El pensamiento estricto y el pensamiento sensible en la antropología

Joseph Campbell analiza, a través de diversos pensadores clásicos, dos enfoques antagónicos en el campo de la antropología. Por un lado, el pensamiento estricto, que no pretende introducir significados simbólicos a los objetos de estudio por considerarlos una distorsión y, por otro, el pensamiento sensible, que busca las causas y el significado en aquello que estudia. Campbell, a su vez, también se posiciona en este fragmento de su libro El vuelo del ganso salvaje.

«Las nociones metafísicas del ser humano –escribía Franz Boas en la primera edición (1911) de The Mind of Primitive Man– podrían verse reducidas a unas cuantas categorías que han alcanzado una difusión universal».[1]

Sin embargo, en la segunda edición de este célebre trabajo, publicado un cuarto de siglo más tarde (1938), esta observación fue eliminada porque, durante ese período de tiempo, la antropología norteamericana había dejado de buscar los rasgos comunes a las sociedades primitivas para centrarse en aquellos que las diferenciaban de un modo tal que la menor alusión a los elementos compartidos habría concitado la práctica estigmatización de su defensor. A comienzos de la década de los cincuenta, no obstante, tuvo lugar un reflujo en sentido contrario y se elaboró un inventario completo de la ciencia antropológica bajo la dirección de A.L. Kroeber que fue publicado, en 1953, con el título de Anthropology Today.[2] También apareció entonces el conocido artículo de Clyde Kluckhohn titulado «Categorías universales de la cultura», así como un buen número de comentarios de otras célebres autoridades sobre la necesidad de establecer evaluaciones comparativas. Nadie, sin embargo, se atrevió a desempolvar la idea postulada por Paul Radin treinta años atrás cuando, en su libro Primitive Man as Philosopher (1927), presentaba una fórmula que podría haber servido para conciliar los dos puntos de vista sustentados por Boas y elaborar una teoría general.

Su perspicaz observación de que tanto en las sociedades primitivas como en los pueblos altamente civilizados podemos encontrar los dos tipos de seres humanos que William James definiera, hace ya mucho tiempo, como mentalmente estrictos o mentalmente sensibles[3] –y de que los mitos y símbolos de todas las sociedades son interpretados por ellos de diferente manera– había sido relegada al olvido por los exponentes de una ciencia que, en palabras del mismo Boas, «no acierta a captar la singularidad del ser humano».[4]

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«Desde el punto de vista de la acción –escribía el doctor Radin refiriéndose a la actitud típica del pensamiento estricto–, los hechos carecen de todo significado simbólico o estático y no nos permiten inferir unidad alguna más allá de la certeza del cambio y la transformación continua. Para él, todo intento de investir a los objetos provisionales e incesantemente mutables de algún tipo de significado simbólico, idealista o estático, implica una doble distorsión».

Por otra parte, quienes se atienen al pensamiento sensible «se hallan naturalmente impulsados –por la orientación innata de su mente– a tratar de descubrir la causa que se oculta detrás de todo efecto, la naturaleza de la relación existente entre el ego y el mundo y el papel exacto que desempeña el ego.

Como todos los filósofos, está interesado en el sujeto en sí, en el objeto como tal y en la relación que existe entre ambos [...]. Un mundo original, sin forma, mutable e indiferenciado debe, en algún momento, reposar y adoptar una forma estable [...]. Los filósofos siempre han brindado la misma respuesta a este problema y han predicado la unidad que subyace a todas las formas y aspectos cambiantes. Y, en este sentido, los filósofos primitivos no cumplían con una función distinta a la que hoy en día desempeñan sus colegas occidentales y orientales».[5]

En mi opinión, cualquier ciencia que solo valore –o tenga exclusivamente en cuenta– la interpretación burda o estricta de los símbolos se centrará inevitablemente en el estudio de las diferencias, mientras que aquella que se centre en la visión de los pensadores descubrirá que las referencias últimas de sus reflexiones son más bien escasas y de distribución universal.

La mayoría de los antropólogos –o, al menos, de los antropólogos de la escuela norteamericana– son un vivo ejemplo de los procesos característicos del pensamiento estricto. Según un acertado proverbio haitiano, aplicable al caso, «¡cuando llegan los antropólogos, los dioses se esconden!», queriendo decir con ello que estos tienden a dar explicaciones reduccionistas de los símbolos del pensamiento primitivo y a buscar sus referentes en el limitado marco de la escena local. Las páginas siguientes pretenden ofrecer una alternativa, una amplificación y un complemento a esa visión.

Notas:

  1. Boas, op. cit., p. 156.

  2. A.L. Kroeber (ed.), Anthropology Today (Chicago: University of Chicago Press,

    1953).

  3. William James, Pragmatisme (Nueva York: Longmans, Green and Company,

    1907), conferencia 1, «The Present Dilemma in Philosophy». [Hay traducción castellana con el título Pragmatismo: Un nuevo nombre para algunos antiguos modos de pensar. Buenos Aires: Editorial Aguilar, 1975].

  4. Franz Boas, Race, Language and Culture (Nueva York: The Macmillan Company, 1940): «The Ethnological Significance of Esoteric Doctrines» (1902), p. 314.

  5. Paul Radin, Primitive Man as Philosopher (Nueva York y Londres: D. Appleton

    and Company, 1927), pp. 247‐252.