Cómo afrontar el terrorismo desde una perspectiva budista (II)

En este segundo fragmento extraído del libro Interconectados. Abrirnos a la vida en la sociedad global, el XVII KARMAPA, Ogyen Trinley Dorje, profundiza en la importancia de conocer las emociones humanas y sus claroscuros, empezando por uno mismo, como vía ineludible para solucionar de raíz el terrorismo en todas sus expresiones. El líder tibetano argumenta que, según el budismo, las emociones destructivas que generan acciones igualmente destructivas jamás producirán la paz final en un futuro. Sacar conclusiones precipitadas o maniqueístas no añadirá sino crispación y desconcierto a la situación.

Desentrañar qué hay detrás de los actos en sí y cómo ciertas personas han llegado a tal situación de desesperación es un camino hacia el origen y las causas que generan la violencia, el odio y la perpetuación de las dos cosas. No será sencillo, pero cualquier progreso nos dará herramientas útiles más allá de una venganza o una respuesta con nuevas amenazas. 

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«Si no abordamos las causas y condiciones que originan el terrorismo, sino que lo único que queremos es detener todas sus manifestaciones, nunca lo erradicaremos. Matar terroristas nunca acabará con el terrorismo» 

Ogyen Trinley Dorje

 

Condenar los actos, no a la persona

Nuestra actitud hacia los terroristas puede proporcionarnos otro útil caso límite para nuestra empatía. La respuesta a la muerte de Osama bin Laden es un ejemplo de ello. Cuando me enteré de que habían matado a Bin Laden, mi respuesta fue más bien neutral. Normalmente, cuando alguien pierde su vida humana, provoca alguna sensación de tristeza y pérdida. Pero yo era consciente de que Bin Laden era responsable de las muertes de muchas personas y que, como tal, su vida había causado gran sufrimiento y dolor a otros. Por esa razón, no me sentí de la manera en que suelo hacerlo cuando me entero de la muerte de alguien. Simplemente pensé: «¡Ah!, vaya. Está muerto».

Me hallaba en un hotel en Delhi y vi, en las noticias, que una gran multitud se había reunido en Estados Unidos –fuera de la Casa Blanca– para celebrarlo y gritar consignas de victoria. Si la victoria se hubiera obtenido efectuando un cambio de actitud en Bin Laden, hubiera sido motivo de regocijo. Tal vez su muerte no te entristezca, pero bailar y cantar porque una bala logró encontrar al enemigo y acabar con su vida, me pareció que era ir demasiado lejos.

En ese preciso momento pensé que, al bailar así́ ante la muerte de un enemigo, estábamos provocando el nacimiento de otros muchos enemigos. Así es como se perpetúan los ciclos de odio y daño, con ambas partes incapaces de darse cuenta de que la otra tiene alguna base razonable para pensar y actuar como lo hace. La creencia de que nuestros enemigos son básicamente distintos a nosotros es un grave problema; es una parte importante de cómo se crean las enemistades, y es una parte que nosotros podemos cambiar.

Hemos de distinguir a la persona de sus actos. Podemos condenar su comportamiento, pero no deberíamos rechazar a la persona.

No deberíamos juzgar a la persona globalmente por su comportamiento en un momento dado, sino tener en cuenta todos los factores que la han afectado con el tiempo. Una persona es más que solo una acción concreta que presenciamos y nos disgusta. Si estamos dispuestos a buscar, siempre podemos encontrar otro aspecto de ella con el que seamos capaces de conectar y cooperar.

A pesar de nuestros esfuerzos por acabar con la actividad terrorista, da la impresión de que aumenta. El término «terroristas» se aplica en la actualidad a todo tipo de grupos, y ello se convierte en excusa para espiar, atacar o encarcelar a la gente, aparte de limitar sus libertades. Bombardear sus baluartes o matar a sus líderes puede desestabilizar temporalmente las actividades del grupo, pero no reduce su odio ni les inspira a actuar con compasión y bondad. Si no abordamos las causas y condiciones que originan el terrorismo, sino que lo único que queremos es detener todas sus manifestaciones, nunca lo erradicaremos. Matar terroristas nunca acabará con el terrorismo. Exactamente lo mismo puede decirse de cualquier otro comportamiento socialmente destructivo: se puede cambiar modificando las condiciones que lo originaron, pero no destruyendo a quienes participan en esas actividades.

Aunque intentemos frustrar sus planes, el desafío a largo plazo es comprender por qué́ han adoptado unas posiciones tan extremas. Entiendo que podemos enfrentarnos a actos de tal crueldad, y que podríamos no tener ganas de comprenderlo, pero nadie se convierte en terrorista por accidente o sin tener razones; tampoco nacen con una bomba bajo el brazo. Y aunque no aceptemos que sus razones justifiquen sus actos, seguimos necesitando determinar cuáles son esas razones. Solo entonces podremos trabajar para alterar las condiciones subyacentes que hicieron que dar ese paso les pareciese algo razonable.

La realidad de que somos interdependientes es lo que hace que resulte imperativo no solo buscar la manera de detener cada nuevo acto terrorista, sino también de identificar las causas y condiciones que han dado paso a esa violencia. La interdependencia posibilita asimismo contrarrestar esos actos de forma no violenta. Transformando, aunque solo sea una de las causas y condiciones necesarias, podremos modificar el resultado final. Para lograrlo, debemos reconocerlas y comprenderlas.

 

Antes de tirar la primera piedra

«Aprender a descomponer una situación en las condiciones que la componen es necesario para ver cómo se pueden cambiar las cosas. Nos permite aislar, denunciar y eliminar las causas del comportamiento destructivo en lugar de rechazar o eliminar a la persona al completo.»

Ogyen Trinley Dorje       

Cuando analizamos las fuerzas que motivan el comportamiento dañino, descubrimos un conjunto bastante familiar de emociones oscuras, como odio, celos y codicia. Al igual que las muy distintas emociones de amor y compasión, también son condiciones internas que impactan en nuestras relaciones con los demás, pero de manera dañina en lugar de saludable. Es necesario que comprendamos nuestras condiciones internas negativas para, así, poder reducirlas y basar nuestras conexiones con los demás en cualidades positivas.

Somos víctimas de emociones perturbadoras que pueden superarnos e influir en nuestro juicio, decisiones y comportamiento; podemos acabar totalmente controlados por emociones perturbadoras como la cólera. Para comprender exactamente cómo funciona la cólera, empecemos con nuestra propia experiencia, pues todos la hemos experimentado en algún momento. Al recordar esos momentos es posible que descubramos que la emoción perturbadora funcionaba como una especie de enfermedad.

Podemos observarnos a nosotros mismos en alguna ocasión tras haber finalizado un episodio de cólera. Cuando esta nos supera, podemos romper cosas, o decir cosas que pudieran causar distintos tipos de estropicios. Más tarde, en un momento de relativa calma, cuando echamos la vista atrás y nos vemos en el momento de la explosión de rabia, puede darnos la impresión de que se trataba de otra persona. Durante esos estallidos de intensa cólera, dejamos de ser una persona normal, o incluso nosotros mismos; decimos que no estábamos en nuestro sano juicio. En cierto sentido, estábamos incapacitados como alguien que se ha vuelto temporalmente demente o cuya empatía está totalmente desconectada.

Sentados en medio de los cristales rotos y de otros rastros de nuestra cólera destructiva, ¡podemos sentir que contamos con buenas razones para tenernos miedo! Es un buen ejemplo que podemos contemplar con sumo cuidado y luego aplicarlo a otras personas y ver si eso nos ayuda a ser más comprensivos y clementes... y menos rápidos a la hora de rechazar a los otros como totalmente distintos a nosotros.

  El xvii karmapa, Ogyen Trinley Dorje.

El xvii karmapa, Ogyen Trinley Dorje.

Si buscamos el verdadero origen del comportamiento violento que observamos en el mundo, la culpa pertenece por completo a las emociones perturbadoras que se hallaban presentes en el momento en cuestión, no simplemente a la persona en sí misma.

No obstante, en general no abordamos la cólera y la violencia desde este punto de vista; lo normal es que consideremos a esa persona como fundamentalmente deficiente, en lugar de culpar a la emoción perturbadora que la llevó a adoptar esas acciones tan equivocadas y destructivas. 

 

Quisiera insistir en que no estamos tratando de encontrar una comprensión más profunda de un comportamiento tan perjudicial a fin de justificarlo o aceptarlo. Aprender a descomponer una situación en las condiciones que la componen es necesario para ver cómo se pueden cambiar las cosas. Nos permite aislar, denunciar y eliminar las causas del comportamiento destructivo en lugar de rechazar o eliminar a la persona al completo. Todos somos víctimas de emociones destructivas, como la cólera, en distintos momentos y grados. Si tuviéramos que eliminar a todo el que experimenta una cólera intensa en algún momento de su vida, no quedaría nadie en la sociedad. Por ello, lo que necesitamos es mejorar nuestras capacidades para reducir la emoción de la cólera de manera individual y como sociedad

Todos somos exactamente iguales en términos de no querer sufrir. Podemos ver que algunas personas son menos efectivas que otras a la hora de crear las causas para la felicidad y para evitar el sufrimiento. Nadie en sus cabales busca el dolor y los problemas y, no obstante, vemos a gente perjudicando a otras personas o a sí mismas, sin progresar en cuanto a asegurar su propia felicidad y bienestar.  

Cuando lo observamos, estamos viendo a alguien digno de nuestra compasión, pues se está enterrando a sí mismo, más y más profundamente, en el sufrimiento y los problemas. Esas personas se han visto esclavizadas por sus propias emociones perturbadoras y carecen de verdadera libertad. Lo cierto es que puede resultar doloroso contemplar lo atrapadas que están en la prisión que han creado para sí mismas. Y, aunque desarrollemos estrategias para reducir las condiciones negativas, también podemos actuar de manera activa para sentir una mayor empatía hacia quienes sienten emociones tan dolorosas.

«En nuestra búsqueda para fortalecer nuestra propia empatía, no solo trabajamos con quienes merecen nuestra piedad, también lo hacemos para conectar empáticamente con personas a las que parece que les vaya mejor que a nosotros, personas por las que podríamos experimentar cierta envidia o resentimiento.»

Ogyen Trinley Dorje

En lugar de centrarnos en las diferencias entre su situación y la nuestra, podemos recordar la aspiración compartida que todos tenemos.

La felicidad es ilimitada. Si los ricos enfocasen su búsqueda de la felicidad como si se tratase de adquirirla en paquetes, nunca tendrían suficiente. Los recursos de los que todos disponemos en abundancia son nuestros recursos internos, y esos son los que podemos desarrollar ilimitadamente para que produzcan la felicidad que tanto anhelamos. Cuando únicamente nos concentramos en los recursos materiales como medio para asegurar nuestra felicidad, existen muchas posibilidades de que nunca experimentemos felicidad y, en cambio, nos sintamos en una competición por conseguir unos recursos limitados.