil y frágil en el ancho mundo, pero tampoco puede creer en un Dios que le exige darlo todo gratuitamente, amar a los enemigos, desvivirse por los otros, perdonar incondicionalmente, donarse integralmente a los más débiles.

Abandona el maximalismo religioso y encuentra la salida a este atolladero en la práctica de un politeísmo espumoso, indoloro y superficial; en el débil apego a dioses transitorios que le dan un poco de calor y que le estimulan a vivir imitándolos. Ello tiene, al menos, una virtud, que el politeísmo gaseoso es un buen antídoto contra el fanatismo, las guerras de religión y las cruzadas. Esos dioses transitorios no mandan matar, ni morir por una causa; tampoco exigen un amor incondicional. Son tan débiles como inofensivos, tan insoportablemente leves como sus acólitos.

Esta religiosidad gaseosa, propia de nuestra cultura postmoderna, choca frontalmente contra el islamismo radical globalizado de signo violento que utiliza el nombre de Dios para justificar todo tipo de atrocidades. El ciudadano de la sociedad gaseosa experimenta perplejidad, desazón, cuando la milicia islamista radical invoca a su divinidad para matar, destruir y aniquilar.

Esta imagen deformada y grotesca del Dios del islam, que tiene un corazón misericordioso, según El Corán, choca contra la mentalidad gaseosa, que no alcanza a comprender cómo un ser humano, por creyente que sea, es capaz de inmolarse a sí mismo y de matar a otros por una idea, por una utopía, por un ideal. Mientras el ciudadano de la sociedad gaseosa vive entretenido con sus dioses menores, gastando su tiempo de ocio en los centros comerciales de las grandes ciudades, sufre, violentamente, los estragos de esta ideología radical que siembra de pánico el mundo entero.

En esta guerra desigual, el ciudadano de la sociedad gaseosa se siente perdido, desamparado y vulnerable. No sabe cómo reaccionar, ni qué hacer, porque para luchar y defender los propios valores, como la libertad, la igualdad, la fraternidad, se requiere fortaleza, donación y entrega generosa, y eso es, precisamente, lo que el ciudadano gaseoso ignora por su extraordinaria levedad.